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sobre Sorbas
Pueblo colgado sobre un barranco; famoso por su Karst en Yesos y tradición alfarera
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En Sorbas aparcas donde puedas. El pueblo es un laberinto de calles estrechas que acaban en el barranco y, si llegas después del mediodía, tocará dar vueltas con el coche. Lo práctico: deja el coche arriba y baja andando.
La cuesta principal lleva a la llamada Cuenca Chica. Casas blancas colgadas sobre el meandro del río Aguas. Es la foto típica del pueblo y se ve en un par de minutos.
El barro y el yeso
El centro de visitantes de Los Yesares está a unos minutos en coche. Allí explican el karst de yeso de Sorbas. Suelen decir que es de los más importantes del mundo en cuevas de yeso; comparan el sistema con otros en Ucrania e Italia.
Desde allí salen visitas guiadas a la Cueva del Agua. Aviso claro: si te agobian los espacios cerrados, mejor no entrar. Hay kilómetros de galerías y partes con barro y agua. Acabas sucio. Lleva ropa vieja y calzado que no te importe limpiar luego.
Si prefieres quedarte fuera, el sendero del Karst es una circular corta que empieza cerca del centro de visitantes. Unos cuatro kilómetros. Se ven dolinas, simas y grietas del terreno sin meterte bajo tierra. No tiene dificultad, pero aquí el sol cae fuerte. En verano se pasa fácilmente de los 40 grados y casi no hay sombra. Agua y gorra.
Gurullos y alfarerías
Sorbas no vive del turismo en masa, así que los bares son los del pueblo. Si vas a comer, pide gurullos con conejo. Es una pasta corta hecha a mano, típica de esta parte de Almería. También sale mucho el ajipán, una sopa sencilla de pan y ajo que aquí sigue en las cartas cuando sopla el Levante.
De postre suelen aparecer los piñonates: almendra, miel y poco más. Dulce contundente, sin misterio.
El barrio de Las Alfarerías recuerda a qué se dedicaba el pueblo. Hace más de un siglo había muchos talleres; hoy quedan pocos. Algunos hornos siguen funcionando y todavía se ve a gente trabajando el barro. La arcilla de la zona aguanta bien el fuego, por eso esta tradición duró tanto tiempo. Si te interesa, entras, miras cómo trabajan y sigues tu camino.
Un recuerdo de otra época
En la Plaza de la Constitución hay una estatua pequeña de Peneque el Valiente. Era un personaje de teatro de títeres muy popular a mediados del siglo XX. Mucha gente mayor lo recuerda.
La iglesia de Santa María es correcta, sin más. Tiene retablos barrocos y una torre visible desde buena parte del pueblo. Si pasas por delante, entras un momento y listo.
Lo más interesante suele ser caminar por las calles menos transitadas. Allí ves la vida normal: vecinos en la puerta cuando cae la tarde, macetas en las ventanas y perros que ya ni se inmutan cuando pasa alguien con cámara.
Consejo práctico
Las fiestas de San Roque, a mediados de agosto, llenan el pueblo. Hay música, casetas y bastante movimiento. Si buscas tranquilidad, mejor evitar esos días.
También suele haber una romería en primavera hacia la ermita de Fátima. Ambiente más local: familias con mesas plegables, neveras y el día echado en el campo.
Para las cuevas conviene consultar antes. A veces cambian los horarios o se llenan los grupos.
Si solo vienes a ver el pueblo y el barranco, en dos horas está visto. Si añades cuevas o sendero, reserva la mañana. Y trae agua. Aquí el calor aprieta y las fuentes no abundan.