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sobre Turre
Pueblo interior cercano a Mojácar; famoso por su gastronomía y restos arqueológicos en Sierra Cabrera
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía no ha empezado a apretar, los caminos de tierra alrededor de Turre están llenos de ruido de campo: algún tractor que arranca, perros que ladran a lo lejos, y ese zumbido constante de insectos que aparece en cuanto sube un poco la temperatura. Por la carretera de Los Moralicos a veces baja un rebaño de cabras levantando polvo fino. El aire huele a tierra seca y a almendra verde cuando es temporada, un olor dulzón que se queda un rato en la garganta al cruzar el puente sobre el río Aguas.
El pueblo que se esconde
Turre no se enseña desde la carretera principal. Hay que entrar sin mucha ceremonia, pasar la zona más nueva y seguir hacia dentro hasta que el pueblo empieza a empinarse. Entonces aparecen las calles estrechas que suben hacia la Sierra Cabrera, las fachadas blancas con puertas pintadas de azul o verde, y el campanario de la Purísima recortado contra un cielo casi siempre limpio.
En la plaza hay un olivo viejo y un banco que rara vez está vacío. A media mañana suele haber conversación en varios acentos: vecinos de toda la vida, gente que llegó de fuera hace años y decidió quedarse, jubilados que pasan aquí largas temporadas. Turre tiene ese ritmo tranquilo de los pueblos donde casi todo el mundo se reconoce de vista.
La iglesia de la Purísima Concepción ocupa el centro del pueblo. El edificio actual es del siglo XIX, aunque la sensación al entrar es más antigua: paredes gruesas, sombra fresca incluso cuando fuera el sol cae de plano. Durante la Guerra Civil el templo sufrió daños y se perdieron elementos del interior. Aun así, la imagen de la Virgen sigue saliendo en procesión cada diciembre, cuando las calles se llenan de vecinos y el frío empieza a notarse en serio por las noches.
Cuando el viento trae olor a romería
A principios de abril suele celebrarse la romería de San Francisco de Paula. Ese fin de semana el camino hacia la ermita se llena de gente andando, carros, caballos y mochilas cargadas de comida. El aire mezcla olores de romero pisado, tierra caliente y vino recién abierto.
La subida se hace por un camino de tierra rojiza entre pinos dispersos y palmitos. No es especialmente técnica, pero el sol puede pegar fuerte si el día sale claro. Mucha gente tarda cerca de dos horas en llegar arriba con calma. Alrededor de la ermita se improvisan mesas, mantas en el suelo y cazuelas grandes donde aparecen migas o guisos que huelen a leña.
En otoño también hay días de fiesta ligados a los caballos y a los juegos tradicionales con cintas colgadas de un arco. Los jinetes pasan a galope intentando atraparlas con una varilla mientras el público se aprieta alrededor. Los niños se suben a las vallas, las sillas plegables aparecen en cualquier rincón de sombra, y el murmullo del pueblo dura hasta que cae la tarde.
La sierra que lo mira todo
Detrás de Turre se levanta la Sierra Cabrera, una línea de cerros ásperos que cambia mucho de color según la hora del día: gris claro al amanecer, marrón rojizo al atardecer. Desde algunos caminos altos, cuando el aire está limpio, se alcanza a ver el mar entre los relieves.
Por la zona de Los Moralicos salen varias rutas de senderismo que suben hacia la sierra y rodean antiguas cortijadas hoy medio vacías. Son caminos pedregosos, con poca sombra en muchos tramos. Conviene llevar agua de sobra incluso en primavera, porque las fuentes no siempre están activas.
Mientras se camina aparecen muros de piedra seca, restos de pequeñas balsas y acequias antiguas que recuerdan que aquí hubo mucha más vida agrícola de la que parece hoy.
Lo que se come cuando nadie mira
La cocina de Turre es la del Levante almeriense interior: platos contundentes que nacieron para aguantar jornadas largas en el campo.
Las migas se hacen con harina de trigo duro y se remueven despacio en la sartén grande hasta que quedan sueltas. Llevan tropezones —panceta, chorizo, longaniza— y a veces se acompañan con pimientos fritos o sardinas si es temporada.
La fritailla aparece mucho en las mesas del pueblo: patatas, pimiento, algo de carne o embutido, todo bien dorado en la sartén. El ajo colorao mezcla pimentón con pescado y patata hasta formar un guiso espeso que huele a mar aunque estés a varios kilómetros de la costa.
En invierno todavía se prepara la olla de trigo, un plato largo de cocción donde el trigo partido se mezcla con verduras y carne. Sale humeante, espeso, y suele comerse despacio, con pan al lado.
Para terminar, roscos de vino o dulces parecidos que se guardan en latas metálicas y duran semanas.
Cuándo ir y qué evitar
Marzo y abril suelen ser buenos meses para conocer Turre. El campo alrededor empieza a moverse después del invierno y las temperaturas permiten caminar sin que el calor apriete demasiado.
Octubre también tiene buen ambiente: el pueblo recupera actividad después del verano y las noches ya refrescan.
Julio y agosto pueden ser duros si no estás acostumbrado. A mediodía el calor vacía las calles y la vida se desplaza a la sombra o al interior de las casas. Si vienes en esas fechas, lo mejor es salir temprano por la mañana y dejar las caminatas largas para última hora de la tarde.
Para llegar, lo habitual es entrar desde la A‑7 por la salida de Mojácar y continuar unos pocos kilómetros hacia el interior. El pueblo se recorre bien andando, aunque algunas calles tienen bastante pendiente. Si vas en coche, en la parte alta suele encontrarse sitio para aparcar sin demasiadas vueltas.
Y si al caer la tarde te sientas un rato en la plaza, escucharás las golondrinas girando sobre los tejados mientras la sierra se oscurece poco a poco detrás del pueblo.