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sobre Santa Eufemia
Localidad histórica con restos de un castillo inexpugnable y murallas que domina el valle norteño conservando un aire medieval y tradiciones arraigadas
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Hay un momento, justo al salir del pueblo, cuando la carretera sube un poco y de repente ves la dehesa extendiéndose como una alfombra verde hasta donde alcanza la vista. Ese es el momento en que entiendes por qué Santa Eufemia sigue ahí, tranquila, con poco más de seiscientos habitantes. Porque alguien tiene que quedarse a cuidar de todo esto.
El pueblo que no necesita turistas
Santa Eufemia es como ese primo que vive en el pueblo y nunca aparece por las comidas familiares. No es que sea antipático; es que tiene la vida montada y no necesita explicársela a nadie.
La plaza Mayor está presidida por el castillo de tierra, la Mota, que más que una fortaleza medieval parece un castillo de arena gigante. Y precisamente ahí está la gracia: no hay taquillas, ni audioguías, ni recreaciones históricas. Solo el montículo de tierra, las casas blancas alrededor y el campanario marcando las horas con esa tranquilidad que tienen los pueblos pequeños.
Un vecino me contó una historia curiosa sobre el apellido Román, muy común aquí, que al parecer aparece en sellos de Burkina Faso por un misionero nacido en el pueblo. No he podido confirmarlo del todo, pero es de esas historias que circulan por las barras de bar y que uno prefiere creer. Mientras me lo contaba, yo estaba con un plato de migas delante y pensé que ese tipo de anécdotas solo salen cuando el pueblo no tiene prisa.
Donde los cerdos ibéricos viven a sus anchas
La carretera que llega a Santa Eufemia atraviesa lo que muchos llaman, medio en broma, la “factoría de jamones”. Kilómetros de dehesa con encinas y cerdos ibéricos moviéndose con una calma que ya quisieran muchos que viven en ciudad. Aquí los animales tienen más espacio que mucha gente en un piso de capital. Y probablemente viven mejor.
Cuando llegan las fiestas patronales, que suelen celebrarse a finales de verano, el pueblo cambia el ritmo durante unos días. En las casas y en los bares aparecen platos contundentes: flamenquín, embutidos de la zona, guisos de los que piden pan al lado. El queso de oveja de Los Pedroches suele tener ese punto fuerte que te hace parar un segundo y pensar “vale, esto va en serio”. Y la miel de la sierra suele saber a romero y a campo seco después de la lluvia.
Las rutas que salen desde el pueblo
Desde Santa Eufemia parten varios senderos señalizados. Uno de los más conocidos es el de los Negrillos, unos ocho kilómetros que suben hacia un cerro desde el que se ve la dehesa extendida en todas direcciones. Es de esos sitios donde te das cuenta de lo poco que ocupa el pueblo dentro de todo lo que lo rodea.
También está la ruta del Ahogaborricos —sí, el nombre es así— que pasa por antiguas bodegas excavadas en la tierra. Suelen fecharlas en torno al siglo XVII. Son pequeñas cuevas donde se almacenaba vino o alimentos; hoy quedan los huecos en la roca y bastante imaginación por parte del que pasa por allí.
Y luego está la que muchos vecinos recomiendan cuando ya has preguntado dos o tres veces: la Cuerda de la Sierra. No siempre aparece bien señalizada en todas las guías, pero es una caminata larga por la cresta, con vistas abiertas durante buena parte del recorrido. Lleva agua y no confíes demasiado en el móvil: la cobertura aquí va y viene.
Cuando cae la noche de verdad
Esta zona de Los Pedroches suele aparecer en mapas de observación astronómica porque la contaminación lumínica es mínima. Dicho de forma sencilla: cuando se hace de noche, se hace de verdad. En muchas noches despejadas la Vía Láctea se distingue a simple vista, algo que en ciudad ya casi hemos olvidado.
En mayo se celebra la romería de la patrona y la imagen se traslada hasta la ermita del Cristo de la Vera Cruz. Son unos kilómetros de camino entre cantos, comida y vino compartido. No tiene aspecto de espectáculo organizado: es más bien el pueblo haciendo lo que ha hecho siempre.
También mantienen una forma tradicional de cantar la Pasión en Semana Santa, documentada desde principios del siglo XX. Son de esas cosas que no se preparan para el visitante; simplemente siguen ocurriendo porque la gente del pueblo las considera suyas.
El consejo que nadie pide
Si vienes a Santa Eufemia, ven con expectativas sencillas. No hay calles llenas de tiendas ni restaurantes de estrella Michelin. Es otro tipo de plan.
Date una vuelta por la plaza, sube a la Mota para ver el pueblo desde arriba y sal a caminar un rato por la dehesa. Si pillas un atardecer claro, el paisaje se queda en silencio de una forma bastante difícil de explicar.
Y cuando caiga la noche, mira hacia arriba. A veces viajar también consiste en eso: encontrar un sitio donde el cielo vuelva a parecer grande. Aquí todavía pasa.