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sobre Alcalá de Guadaíra
Conocida como la ciudad de los panaderos destaca por su imponente castillo almohade y el parque natural de las riberas del Guadaíra
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El olor te pilla antes de ver el pueblo. Es como cuando pasas cerca de una panadería a las seis de la mañana, pero multiplicado por diez. Ese pan que huele en Alcalá de Guadaíra no es marketing: aquí llevan siglos horneando, y buena parte de esa historia está ligada a los molinos del río. Yo llegué sin desayunar y me fui con el coche oliendo a bollería y la sensación de haber descubierto el lugar donde Sevilla ha ido a por pan durante generaciones.
El castillo que no es de cuento
Lo primero que ves desde la carretera es el castillo. No es de esos que parecen sacados de una serie de fantasía, es más bien un mastodonte de ladrillo rojo que ha pasado media vida vigilando el valle. Los almohades levantaron la fortaleza y luego fue ampliándose con el tiempo, sobre todo cuando la zona tenía peso militar en torno a la conquista de Sevilla.
Hoy la escena es bastante más tranquila: cigüeñas, algún cormorán en el río y gente paseando por las murallas.
Subir cuesta lo suyo (depende del ritmo y del desayuno que lleves encima), pero arriba se entiende rápido por qué el lugar era estratégico. El Guadaíra serpentea abajo entre arboleda, aparecen los molinos blancos a lo largo de la ribera y, en días claros, Sevilla asoma en el horizonte. El recinto es grande y bastante abierto, así que conviene llevar agua y gorra: el sol aquí pega igual que en la capital.
Los molinos junto al Guadaíra
Aquí está una de las partes más curiosas de Alcalá. El río movió durante siglos una cadena de molinos que abastecían de harina a Sevilla. Algunos siguen en pie y forman uno de los paseos más conocidos del municipio.
El caso más llamativo es el Molino de la Mina, que suele mencionarse como el único molino subterráneo conservado en España. Se entra por la ladera y dentro aparece una cavidad enorme excavada en la roca donde funcionaba la maquinaria hidráulica. Humedad, eco y esa sensación rara de estar dentro de una pieza de ingeniería medieval.
El recorrido más habitual es la llamada Senda de los Molinos: varios kilómetros paralelos al río donde vas encontrando uno tras otro. Casas blancas, ruedas hidráulicas, vegetación de ribera y gente paseando o montando en bici. No todos están en funcionamiento, claro, pero ayudan a imaginar la actividad que hubo aquí cuando la harina salía rumbo a Sevilla cada día.
Además el camino es bastante cómodo: terreno llano y bastante sombra en algunos tramos.
El pan que explica medio pueblo
Ahora hablemos de lo importante. El pan de Alcalá no es solo una tradición: es casi una identidad. Durante siglos el río movía los molinos y los hornos del pueblo surtían a la capital.
Las tortas de Alcalá son probablemente lo más conocido. Una pieza plana, dorada, con un agujero en medio y un punto dulce que no llega a ser bollería. Es de esas cosas que compras pensando “bueno, luego la pruebo” y desaparece antes de llegar al coche.
Hay muchas panaderías repartidas por el casco urbano y cada una tiene su versión: tortas, panes de distintas formas, bizcotelas… Las recetas suelen pasar de familia en familia y el debate sobre cuál es la mejor se toma bastante en serio.
Mi método fue simple: comprar en varios sitios y comparar. No saqué una conclusión clara, pero sí un coche lleno de migas.
Dulces de convento y sobremesas largas
Cuando ya crees que no cabe nada más aparece el Convento de Santa Clara. Como en muchos conventos andaluces, las monjas elaboran dulces de forma tradicional y se venden a través del torno. Almendra, yema, azúcar… recetas de las que llevan siglos circulando por claustros.
Y luego está la tradición de las cuevas usadas como espacios de merienda y postre, algo bastante arraigado en el pueblo. Techos de roca, mesas sencillas y una carta centrada en dulces y café. Es el tipo de sitio al que la gente va después de comer, cuando la conversación se alarga y nadie tiene prisa.
Cuándo acercarse
Primavera suele ser el momento más agradecido para recorrer Alcalá de Guadaíra. El parque de ribera está verde, el paseo de los molinos se disfruta más y el olor a pan se mezcla con el de los naranjos.
En verano el calor aprieta bastante, como en toda la campiña sevillana. Se puede visitar, pero conviene madrugar o reservar el paseo largo para última hora de la tarde.
El municipio es grande, aunque la parte más interesante para el visitante se mueve entre el castillo, el centro y el tramo del río. Desde Sevilla se llega rápido en coche y también hay conexión de cercanías.
Alcalá no es un pueblo de postal de esos que parecen un decorado. Aquí la gracia está en otra cosa: el río moviendo molinos, hornos que siguen trabajando y ese olor a pan que aparece cuando menos te lo esperas. Si vienes con hambre y sin prisa, el plan se explica solo.