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sobre Pulpí
Municipio agrícola y turístico; alberga la Geoda visitable más grande del mundo y playas en San Juan
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A las cuatro de la tarde, cuando el sol baja lo justo para que los invernaderos dejen de destellar como espejos rotos, el aire huele a tomate verde y a tierra recién movida. Es un momento muy de turismo en Pulpí aunque nadie lo llame así: los tractores regresan a los cortijos, los lechugeros se quitan la gorra y se secan la frente con el dorso de la mano, y desde alguna parte se oye un gallo que va desacompasado con el reloj.
El pueblo no se te presenta de golpe. Se insinúa entre naranjos viejos y plásticos blancos que crujen cuando sopla el viento del interior. Luego aparece un cartel discreto que señala la mina de la geoda. Ahí empieza una de esas historias que aquí se cuentan con naturalidad, como si bajo estos cerros no hubiese nada raro.
El interior que brilla
Entras en la mina con casco y chaqueta porque dentro hace fresco, ese fresco de roca que lleva muchísimo tiempo sin ver el sol. El recorrido avanza por galerías excavadas para sacar mineral; el suelo suele estar húmedo y el aire huele a yeso mojado y a metal viejo.
Tras caminar un buen tramo por el túnel, la galería se abre de pronto. La geoda aparece como una cavidad cubierta de cristales transparentes que crecen en todas direcciones. La luz artificial rebota en cada cara y lo que parecía una pared blanca empieza a lanzar reflejos suaves, casi lechosos. La gente suele bajar la voz sin darse cuenta. No es un sitio grande, pero la sensación de estar dentro de algo que tardó millones de años en formarse pesa más que el tamaño.
Conviene reservar con algo de margen, sobre todo en fines de semana o cuando llega más gente a la costa. El acceso está bastante controlado y las visitas se organizan en grupos pequeños.
Terreros, el mar que llegó después
San Juan de los Terreros está a unos minutos en coche y cambia completamente el paisaje. El castillo que vigila la playa se levantó hace siglos para controlar la costa; hoy queda como una silueta clara sobre la roca cuando el sol empieza a caer.
Desde la orilla se ven dos islotes oscuros que rompen la línea del horizonte. Algunas mañanas todavía salen pequeñas embarcaciones de pesca y regresan antes del mediodía. No siempre hay movimiento, pero cuando lo hay se nota enseguida por las gaviotas que empiezan a girar sobre el puerto.
En la cala de los Cocedores la arena es gruesa y algo rojiza. Al caminar cruje bajo las sandalias. Si te agachas a mirar entre los restos de algas secas, a veces aparecen fragmentos de roca con formas curiosas: huellas de un fondo marino mucho más antiguo que esta costa tranquila.
En verano la zona cambia bastante. Las playas se llenan desde media mañana y aparcar cerca del agua puede llevar tiempo. Fuera de julio y agosto el ambiente es más calmado y el mar suele seguir templado.
El tiempo de las lechugas
Pulpí no se entiende sin los cultivos. Aquí el calendario lo marcan las campañas agrícolas más que las estaciones. Entre finales de verano y primavera, los campos alrededor del pueblo forman un mosaico de verdes distintos: lechugas claras, otras rojizas, hileras ordenadas bajo plástico.
A primera hora de la mañana las cajas se apilan junto a los caminos agrícolas y el aire huele a tierra regada y a hojas recién cortadas. Los jornaleros llevan un cuchillo curvo en la cintura; lo limpian con un trapo antes de seguir. Si preguntas, alguno te dirá que una lechuga buena se reconoce al partirla: hace un crac limpio, como cuando se rompe una ramita fina.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La geoda mantiene un ambiente frío todo el año, así que conviene llevar algo de abrigo incluso cuando fuera aprieta el calor.
En agosto el movimiento se desplaza hacia la costa y San Juan de los Terreros se llena de veraneantes. El pueblo, en cambio, queda más tranquilo durante el día.
A comienzos de septiembre suelen celebrarse las fiestas locales y una de las tradiciones más ruidosas es el llamado Toro de Fuego. Si te alojas cerca del centro, lo normal es que la noche se alargue bastante.
Cuando vuelves hacia el interior al final de la tarde, justo después del último invernadero, el olor cambia. Ya no es mar ni tomate: es polvo seco de sierra. La luz se vuelve oblicua y las montañas del fondo toman un tono violeta muy breve, de esos que duran apenas unos minutos.
Pulpí, visto desde la carretera, parece una llanura blanca entre plástico y yeso. Pero bajo esas lomas hay galerías mineras, y bajo cada cubierta de plástico alguien cuenta hojas y cajas antes de que amanezca.