Artículo completo
sobre Montillana
Municipio olivarero en el límite con Jaén; tranquilidad rural y paisajes de sierra y cultivo
Ocultar artículo Leer artículo completo
El coche empieza a protestar en las curvas. Casi 900 metros de altitud y la carretera serpenteando hasta que, de pronto, aparecen las casas blancas pegadas a la ladera. Así es Montillana: un sitio al que llegas cuando ya has bajado el ritmo.
El pueblo que no necesita Google
Montillana es como ese amigo que no sube fotos a redes pero luego te cuenta media vida cuando te sientas con él. Algo más de mil vecinos. Lo bastante pequeño para que las caras nuevas llamen la atención. Lo bastante grande para que el bar de la plaza tenga siempre alguien apoyado en la barra.
La economía gira alrededor de la aceituna y del cerdo. Eso se nota en cómo habla la gente. Frases cortas, directas. También en lo que llega a la mesa.
Yo entré un jueves a mediodía. La plaza estaba tranquila. Solo un grupo de jubilados jugando a las cartas con mucha concentración. Levantaron la vista cuando pasé. Esa mezcla de curiosidad y cálculo rápido: este no es de aquí.
Montillana no recibe autobuses de excursión. La gente viene por la sierra, por los senderos o porque alguien le ha hablado del lugar.
Cuando la sierra se come la carretera
El acceso tiene su historia. Desde la autovía hay algo más de diez kilómetros que se hacen largos. Curvas cerradas, marchas cortas y el copiloto mirando el paisaje para no marearse.
Al final aparece el pueblo, agarrado a la montaña. Da la sensación de asomarse a un balcón enorme.
A un lado se abre el valle del Guadalquivir. Al otro, si hay suerte con el tiempo, asoma Sierra Nevada muy al fondo. Yo la vi solo un rato durante tres días.
El olivo que todo lo ve
Montillana huele a aceituna. A fruto recién recogido, a hoja seca, a leña. Los olivares rodean el pueblo por todas partes.
Aquí muchos olivos pasan de padres a hijos. No se habla de parcelas. Se habla de “los olivos de la familia”. Algo que siempre ha estado ahí.
En primavera el aire cambia. Las flores del olivo dejan un olor dulce en las calles. En otoño llega la recogida. Aparecen más coches y más conversación en la plaza.
El sendero que sube a la ermita de San Antón atraviesa parte de esos olivares. La subida ronda los cuarenta minutos si vas andando normal. Algunos árboles parecen esculturas torcidas por el tiempo.
Arriba el pueblo se ve compacto, blanco, con el valle extendiéndose delante.
Comer como se ha comido siempre aquí
La cocina local no se complica mucho: legumbres, cerdo, aceite del terreno.
Un plato habitual es el potaje de lentejas con chorizo. De los que cuecen despacio y llenan media cocina de olor.
Los domingos suelen salir migas en algún bar local: pan asentado, aceite del pueblo y panceta mezclada con algo dulce como uvas o pasas.
Cuando las calles cambian con las estaciones
La primavera le sienta bien al pueblo: los montes verdes y aire con aroma a plantas aromáticas. En verano cambia: parte del pueblo se mueve hacia otros sitios buscando menos calor. En invierno puede llegar nieve alguna vez; casas blancas sobre fondo blanco y carretera con cuidado extra.
Subir al castillo y sentarse un rato
En lo alto quedan restos antiguos; muros y piedras donde hubo algo más grande antes. Pero vale subir solo por verlo desde arriba: mar completo verde-olivo abajo mientras todo encaja perfectamente debajo tuyo. Funciona así este tipo lugares pequeños donde pan termina temprano pero vistas nunca acaban realmente. Si preguntas qué hacer aquí probablemente alguien diga simplemente “date una vuelta”. No está mal consejo tampoco realmente; paseo tranquilo entre callejones empinados antes sentarte mirando valle largo rato basta entender sitio completamente bien ya mismo ahora mismo sabes?