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sobre Deifontes
Conocido por el Nacimiento de agua que riega la zona; lugar de recreo tradicional con jardines y fuentes naturales
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás la última rotonda de las afueras de Granada, en el que el paisaje cambia como quien cambia de canal. De pronto, las gasolineras y los polígonos se convierten en olivares que parecen olas congeladas, y el coche empieza a subir despacio, como si le costara respirar. A unos 27 kilómetros de la ciudad, cuando el aire ya huele a romero y a tierra caliente, aparece Deifontes.
El turismo en Deifontes no funciona como en otros sitios de la provincia. Aquí no llegas buscando un plan de día entero ni una lista interminable de cosas que hacer. Es más bien como parar en ese bar de carretera que no tenías en el radar y acabar diciendo: “oye, pues ha estado bien desviarse”.
El pueblo que nació de un manantial y un ventorro
Deifontes es como ese primo que solo ves en las bodas: no es la estrella del evento, pero siempre tiene alguna historia curiosa. El nombre suele relacionarse con el latín Deus Fons, algo así como “fuente divina”, y encaja bastante con la idea de que todo empezó alrededor de un manantial y un ventorro en el antiguo Camino Real entre Málaga y Granada.
Imagina el movimiento hace siglos: arrieros, viajeros, comerciantes… gente que paraba a comer algo antes de meterse en los montes, que nunca han sido precisamente un paseo llano.
En el pueblo llama la atención la llamada Casa Grande, un edificio señorial que suele fecharse en el siglo XVII y que todavía conserva ese aire de construcción robusta, de cuando las casas se hacían para durar. Cerca está la iglesia del Cristo de la Vera Cruz, con rasgos mudéjares bastante claros. Y a la entrada aparece la torre atalaya, probablemente de época nazarí y que muchos sitúan en torno al siglo XIV. Hoy queda algo aislada, pero sirve para entender que este paso tenía importancia estratégica.
Subir a la torre y mirar alrededor
La caminata hasta la torre ronda los tres kilómetros entre ida y vuelta. En términos normales: dejas el coche, subes con calma y en menos de una hora estás otra vez abajo.
La subida es sencilla, por sendero entre monte bajo y olivos. Si vas en primavera, el campo suele estar salpicado de amapolas y otras flores, y el olor a tomillo aparece en cuanto pisas fuerte el suelo.
Arriba no hay grandes instalaciones ni miradores preparados. Solo la torre, el viento y una vista amplia del entorno. En días claros se alcanza a distinguir buena parte de la Vega de Granada y los montes alrededor. Es uno de esos sitios donde te quedas un rato más de lo que pensabas, sin hacer gran cosa.
La presa antigua y los molinos del Nacimiento
A unos cuatro kilómetros del pueblo está la presa de Barcinas. Tradicionalmente se considera de origen romano y, lo curioso, es que el sistema hidráulico ha seguido utilizándose durante siglos para el riego de la zona. No es un monumento monumental en el sentido turístico, pero tiene ese punto de infraestructura antigua que sigue encajada en el paisaje.
Si sigues caminando por la zona aparecen los llamados Molinos del Nacimiento. Son restos de antiguos molinos hidráulicos que aprovecharon el agua durante generaciones. Hoy quedan como ruinas dispersas entre olivares y cortijos.
El paseo completo ronda varios kilómetros y es tranquilo: campo, agua corriendo en algunos tramos y bastante silencio. No hay centros de interpretación ni nada parecido, así que conviene ir más por curiosidad que por esperar una visita organizada.
Las fiestas de verano
Las fiestas patronales suelen celebrarse a mediados de agosto en torno al Cristo de la Vera Cruz. El ambiente es el típico de los pueblos de la comarca: procesión, música por la noche, gente que vuelve esos días porque tiene familia aquí y las plazas llenas hasta tarde.
No es una feria grande ni pretende serlo. Más bien el tipo de celebración donde acabas charlando con gente que se conoce desde siempre y donde todo el mundo parece encontrarse en la misma calle.
Lo que se come por aquí
En los Montes de Granada la cocina es contundente y Deifontes no es una excepción. El gazpacho de los Montes aparece en muchas mesas: espeso, con huevo duro, jamón y pan. Más comida de cuchara que bebida fría.
También son habituales los embutidos de la zona y platos de choto al ajillo, bastante tradicionales en toda la comarca. Y en dulces siguen saliendo recetas de las de toda la vida: roscos de vino, pestiños y otros que suelen aparecer en fiestas o en casas particulares.
Todo, claro, con aceite de oliva de la zona. Aquí el olivar manda en el paisaje y en la cocina.
Mi consejo: una parada con calma
Deifontes no es un sitio para llenar un fin de semana entero de actividades. Yo lo veo más como una parada tranquila: pasear por el pueblo, acercarte a la torre, dar una vuelta por la zona de la presa y sentarte luego a comer con calma.
En unas horas lo tienes bastante visto. Y a veces eso también se agradece. No todo tiene que ser un destino que te tenga corriendo de un lado a otro. Aquí el plan es más simple: carretera secundaria, olivos alrededor y la sensación de haber parado un rato donde la provincia se toma la vida con otro ritmo.