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sobre Belalcázar
Villa monumental que alberga el castillo con la torre del homenaje más alta de la península y un conjunto conventual que atestigua su importancia histórica en el norte cordobés
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A las cuatro de la tarde el sol cae de lleno sobre la piedra del castillo de Belalcázar. La torre del Homenaje, enorme, proyecta una sombra larga que se estira hacia el pueblo. Desde arriba la dehesa de Los Pedroches se abre como una alfombra irregular de encinas: copas redondas, troncos retorcidos, tierra clara entre medias. A esa hora casi no se oye nada. Alguna puerta que se cierra en la calle, el viento que pasa por el cerro y, si te quedas quieto un momento, los cencerros lejanos de algún ganado.
El castillo que domina todo el valle
La torre nace prácticamente de la roca y termina muy por encima de los tejados del pueblo. El conjunto del castillo ocupa todo el cerro y desde abajo cuesta hacerse una idea de su tamaño; al acercarte se entiende mejor. Fue levantado en el siglo XV por la familia Sotomayor, en un momento en que esta zona miraba de frente a la frontera portuguesa.
La subida se hace por un camino empedrado que con los años se ha ido puliendo. En algunos tramos la piedra resbala un poco y conviene ir despacio, sobre todo si ha llovido. Arriba suele soplar viento incluso en días tranquilos.
La vista compensa el esfuerzo. Hacia un lado queda Belalcázar: tejados de teja curva, calles que suben y bajan sin mucho orden y la torre de la iglesia de Santiago sobresaliendo entre las casas. Hacia el otro lado se abre la dehesa, kilómetros y kilómetros de encinas donde a veces se distinguen cercados, caminos de tierra y alguna nave ganadera aislada.
Si vas en verano, sube a primera hora o al caer la tarde. En la parte alta hay poca sombra y la piedra guarda el calor.
Calles donde aún huele a curación lenta
Bajar por la Cuesta de Don Pedro es entrar en el casco antiguo de Belalcázar poco a poco. Las fachadas son altas, encaladas, con escudos de piedra en algunas puertas. Muchos están ya gastados; los apellidos se adivinan más que leerse.
En los soportales de la plaza el aire suele traer olor a jamón curándose. No es algo preparado para quien llega de fuera: en esta comarca el ibérico forma parte del día a día y se nota en las conversaciones. A media mañana es fácil ver a vecinos apoyados en la barra comentando cómo ha ido la montanera o si este año la hierba ha aguantado más de lo esperado.
El centro histórico se recorre bien andando, sin rumbo. Las calles son cortas, a veces se abren en pequeñas placitas y otras terminan en cuestas que vuelven a subir hacia el castillo. En algún portal se intuyen patios con pozo y naranjo. En una fuente de piedra, todavía hoy, alguna vecina llena garrafas o enjuaga verduras.
La luz cambia mucho a lo largo del día. Por la mañana entra rasante y deja las paredes casi doradas; por la tarde se vuelve más rojiza y el blanco de la cal refleja el sol como si las calles estuvieran encendidas.
La ermita en el cerro de la Alcantarilla
A un par de kilómetros del pueblo, siguiendo un camino que sale hacia el campo, está la ermita de la Virgen de Gracia de la Alcantarilla. Es pequeña, con muros de piedra y un campanario sencillo que apenas sobresale del tejado.
El lugar tiene historia acumulada: se habla de restos antiguos en el cerro y de distintos usos a lo largo del tiempo. Hoy es sobre todo un punto de reunión para la gente de Belalcázar. Cada primavera suele celebrarse aquí la romería de la Virgen, cuando el camino se llena de coches, remolques, caballos y grupos que suben con comida para pasar el día.
Desde la explanada de la ermita la vista vuelve a abrirse hacia la dehesa. Si vas fuera de esos días de fiesta, lo normal es encontrar bastante silencio: viento, alguna encina grande dando sombra y poco más.
Cuándo acercarse con más calma
La primavera suele ser el momento más agradecido en Belalcázar. La dehesa está verde, las encinas tienen brote nuevo y las tardes permiten caminar sin el calor fuerte que llega más adelante.
En pleno verano el ambiente cambia mucho. A media tarde las calles se quedan vacías y la actividad se desplaza a la noche. Si vienes en julio o agosto, merece la pena madrugar para subir al castillo y dejar el paseo por el pueblo para cuando baje el sol.
Un último consejo sencillo: antes de marcharte, vuelve a mirar el castillo desde abajo. Al atardecer la piedra se vuelve más oscura y la torre se recorta contra el cielo mientras se encienden las primeras luces del pueblo. En ese momento se entiende bien dónde estás: un cerro, un castillo enorme y, alrededor, la dehesa extendiéndose hasta donde alcanza la vista.