Artículo completo
sobre Antas
Municipio con gran riqueza arqueológica de la Edad del Bronce; agricultura intensiva y paisaje semiárido
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de la iglesia repiquetean a las siete de la mañana y el pueblo huele a pan recién hecho mezclado con el aroma seco de los cítricos. En la plaza, un hombre riega con manguera los naranjos que dan sombra a los bancos de piedra. El agua cae con fuerza sobre la tierra, levantando ese olor áspero de suelo caliente que aquí conocen bien. Así empieza muchos días el turismo en Antas, casi sin que se note: el pueblo ya está en marcha cuando el visitante todavía se está desperezando.
El cauce del río cuando casi no es río
El río Antas suele llevar agua solo unas semanas al año, normalmente después de los temporales que bajan con fuerza por el Levante almeriense. El resto del tiempo el cauce queda ancho y pedregoso, con marcas de antiguas avenidas en las orillas. Algunos agricultores lo cruzan con el tractor para ir de una huerta a otra.
Caminar por el sendero que acompaña el río tiene algo de paisaje en pausa. A un lado aparecen parcelas de cultivo, acequias antiguas y algún invernadero disperso; al otro, cañaverales y el ruido lejano de la autovía que baja hacia la costa.
En primavera el color cambia rápido. Los almendros florecen primero y blanquean las laderas. Después llegan los frutales y los naranjos, y el aire se llena de azahar durante unos días muy concretos del año. Entre los árboles no es raro ver abubillas o carboneros, sobre todo a primera hora, cuando todavía no aprieta el calor.
Si vas a caminar por aquí, mejor temprano. En cuanto el sol sube, el cauce refleja la luz y la temperatura se dispara.
El Argar: cuatro mil años bajo la tierra
A unos cuatro kilómetros del núcleo urbano está el yacimiento de El Argar, uno de los lugares que ayudan a entender la prehistoria del sureste peninsular. A finales del siglo XIX el ingeniero y arqueólogo Luis Siret excavó aquí y dio nombre a toda una cultura de la Edad del Bronce.
Hoy el terreno muestra muros bajos de piedra, restos de viviendas y algunas zonas donde aparecieron enterramientos. No es un sitio monumental: hay que caminar despacio, mirar el relieve, imaginar las terrazas donde se levantaban las casas.
En los paneles repartidos por el recorrido se explican algunos hallazgos: cerámica oscura y pulida, herramientas de metal, tumbas dentro de las propias viviendas. En ocasiones se han recreado estructuras para ayudar a entender cómo pudieron ser esas casas. El paisaje alrededor —colinas secas, tomillo, viento— tampoco debe de haber cambiado tanto.
Conviene llevar agua y algo de protección para el sol. Apenas hay sombra.
Lo que se cocina en las casas
La cocina de Antas sigue muy ligada al campo. En invierno todavía se preparan gurullos con liebre, un guiso espeso donde la pasta pequeña se cuece despacio con carne de caza, tomate y bastante ajo. Se sirve en plato hondo, con pan para empujar la salsa.
Otro plato muy presente en la zona es el trigo pelao: trigo cocido con caldo, albóndigas pequeñas de carne y pimentón. Es comida de días fríos, cuando sopla levante y las noches se alargan.
La almendra también aparece mucho en dulces y turrones que algunas familias elaboran de forma artesanal en la pedanía de El Real. Suelen trabajar sobre todo en los meses fríos, cuando la miel está más densa y la almendra recién recogida conserva mejor el sabor.
La torre de la Ballabona
En el cerro de la Ballabona quedan los restos de una torre defensiva de época andalusí que vigilaba el valle. La subida no es larga, pero el camino pica hacia arriba y atraviesa tramos de piedra suelta entre romero y tomillo.
Arriba el paisaje se abre. Se distingue el pueblo con sus tejados claros, las huertas organizadas en parcelas y, en días muy limpios, una franja de mar hacia el este.
La torre conserva parte de los muros, gruesos y ásperos. Dentro se nota el cambio de temperatura: un poco más de sombra, olor a piedra húmeda. El viento suele soplar con fuerza en la cima.
Si subes, lleva agua y evita las horas centrales del día, sobre todo en verano.
Cuándo ir y qué evitar
Antas mantiene un ritmo bastante tranquilo durante casi todo el año. La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradables: temperaturas suaves y huertas en plena actividad.
En septiembre se celebra tradicionalmente la romería de la Virgen de la Cabeza, cuando buena parte del pueblo se acerca a la ermita y el ambiente cambia durante unos días.
Julio y agosto pueden ser duros si no estás acostumbrado al calor del interior del Levante almeriense. El termómetro a veces supera los 40 grados y a mediodía las calles quedan casi vacías.
Antas no vive de grandes monumentos. Lo interesante está en los detalles: la luz sobre los naranjos de la plaza, el olor a tierra después de una tormenta corta, o el día raro en que el río vuelve a llevar agua y se escucha correr entre las piedras después de meses de silencio. Ahí es cuando el pueblo se entiende mejor.