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sobre Benalúa de las Villas
Municipio agrícola entre olivares y sierras; conserva el encanto rural y tradiciones ligadas al campo y la caza
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Hay pueblos que funcionan como esos talleres de barrio donde siempre hay alguien arreglando algo. No hacen ruido fuera, pero dentro pasan muchas cosas. Con Benalúa de las Villas me ocurrió algo así. Llegué casi por casualidad, por una carretera secundaria de la comarca de Los Montes, y lo primero que vi fue lo mismo que ves durante kilómetros: olivos y más olivos, como si alguien hubiera extendido una alfombra verde por las lomas.
El pueblo aparece de golpe, recogido sobre una pequeña altura. Algo más de mil vecinos, calles cortas y cuestas que te obligan a reducir el paso. Aquí la vida sigue muy ligada al campo. Se nota enseguida: en los remolques, en las conversaciones sobre la cosecha y en ese olor a leña que aparece cuando cae la tarde.
El pueblo por dentro
Caminar por Benalúa es un poco como abrir un cajón lleno de cosas guardadas durante años. Nada parece colocado para que quede bonito en una foto, pero todo tiene sentido.
Las calles son estrechas y con bastante pendiente. Casas blancas, puertas verdes o azules, y balcones de hierro con macetas que alguien riega a primera hora. El trazado no sigue un orden claro. Más bien parece que las casas se fueron colocando donde había sitio, como cuando montas un puzzle sin mirar la caja.
En el centro aparece la iglesia de la Encarnación. Es sobria, con una torre que se ve desde varios puntos del pueblo. Alrededor de esta plaza pequeña se mueve buena parte de la vida local: charlas, encuentros y las celebraciones que van marcando el calendario.
Alrededor todo es olivar
Sales del casco urbano y el paisaje cambia poco: continúan los olivares, colina tras colina. Es un mar ordenado de árboles bajos que en invierno se llena de movimiento.
Durante la campaña de la aceituna el ambiente recuerda a esos días de mudanza en los que todo el mundo está ocupado. Tractores que pasan, remolques cargados, gente entrando y saliendo de las fincas. No es algo preparado para visitantes; es simplemente trabajo.
Desde algunos puntos altos, si el día está limpio, se intuyen montañas lejanas hacia el este. La silueta blanca de Sierra Nevada a veces aparece en el horizonte, muy fina, como dibujada con lápiz.
Caminar por los caminos
Aquí no vas a encontrar rutas con carteles cada pocos metros. Lo que hay son caminos agrícolas de toda la vida. Los usan agricultores, gente que va a sus fincas o vecinos que salen a estirar las piernas.
Son trayectos sencillos, entre olivos y pequeñas cortijadas. Algunas parecen detenidas en el tiempo: varias casas juntas, un patio, maquinaria antigua apoyada en una pared. Sitios donde todavía se trabaja con una lógica muy distinta a la de una ciudad.
Si te gusta hacer fotos, los amaneceres de otoño tienen algo especial. La luz llega baja, los árboles cambian de tono y el campo empieza a moverse poco a poco.
Aceite y cocina de casa
En Benalúa todo gira alrededor del aceite de oliva. No como un eslogan, sino como parte de la rutina diaria. Muchas familias tienen relación directa con el olivar y con las almazaras de la zona.
Cuando la campaña está en marcha es posible ver el proceso de cerca. La aceituna llega, se limpia y termina convertida en ese aceite verde intenso que luego aparece en casi todos los platos.
La cocina local va en esa misma línea. Comida contundente, pensada para gente que ha pasado la mañana trabajando fuera. Migas, guisos sencillos, embutidos de matanza y pan para mojar. Nada complicado, pero muy ligado a la tierra que rodea el pueblo.
Cuándo acercarse
El momento más interesante suele coincidir con el movimiento del campo. A finales de otoño los olivares están cargados y el paisaje cambia de ritmo.
También hay vida en verano, con las fiestas patronales y las plazas llenas por la noche, cuando baja el calor. Pero si quieres entender cómo funciona realmente el lugar, merece más la pena verlo cuando la aceituna está en marcha y todo el mundo anda de un lado para otro.
Benalúa de las Villas no intenta llamar la atención. Es más bien como esas casas de pueblo donde siempre hay una silla en la puerta y alguien mirando pasar la tarde. Si llegas con curiosidad y un poco de tiempo, acabas entendiendo cómo se vive en esta parte de Granada sin demasiados adornos.