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sobre Alcaracejos
Encrucijada de caminos en el Valle de los Pedroches con una rica tradición minera y un entorno de dehesa ideal para el turismo rural y el descanso
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A las tres de la tarde, el olor a encina quemada llega antes que el pueblo. Estás en la carretera que sube desde Córdoba, entre campos de trigo ondulantes, y de repente aparece: casas blancas como manchas de cal sobre un mar de verde. Alcaracejos, en el norte de la provincia y ya dentro de la comarca de Los Pedroches, se levanta sobre una loma suave desde la que la dehesa se abre en todas direcciones.
El momento en que el tiempo se dobla
La plaza de España huele a pan recién hecho y a jabón de alguna colada reciente. A media tarde todavía hay sillas sacadas a la puerta y conversaciones que pasan de una acera a otra sin levantar la voz. La iglesia actual —la que hoy marca el perfil de la plaza— sustituyó a otra más antigua que quedó muy dañada durante la guerra. El campanario es sencillo, claro contra el cielo.
Desde los bordes del pueblo la vista se estira hacia el norte: olivares ordenados como si alguien hubiera pasado un peine sobre la tierra, dehesas donde las encinas proyectan sombras redondas y, más lejos, manchas de monte bajo que en septiembre suelen oler a tomillo y a romero seco cuando el suelo está caliente.
Si vienes en verano, este es el momento del día en que el pueblo respira. A mediodía el sol cae vertical y las calles se vacían.
Cuatro paisajes en un solo pueblo
En el término de Alcaracejos se cruzan varios paisajes muy distintos de Los Pedroches: cereal, olivar, dehesa y monte mediterráneo. Se nota enseguida cuando tomas alguna pista hacia el campo, por ejemplo en dirección al Pozo de la Benita.
Primero aparecen los trigales, donde el viento pasa haciendo un ruido bajo, como papel frotándose. Después el terreno cambia: encinas separadas entre sí, troncos gruesos, sombra oscura en el suelo. Más adelante el paisaje se cierra un poco y el camino baja hacia el entorno del río Cuzna.
Por esta zona quedan restos de antiguos molinos harineros que funcionaron hasta bien entrado el siglo XX. Hoy son muros de piedra medio abiertos, con zarzas y ortigas creciendo dentro. Si te acercas al atardecer se oye el agua correr entre las piedras, un sonido constante que acompaña todo el valle.
El sabor de los días de matanza
En muchos pueblos de Los Pedroches enero todavía huele a humo de chimenea y a cerdo. En Alcaracejos la matanza doméstica ha sido durante generaciones una parte importante del invierno: días fríos, braseros encendidos y mesas llenas de carne que se pica, se adoba y se embute.
En las cocinas aparecen platos que piden pan y paciencia: migas con ajos y aceite, guisos lentos y dulces fritos bañados en miel que se guardan en bandejas metálicas cubiertas con paños. Algunas recetas —como los llamados “obispos”— suelen prepararse en fiestas o reuniones familiares y cada casa los hace a su manera.
Más que una tradición pensada para quien viene de fuera, sigue siendo un momento doméstico, de puertas medio abiertas y humo saliendo por las chimeneas.
Bajo el cielo de Alcaracejos
Cuando cae la noche aquí lo primero que sorprende es la oscuridad. Sales del casco urbano y en pocos minutos el cielo se vuelve profundo, casi negro. En esta parte de Los Pedroches la contaminación lumínica es baja y por eso la zona forma parte de la reserva Starlight reconocida en la comarca.
Cerca del Pozo de la Benita hay un pequeño mirador astronómico con paneles y una barandilla de madera. Nada espectacular: solo un claro abierto al cielo. Pero basta tumbarse un rato para que aparezca la Vía Láctea como una franja blanquecina.
En agosto, cuando llegan las Perseidas, es habitual ver a gente del propio pueblo y de los alrededores acercarse con mantas o sillas plegables. No hace falta más.
Lo que cuentan los mojinos
A los habitantes de Alcaracejos se les conoce como mojinos. El origen del apodo suele relacionarse con los mojones o hitos que marcaban antiguamente los límites de las fincas: casas dispersas, cortijos separados entre encinas.
Aunque hoy el núcleo está concentrado, esa sensación de espacio sigue ahí. Llegando en coche desde Pozoblanco —el trayecto ronda los veinte minutos— el pueblo no aparece de golpe. Primero ves las encinas, luego algún tejado blanco asomando entre ellas, y al final las calles.
Conviene recorrerlo sin prisa y, si es posible, salir un rato al campo cercano al caer la tarde. La luz baja, el sonido de los cencerros llega desde lejos y el aire trae ese olor seco de la dehesa que en Los Pedroches marca el ritmo de todo.