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sobre Huércal-Overa
Capital administrativa del Levante y Almanzora; importante centro comercial y sanitario con gran patrimonio
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Llegué a Huércal Overa un lunes a las diez de la mañana y tuve que aparcar el coche a medio kilómetro del centro. Como cuando vas al supermercado un sábado y acabas dejando el coche donde empieza el polígono. No por turistas: por puestos. El mercado semanal ocupa lo que media pedanía y se mete dentro del casco como quien abre un cajón que ya estaba lleno. Hay un tipo vendiendo calcetines junto a la alcaldía y una señora que lleva tres generaciones cortando jamón en la misma mesa plegable. Ese es el primer contacto con el turismo en Huércal Overa: un pueblo que funciona como capital de comarca aunque, durante siglos, era poco más que un puñado de casas.
De castillo y crecidas
El castillo lo ves desde casi cualquier punto. Es como esa antena de televisión que todos usan de referencia para orientarse. No es gran cosa: murallas remendadas y una torre que quedó en pie. Pero basta para entender por qué Huércal Overa está aquí y no unos kilómetros más allá.
Los musulmanes lo levantaron en lo alto de un cerro pelado. Luego llegaron los cristianos y lo tomaron a finales del siglo XV. Durante bastante tiempo aquello siguió medio vacío. La repoblación terminó juntando dos núcleos cercanos —Huércal y Overa— en un mismo nombre que todavía hoy se pronuncia de varias maneras según a quién preguntes.
El crecimiento fue rápido. Demasiado rápido para un lugar que venía de casi nada. Imagínate un pueblo tranquilo despertándose un día con el movimiento de una capital comarcal. Calles anchas. Casas de varias plantas. Esa sensación de sitio que creció como cuando un chaval pega el estirón en un verano y de repente toda la ropa le queda corta.
La iglesia que se hizo esperar
La parroquia de la Asunción es el edificio que más se menciona cuando alguien habla del pueblo. Tardaron décadas en terminarla. Algo bastante normal si has visto cómo avanzan muchas obras en pueblos: primero se levanta media iglesia, luego pasan años, luego alguien retoma el asunto.
Cuando entras entiendes por qué llama la atención. El interior tiene ese barroco del sureste que no se corta con el dorado. Columnas, retablos, detalles por todas partes. Es como entrar en una pastelería donde todo lleva azúcar glas: al principio abruma un poco, luego le pillas el gusto.
Si coincide con ensayo de banda o algún acto, la acústica cambia el ambiente por completo. Un espacio grande, con eco largo. Hasta un pasodoble suena más serio de lo que debería.
Migas, ajo colorao y otras excusas para quedarse
Comer en Huércal Overa no tiene misterio. Fíjate dónde se sienta la gente del pueblo. Funciona igual que elegir bar en un área de servicio: si hay camioneros dentro, algo estarán haciendo bien.
Las migas aquí son plato serio. Pan del día anterior, ajos, pimentón y tropezones. Comida de las que te dejan como después de una comida familiar de domingo: con ganas de caminar un rato antes de volver al coche.
Luego está el ajo colorao. Patata, bacalao y pimentón. De esos guisos que pesan lo justo para que la sobremesa se alargue sin que nadie lo haya planeado.
En temporada de almendra aparecen dulces que recuerdan al turrón, pero con otra textura. Más blandos, más húmedos. Como si el turrón hubiera decidido mudarse al sur y relajarse un poco.
La vía verde que se fue y volvió
Antes de autovías rápidas y trayectos fáciles a la costa, por aquí pasaba el tren. La línea que unía Baza con Lorca dejó de funcionar hace décadas. El trazado se aprovechó después como vía verde.
Ahora es un camino largo que sale del pueblo y se mete en la sierra. Recto, ancho, fácil de seguir. Caminar por ahí se parece a usar una antigua carretera secundaria: sabes que alguien pensó muy bien el recorrido porque las pendientes casi no se notan.
A un lado aparecen olivos. Al otro, cortijadas dispersas. De vez en cuando pasa algún ciclista o gente del pueblo que sale a correr al atardecer.
Eso sí, conviene llevar agua. El sol en esta parte del Levante almeriense tiene la misma insistencia que una alarma del móvil: cuando aprieta, no hay sombra que lo apague.
Mi hora de irse
Me fui después de comer, cuando el mercado ya estaba recogiendo toldos y el olor a jamón se mezclaba con el de las aceras recién regadas. Huércal Overa no es un sitio que te entre por los ojos en cinco minutos. Es más bien como esos bares de carretera que parecen normales hasta que te sientas un rato y empiezas a ver pasar media comarca.
Funciona bien como parada en ruta. También como base para moverte por las sierras cercanas o salir a caminar por la vía verde. El centro se recorre rápido. En unas horas ya tienes claro cómo respira el pueblo.
Y si vienes un lunes, acuérdate de lo del aparcamiento. El coche seguramente se quedará lejos. Pero el paseo de vuelta, entre puestos recogiendo y vecinos charlando, acaba teniendo bastante sentido.