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sobre Pedro Martínez
Municipio de los Montes Orientales en zona esteparia; tranquilidad absoluta y cielos limpios ideales para astronomía
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A mil metros de altitud, el viento de la vega de Granada se vuelve afilado. En Pedro Martínez, el aire suele oler a romero seco y a tierra removida, sobre todo cuando han pasado los tractores por los campos cercanos. Desde la plaza, donde un olmo viejo da casi la única sombra a mediodía, se ve la sierra como un muro pardo que protege —o a veces aísla— este pueblo de calles empinadas y casas encaladas agarradas a la ladera.
La hora en que los perros duermen
Pasear por aquí a las tres de la tarde de mayo es atravesar un silencio que se nota en los tímpanos. Las persianas están bajadas, los perros duermen en los umbrales y solo se oye, muy lejos, el motor de un tractor que sube por la pista de la Chimeneilla. En esta hora quieta la luz cae tan blanca que las paredes parecen fluorescentes.
Por eso los vecinos —algo más de mil, según el último padrón— esperan dentro hasta que el sol empieza a inclinarse. Entonces aparecen las sillas en las puertas, alguien abre una ventana y suena una radio con canciones que recuerdan a los años noventa. El pueblo cambia de ritmo en cuestión de media hora.
Tumbas sin nombre y torres que vigilaban
A unos dos kilómetros del casco, la meseta se rompe en un grupo de dólmenes que parecen piedras abandonadas por un gigante. No hay grandes paneles ni instalaciones alrededor: solo un poste de madera algo gastado que indica «Tumbas Megalíticas» y un sendero de tierra rojiza que se mete entre encinas bajas.
Caminar entre ellas —la Meseta, la Campana— recuerda que esta tierra estaba habitada miles de años antes de que alguien hablara de turismo rural. La concentración de enterramientos es notable; el propio ayuntamiento suele señalar que en este término hay una de las mayores densidades de tumbas megalíticas de la provincia. Lo notas cuando, al volver por el mismo camino, descubres otra losa medio escondida entre jara y romero que antes había pasado desapercibida.
Desde ese mismo cerro se divisa la Chimeneilla: una torre albarrana de unos ocho metros, compacta, que vigila el valle desde época medieval. La subida se hace por un sendero señalizado que atraviesa olivares en parte abandonados; la piedra caliza cruje bajo las suelas.
Arriba el viento corre con más fuerza y la vega aparece como un mapa seco: olivos alineados, caminos blancos serpenteando, algún pueblo lejano reducido a un puñado de cubos blancos. Aquí se encendían hogueras para avisar de movimientos en el territorio. Hoy queda la torre abierta al cielo y, cuando cae la noche, un firmamento muy limpio: la oscuridad en esta zona sigue siendo bastante real.
Migas, borrachuelos y el día que se mata el cerdo
En invierno, cuando la niebla se queda atrapada entre los barrancos, muchas cocinas huelen a leña de encina y a manteca de cerdo. Es cuando aparecen las gachas —espesas, de harina de trigo tostada— con tropezones de longaniza y aceite de la última cosecha.
Las migas suelen llevar uva pasá y pimentón; se remueven durante un buen rato hasta que empiezan a sonar como arena seca dentro de la sartén. Si preguntas por recetas, alguna vecina dirá que las de su madre eran mejores. Es una frase que se repite mucho por aquí.
A finales de otoño el pueblo celebra la matanza tradicional. Durante un fin de semana se preparan chorizos, morcillas con cebolla y salchichones que después se curan en las cámaras o en las buhardillas más frescas. No se vive como espectáculo, sino como una costumbre compartida. Si llegas en esos días, es fácil que alguien te acerque un trozo de torta de chicharrones todavía templada, con la masa crujiente y grasa en los dedos.
Cuándo ir y qué conviene tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más amable para recorrer los caminos de alrededor: el campo todavía tiene algo de verde y el polvo del verano no se levanta a cada paso. Por las noches refresca, así que conviene llevar una chaqueta ligera aunque el día haya sido cálido.
Alrededor de San Juan el pueblo celebra sus fiestas patronales y la plaza se llena de luces y música. En esos días lo más práctico es dejar el coche en la entrada y subir andando: varias calles se estrechan tanto que acaban convertidas casi en escaleras. En agosto también hay ambiente por San Roque, aunque el calor aprieta y las tardes pueden superar con facilidad los treinta y tantos grados. A cambio, las noches suelen ser claras y el cielo se ve lleno de estrellas.
Si buscas silencio, evita algunos fines de semana de septiembre: en los cotos de caza de la zona empieza el movimiento temprano y los disparos se oyen desde lejos.
Conviene venir con cierta calma. El autobús que conecta con otros pueblos pasa pocas veces al día y algunos servicios del pueblo funcionan con horarios variables según la época del año. Para las rutas cercanas lleva agua: el río Pedro, como ocurre con muchos cauces de la comarca, suele quedarse seco durante el verano. Y protector solar incluso en invierno; la altitud se nota más de lo que parece.
Cuando te marches, probablemente lleves en los zapatos una película fina de polvo calizo y en la memoria el sabor de los borrachuelos, esos dulces de vino que se fríen en aceite de oliva y se espolvorean con azúcar. Muchos vecinos que trabajaron décadas fuera vuelven aquí cuando se jubilan. Dicen que en Pedro Martínez el tiempo no corre: se queda un rato más de lo normal en cada esquina.