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sobre Mojácar
Uno de los pueblos más turísticos y bellos; casco antiguo blanco en la montaña y zona de playa animada
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A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a aflojar y las paredes encaladas dejan de quemar, los geranios de los balcones se mueven con una brisa que llega desde el mar. En las cuestas del casco antiguo se oye el murmullo de quienes suben hacia el mirador y, si te apartas un poco de las calles más transitadas, también el silencio de los patios interiores, donde las macetas de albahaca y algún limonero en tiesto dejan un olor húmedo, a tierra recién regada. Esa es una buena hora para caminar por Mojácar: el calor ya no aprieta y el pueblo recupera un ritmo más lento.
Calles que obligan a caminar despacio
Las casas del casco antiguo siguen el mismo patrón de siempre: cal blanca, zócalos azules en muchas fachadas y puertas bajas que a veces obligan a inclinar la cabeza. Las calles suben y giran sin aviso, formando un pequeño laberinto que en días de viento protege más de lo que parece.
La historia aquí se mezcla con la vida diaria. Mojácar fue uno de los últimos lugares del reino nazarí en integrarse en la Corona de Castilla a finales del siglo XV, y ese pasado todavía aparece en conversaciones y fiestas. En la plaza del Ayuntamiento suele haber vecinos sentados a la sombra, jugando a las cartas o simplemente mirando pasar a la gente. En una pared cercana aparece pintado el Indalo, la figura humana con un arco sobre la cabeza que se ha convertido en símbolo de Almería. El dibujo procede de una cueva prehistórica del norte de la provincia y durante décadas muchos almerienses lo han llevado como amuleto.
El Mediterráneo al fondo de la cuesta
Desde varios miradores del casco alto el Mediterráneo aparece de golpe, en una franja azul que ocupa medio horizonte. Mojácar está levantada sobre una colina, así que el mar siempre queda ahí abajo, como una referencia constante.
La costa del municipio se alarga durante varios kilómetros hacia el norte y el sur. Hay tramos amplios y rectos de arena fina, otros con más piedra y zonas donde todavía quedan dunas y vegetación baja. En verano la franja más cercana al paseo marítimo se llena desde temprano, mientras que hacia los extremos del término municipal suele encontrarse más espacio.
En el extremo sur se levanta la Torre de Macenas, una antigua torre defensiva del siglo XVIII que vigilaba la costa cuando los ataques por mar eran una amenaza real. Muy cerca desemboca el río Aguas, que algunos años llega con suficiente caudal como para formar pequeñas lagunas entre cañaverales. En esos remansos a veces se ven peces pequeños y aves acuáticas, sobre todo fuera de la temporada más concurrida.
Sabores que vienen de mar y de huerta
En muchas casas de Mojácar todavía se preparan guisos que mezclan productos del mar con ingredientes del interior. Uno de los más conocidos es el ajo colorao, una cazuela espesa hecha con pescado, pimentón, ajo y pan que se deshace en el caldo. Es de esos platos que se comen despacio, con cuchara.
Otro habitual en reuniones familiares es el trigo, un guiso hecho con grano de trigo cocido —similar a un arroz caldoso— al que se le añaden verduras y, en la costa, a veces también marisco. No es raro encontrar versiones distintas de una casa a otra; cada familia ajusta el sofrito y el caldo a su manera.
Moros y Cristianos y noches de playa
A comienzos del verano el pueblo celebra sus fiestas de Moros y Cristianos. Durante varios días desfilan comparsas con trajes elaborados, música de banda y recreaciones simbólicas de los episodios históricos que marcaron la zona. Aunque el origen está en la historia medieval, hoy pesa más el ambiente de barrio: vecinos que llevan meses preparando trajes, familias enteras participando en las filas y mucha gente mirando desde las aceras.
La noche de San Juan también mueve a mucha gente hacia la costa. Es habitual ver grupos que bajan a la playa con comida, velas o pequeñas hogueras improvisadas. Las normas sobre el fuego cambian según el año y las condiciones del verano, así que conviene informarse antes de encender nada. A medianoche algunos se meten en el agua aunque esté fresca; otros prefieren quedarse en la orilla charlando hasta tarde.
Cuándo venir y cómo moverse
Mojácar cambia mucho según el mes. En pleno verano el paseo marítimo y las playas cercanas se llenan y el ambiente nocturno se alarga hasta bien entrada la madrugada. Si buscas caminar con más calma por el casco antiguo o bajar a la playa sin tanta gente, septiembre suele funcionar mejor: el mar todavía guarda el calor del verano y el ritmo baja varios puntos.
Llegar en coche facilita bastante las cosas. El transporte público existe, pero los horarios pueden ser limitados y muchas paradas quedan lejos del casco antiguo. Desde la carretera que sube al pueblo hay varios puntos donde parar un momento: al girar una curva aparece de repente todo el caserío blanco en la ladera, con el mar al fondo.
Antes de irte, acércate a una de las fuentes históricas del casco. Durante siglos fueron el único suministro de agua del pueblo. Todavía hoy hay vecinos que llenan garrafas allí, sobre todo en días calurosos, cuando el agua sale sorprendentemente fría. Algunos dicen que quien bebe de esos caños siempre termina volviendo. No es fácil comprobarlo, pero basta pasar un rato en las cuestas al atardecer para entender por qué mucha gente repite.