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sobre Carboneras
Pueblo pesquero e industrial puerta del Cabo de Gata; famoso por la Playa de los Muertos
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Carboneras huele a sal y a humo. No el humo romántico de las chimeneas, sino el de la central térmica que se asoma al mar como un elefante gris. Es como si alguien hubiera puesto una factoría en medio de una postal: choca al principio, pero al cabo de un rato acaba formando parte del paisaje. Y eso resume bastante bien este rincón del Levante almeriense: un lugar donde lo industrial y lo salvaje conviven sin pedirse demasiadas explicaciones.
El pueblo que no quería ser pueblo
Hasta principios del siglo XIX, Carboneras dependía de Sorbas. Era algo así como el barrio lejano al que había que ir a buscar para cualquier trámite. Con el tiempo acabó separándose y creciendo alrededor del mar y del puerto. Hoy ronda los 8.000 y pico habitantes y tiene ese aire de pueblo que ha vivido siempre mirando al agua, aunque durante siglos la costa también significaba peligro.
La verdad es que el pueblo no entra por los ojos a la primera. Hay bastantes bloques de los años 70 y 80 que parecen haberse quedado tal cual desde entonces. Pero cuando te acercas al puerto empiezas a entenderlo mejor. A primera hora de la mañana sigue habiendo movimiento de barcos y redes, y ese ir y venir le da sentido a todo lo demás. Es uno de esos sitios donde el mar no es solo paisaje: es trabajo.
La playa de los Muertos
La Playa de los Muertos tiene un nombre que parece sacado de una novela negra, pero la realidad es justo la contraria. Es una de esas playas que cuando la ves por primera vez piensas: “vale, ahora entiendo por qué todo el mundo habla de ella”.
Se deja el coche arriba y luego toca bajar andando por un sendero que serpentea entre matorral y roca. No es larguísimo, pero tampoco es bajar dos escalones; calcula un buen rato de caminata, sobre todo con calor. Cuando el camino se abre y aparece la cala, con el agua transparente y las piedras claras, se te olvida bastante rápido la bajada.
Hace unos años salió muy arriba en varias votaciones sobre playas de España. Estas cosas siempre dependen de quién vote, pero en este caso cuesta discutirlo: agua limpísima, fondo perfecto para ponerse unas gafas y mirar peces, y una sensación bastante salvaje comparada con otras playas más urbanas.
El castillo sobre el pueblo
El Castillo de San Andrés está en un pequeño alto junto al casco urbano. No es una subida épica, más bien un paseo corto, pero desde arriba se entiende bien la posición del pueblo.
La fortaleza es de época moderna —siglo XVI, más o menos— y formaba parte del sistema defensivo de la costa almeriense, cuando los ataques por mar eran bastante más habituales de lo que ahora imaginamos. Hoy el castillo está restaurado y se usa para actividades culturales algunas temporadas, pero sobre todo funciona como mirador natural.
Desde allí ves el puerto, la línea de playa del pueblo y buena parte de la costa hacia el parque natural. Es de esos sitios donde te quedas un rato apoyado en la muralla mirando el mar sin hacer mucho más.
El caldero que manda en la mesa
Pero si preguntas a alguien de Carboneras por algo realmente suyo, lo normal es que salga el caldero. Es un arroz muy ligado a la tradición marinera de la zona. Primero se prepara un caldo potente con pescado de roca —según el día puede llevar cabracho, gallo o lo que haya entrado en las redes— y después se cocina el arroz con ese fondo.
El resultado es un plato serio, de los que te obligan a bajar el ritmo. Los domingos suele oler a caldero por medio pueblo. Se prepara en casas y también en muchos locales cerca del puerto o la playa.
Un aviso de colega: las raciones llenan más de lo que parece. Ese momento en el que piensas “bah, otro plato entra fácil” suele acabar con paseo largo después.
Carboneras sin filtros
Carboneras no es un decorado. Tiene la central térmica, la planta de cemento a las afueras y ese aire seco que en invierno te deja los labios como papel. Durante años también ha estado en medio de debates ambientales bastante intensos.
Pero al mismo tiempo tiene mañanas muy tranquilas en el puerto, jubilados charlando al sol incluso en enero y pescadores descargando cajas cuando todavía no ha terminado de amanecer.
El turismo llega, claro, sobre todo en verano, pero el pueblo sigue teniendo bastante vida propia. A poco que te alejes del centro o de las playas más conocidas, todavía encuentras rincones de costa donde la sensación es bastante más tranquila de lo que uno esperaría en agosto.
Carboneras funciona mejor cuando se visita sin prisa. Das una vuelta por el puerto, bajas a alguna cala, comes un buen arroz y dejas que la tarde se alargue. Es ese tipo de sitio que no intenta impresionarte todo el rato, pero cuando te vas te das cuenta de que has estado bastante a gusto.