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sobre Campotéjar
Situado en la autovía hacia Madrid; puerta de los Montes Orientales con un paisaje dominado por el olivar y la caza menor
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He parado en pueblos mucho más grandes que Campotéjar para comprar tabaco y agua y ni me había enterado de que existían. Así que cuando el GPS te hace salir de la A‑44 y meterte unos minutos por carreteras tranquilas para llegar a un pueblo de poco más de mil habitantes, el pensamiento es automático: “a ver si al menos tiene algo”.
Spoiler: Campotéjar no va a salir en la próxima lista de destinos de moda. Pero tiene ese tipo de cosas que agradeces cuando viajas sin prisa.
El castillo que aparece cuando menos te lo esperas
Si entras al pueblo por la carretera de Iznalloz, lo primero que llama la atención es un cerro con restos de muralla arriba. Parece el decorado de una película modesta sobre la frontera entre reinos, y la idea no va desencaminada: son las ruinas del antiguo castillo nazarí que vigilaba esta zona cuando la frontera del reino de Granada andaba por aquí cerca.
No esperes un castillo restaurado ni un centro de interpretación. Está bastante castigado por el tiempo. Pero justo ahí está la gracia. Subes andando, miras alrededor y entiendes por qué alguien decidió levantar una fortaleza en ese punto.
Desde arriba se ve todo el entorno de Los Montes bastante abierto. Ese tipo de paisaje donde cualquier movimiento en el valle se detecta rápido. Para vigilar caminos y movimientos era un sitio lógico. Y para el que sube hoy, es simplemente un buen mirador.
Comida de cuchara y de sartén
La cocina de Campotéjar tira de recetario de toda la vida. Nada de nombres raros ni platos minimalistas. Aquí las raciones suelen ser de las que te hacen aflojar el cinturón un agujero.
La ropa vieja aparece mucho en conversaciones y cartas de bares de la zona: carne desmenuzada, garbanzos y ese punto de guiso que sabe a cocina de casa. No es un plato elegante, pero funciona.
Las migas también son habituales en toda esta comarca. Pan asentado, aceite de oliva, ajos… y luego lo que haya a mano para acompañar. Es el típico plato que nació para aprovechar lo que había y acabó quedándose porque está bueno.
En temporada de setas, en algunos sitios del pueblo suelen preparar gachas o guisos donde aparecen boletus u otras setas de la sierra cercana. No siempre las verás, depende mucho del año y de cómo haya venido el otoño.
Un paseo entre cortijos y olivares
Por los alrededores hay varios caminos rurales que conectan antiguos cortijos. Algunos vecinos llaman a uno de ellos el sendero de los Cortijos, aunque más que ruta oficial es una sucesión de pistas y senderos que la gente de aquí ha usado toda la vida.
Si te gusta caminar, es un plan sencillo: salir del pueblo y perderte un rato entre olivares. No es un paisaje espectacular en plan parque nacional, pero tiene ese silencio que a veces cuesta encontrar.
En días claros, mirando hacia el este, a veces se intuye la silueta de Sierra Nevada al fondo. No siempre se ve igual, depende de la luz y del día, pero cuando aparece con algo de nieve todavía en las cumbres queda una estampa curiosa sobre un mar de olivos.
Lleva agua y algo de comida. Una vez sales del casco urbano, lo normal es no cruzarte con servicios ni bares hasta que vuelves.
Un pueblo que sigue a su ritmo
Campotéjar no vive pendiente del turismo. Se nota enseguida. Aquí la gente está en lo suyo: el campo, el bar de la plaza, las compras de la mañana.
Si vas con cámara o mochila de senderismo, alguna mirada curiosa te llevas, pero más por sorpresa que por otra cosa. Como cuando alguien nuevo aparece en un bar de barrio.
Si te sientas un rato en una terraza de la plaza, es fácil acabar escuchando conversaciones sobre cosechas, carreteras o el tiempo. Y, si preguntas por el castillo o por algún camino, normalmente alguien te explica cómo llegar sin demasiada ceremonia.
¿Merece la pena desviarse?
Depende de lo que busques. Si vas detrás de calles perfectamente restauradas, fachadas llenas de flores y tiendas de recuerdos, este no es ese tipo de sitio.
Campotéjar funciona mejor como parada tranquila en ruta por el norte de la provincia de Granada. Un paseo hasta el cerro del castillo, algo de comer, una vuelta por las calles y poco más.
Mi consejo es sencillo: ven sin expectativas demasiado altas. Pasa la mañana, camina un rato por los alrededores y siéntate en la plaza a ver cómo va el día en el pueblo.
A veces los lugares que más recuerdas de un viaje no son los más famosos. Son esos donde paras casi por casualidad y acabas pasando más tiempo del que pensabas.