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sobre Iznalloz
Cabecera de la comarca de los Montes; destaca por la Cueva del Agua y su castillo en ruinas dominando el valle
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A finales de invierno, cuando amanece frío en Los Montes, el suelo de los caminos alrededor del pueblo se llena de cáscaras de almendra y de pétalos que el viento arrastra desde los árboles en flor. En Iznalloz el aire suele oler a leña recién encendida a primera hora. Lo notas al bajar del coche, antes incluso de leer el cartel de entrada: humo fino saliendo de las chimeneas y ese silencio breve de los pueblos que todavía no han arrancado el día.
Desde la plaza, donde el reloj del ayuntamiento marca las horas con cierta parsimonia, arranca la calle Real. Las fachadas encaladas reflejan la luz de la mañana con un brillo casi blanco. Arriba, dominando el caserío, quedan los restos del castillo de los Almendros —el antiguo Hisn Allauz del periodo andalusí—. Hoy es poco más que un conjunto de muros abiertos al cielo, pero basta subir para entender cómo se organiza el terreno: terrazas de olivo, el curso del Cubillas recortando el valle y, más allá, las sierras bajas que rodean el municipio.
El agua que corre bajo las piedras
A unos kilómetros del núcleo urbano, la Cueva del Agua se abre en la ladera como una grieta oscura en la roca clara. Dentro corre un río subterráneo que se oye antes de verlo. El eco del agua rebota en las paredes de dolomía y la temperatura baja varios grados en cuanto avanzas unos metros.
Las visitas suelen hacerse con guía y en grupos pequeños. Conviene informarse antes en el propio pueblo porque no siempre están disponibles. Llevar calzado que se pueda mojar ayuda: en algunos tramos el agua llega a los tobillos y el suelo resbala incluso en pleno verano.
Si prefieres quedarte fuera, hay senderos cortos por la zona que recorren encinas y matorral bajo. En primavera se oyen jilgueros y abubillas entre los árboles, y el olor del monte —tomillo, tierra húmeda, madera vieja— se queda pegado a la ropa.
Cerca pasa el río Cubillas, cruzado por un puente de piedra que muchos vecinos consideran de origen antiguo. Ha sido reparado varias veces a lo largo del tiempo, pero todavía se utiliza para el paso de vehículos agrícolas.
El sabor de los días de campo
En Iznalloz la comida sigue teniendo ritmo de casa. En los bares del pueblo las migas aparecen sobre todo cuando aprieta el frío o después de días de lluvia. Se hacen con pan asentado, bastante ajo y trozos de chorizo o panceta, removidas con paciencia hasta que el pan queda suelto y crujiente.
La repostería tradicional suele aparecer en fiestas y reuniones familiares. En Semana Santa es fácil ver bandejas de pestiños todavía brillantes de miel en las cocinas. La miel de la zona, más bien oscura, tiene un punto áspero que recuerda al monte bajo.
Cuando llega mayo, los alrededores del pueblo se llenan de coches, mesas plegables y guitarras. La romería de San Isidro lleva a mucha gente hacia el campo cercano. No es raro ver rebaños pastando cerca mientras las familias pasan el día al aire libre.
Llegar y moverse por el pueblo
Iznalloz conserva estación de tren, algo poco habitual en municipios de este tamaño en la zona. La línea conecta con Granada y con otros puntos de la provincia, aunque las frecuencias no son muchas, así que conviene mirar horarios con antelación.
Si llegas en coche, lo más cómodo es aparcar cerca del centro y moverse andando. El casco urbano no es grande y las cuestas se suben despacio. Al levantar la vista aparecen patios con naranjos y balcones con macetas que apenas se ven desde la calle.
Primavera y comienzos de otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por el pueblo y por los senderos cercanos. En verano el calor aprieta a mediodía, y la actividad se desplaza hacia primeras horas de la mañana y el final de la tarde.
La iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, visible desde varios puntos del casco urbano, queda a medio camino entre estilos y épocas. Parte del edificio se atribuye a proyectos renacentistas que nunca llegaron a completarse del todo. A última hora de la tarde la luz entra baja por el interior y tiñe la piedra de un tono dorado muy suave.
Lo que no suele aparecer en los mapas
Hace algo más de una década el término municipal cambió. Dos núcleos cercanos —Dehesas Viejas y Domingo Pérez— pasaron a constituirse como municipios independientes. En las conversaciones de los mayores todavía aparece el tema de vez en cuando, sobre todo cuando se habla del campo o de antiguos caminos.
A unos minutos en coche está El Sotillo. Allí funciona un pequeño espacio dedicado al mundo de las setas, gestionado por gente de la zona. No es un museo al uso: más bien una sala sencilla con paneles y muestras que explican qué especies aparecen en estos montes cuando llegan las lluvias de otoño.
Al caer la tarde merece la pena subir de nuevo hacia el castillo. El viento que baja de la sierra suele traer olor a tomillo y a tierra seca. Abajo, las luces del pueblo empiezan a encenderse una tras otra mientras algún tractor vuelve por los caminos. Desde arriba se oye poco más que eso y, a lo lejos, el rumor del agua que sigue abriéndose paso bajo las piedras del valle.