Artículo completo
sobre Pozoblanco
Capital económica del norte de Córdoba famosa por su plaza de toros donde murió Paquirri y por su intensa actividad comercial y ganadera
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no ha quemado la hierba de la dehesa, los cerdos ibéricos se mueven entre las encinas como sombras grises. En Pozoblanco, antes de que abran casi todos los bares, antes de que las campanas de la iglesia de Santiago marquen la hora, el aire huele a tierra húmeda y a jamón curándose en secaderos cercanos. Es el momento en que el pueblo todavía huele a lo que es: tierra de pan, de vino y de cerdo.
El olor a jamón que llega antes que el pueblo
Desde la A‑4, Pozoblanco aparece de golpe: un mar de tejados blancos entre olivares y encinas. Pero antes de verlo, ya lo hueles. El aroma del jamón de Los Pedroches flota en las afueras como un aviso. Luego vienen los silos de grano, las naves ganaderas, los carteles de cooperativas y empresas del sector. Porque este no es un pueblo dormido: es uno de los centros comerciales y ganaderos del Valle de los Pedroches, y se nota.
Las aceras son anchas, hay movimiento desde primera hora y el mercado municipal —un edificio funcional de mediados del siglo XX— mantiene ese olor mezcla de carne fresca, serrín húmedo y conversación de mostrador. Allí se habla de piensos, de lluvias que llegan tarde y de cómo viene la montanera.
En el centro, la plaza de España funciona casi como una extensión del mercado. A media mañana ya hay mesas ocupadas con desayunos largos: tostadas, café corto, periódicos doblados sobre el mármol. Aquí el tiempo muchas veces lo marcan las campanas: las del ayuntamiento, las de Santiago, las del Pozo Viejo.
La piedra que da nombre y la plaza que duele
El Pozo Viejo está ahí, discreto, revestido de piedra clara que al atardecer toma un tono amarillento. No es grande: apenas unos metros de diámetro, una tapa de hierro, un brocal trabajado por el uso y los años. Pero es el ombligo del pueblo. La tradición cuenta que alrededor de ese pozo se reunía el concejo cuando Pozoblanco empezaba a organizarse como villa, varios siglos atrás.
Hoy los niños se sientan en el borde para comer pipas y los mayores pasan junto a él casi sin mirarlo, pero sigue ahí, recordando que el nombre del pueblo nace de un pozo y de una piedra clara.
A pocos minutos andando aparece el Coso de Los Llanos. Desde fuera tiene algo de nave grande, más funcional que ornamental. Es una de las plazas de toros de mayor tamaño de la provincia y arrastra una historia conocida: en los años ochenta, una corrida terminó con la muerte de un torero muy famoso tras una cogida grave en el ruedo. Aún hoy el episodio sale en conversaciones cuando se habla del coso.
Cuando hay festejos o conciertos, sobre todo por la noche, el interior cambia por completo. Las luces artificiales recortan el albero y el recinto adquiere un aire casi de pabellón cubierto.
La dehesa que empieza al final de la calle
Si sales por la carretera de la Virgen de Luna, el paisaje cambia rápido. Las últimas casas quedan atrás y empiezan las encinas, los alcornoques y los cercados ganaderos. En unos pocos kilómetros aparece el santuario de la Virgen de Luna, levantado en plena dehesa.
La imagen que se venera aquí se relaciona con una tradición muy antigua del valle: la historia de un pastor que encontró la talla entre el ganado. Sea o no exacto el relato, el santuario lleva siglos siendo punto de reunión para los pueblos cercanos.
El camino cambia mucho según la época del año. En verano el polvo se levanta con cada coche; en invierno, si ha llovido, aparecen charcos y barro. Aun así casi siempre hay alguien: ciclistas, gente paseando, familias que vienen a pasar la tarde bajo las encinas.
La ermita es sencilla, de muros encalados y tejado bajo. Cuando el viento se calma se oye el zumbido de las abejas y poco más.
En primavera suele celebrarse la romería más importante vinculada a la Virgen. Ese día la dehesa se llena de carretas, caballos y grupos que montan mesas largas bajo los árboles. El olor cambia: romero, comida caliente, vino tinto servido en vasos de plástico.
Cuándo ir y qué llevarse en la boca
El otoño es un buen momento para acercarse. Con las primeras lluvias la dehesa recupera el verde y el pueblo acoge cada año una feria ganadera bastante conocida en la comarca. Durante esos días el recinto ferial se llena de animales, tractores, charlas técnicas y puestos donde se cocina sin demasiados secretos: ollas grandes, carne de cerdo, humo que se queda pegado a la ropa.
También es época de morcilla de caldera y de platos contundentes que aparecen en muchas barras del pueblo.
En Semana Santa el ambiente cambia por completo. Las procesiones recorren las calles estrechas del centro y el sonido del tambor rebota contra las fachadas de piedra clara. Al terminar, bien entrada la noche, todavía hay gente charlando en las puertas o buscando algo dulce en las pastelerías.
Si no llevas bien el calor seco, conviene evitar agosto. En Los Pedroches el verano aprieta y a mediodía cuesta encontrar sombra fuera de los soportales o de los parques.
Antes de irte, merece la pena pasar por alguna tienda tradicional del centro y probar el jamón cortado a cuchillo. Muchas veces te ofrecen una loncha fina para que lo pruebes allí mismo. Si te llevas algo más, la torta de chicharrones —dorada, quebradiza, con olor a manteca— aguanta bien el viaje de vuelta.
Pozoblanco no entra por los ojos de golpe. Aquí lo primero que llega suele ser el olor: encina, tierra húmeda y jamón curándose despacio. Luego, poco a poco, aparecen las calles.