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sobre Villanueva de Córdoba
Corazón del jamón ibérico de bellota en el Valle de los Pedroches con una dehesa espectacular y un patrimonio civil y religioso notable
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Los primeros jarotes (así se hacen llamar los de aquí) que conocí me miraron raro cuando pregunté si el jamón era cosa suya. “Jamón, no. Bellota, sí”, me respondieron. Como si el cerdo fuese un turista más que viene a comerse su dehesa. Y, visto lo visto, algo de razón tienen.
El pueblo que nació de una peste
Para entender Villanueva de Córdoba hay que irse a finales del siglo XV. La historia que suele contarse por aquí dice que varios vecinos de Pedroche se marcharon huyendo de una epidemia y acabaron asentándose entre encinas. Al primer asentamiento lo llamaron Encinaenana, que suena raro hasta que te das una vuelta por el paisaje que rodea el pueblo.
Todo esto está en Los Pedroches, una comarca donde la dehesa manda. Encinas hasta donde alcanza la vista, caminos de tierra que serpentean entre fincas y esa sensación de que el horizonte siempre está un poco más lejos de lo que parece. A menudo se habla de este encinar como uno de los más grandes de Europa; sea o no el mayor, lo cierto es que cuando lo recorres entiendes por qué aquí el cerdo ibérico vive como vive.
Con el tiempo el asentamiento fue creciendo y en el siglo XVI ya tenía reconocimiento oficial como villa. De esa época es la iglesia de San Miguel, el edificio que más llama la atención cuando llegas al centro. Dentro hay un detalle curioso: el suelo de madera. Cruje al caminar, como las tablas de un barco viejo. Suelen decir que es de los pocos templos andaluces que conservan un pavimento así, con piezas colocadas en formas geométricas.
Donde el cerdo come mejor que tú
En Villanueva de Córdoba la dehesa no es paisaje decorativo, es economía diaria. Entre otoño y finales de invierno llega la montanera, el momento en que los cerdos ibéricos se alimentan de bellotas que caen de las encinas. Si alguna vez has visto a uno de estos animales moverse por la dehesa, entenderás rápido la broma local: aquí el cerdo come mejor que muchos humanos.
La cultura del ibérico está muy presente en el pueblo, pero no esperes un parque temático del jamón. Lo normal es algo mucho más sencillo: bodegas familiares, secaderos tradicionales y gente que lleva toda la vida en esto. El olor a curación —ese punto entre sal, grasa y tiempo— se nota en algunas calles cuando hace frío.
El refugio que nunca usaron
Hay un detalle histórico curioso que mucha gente pasa por alto: el refugio antiaéreo de la Guerra Civil. Se construyó con forma de zigzag y mide alrededor de 70 metros. La idea era proteger a la población si llegaban bombardeos, aunque por lo que cuentan nunca llegó a utilizarse.
Hoy se puede visitar en ocasiones puntuales. La entrada está cerca de un colegio, así que la escena tiene algo de contraste: niños saliendo a jugar mientras, bajo sus pies, hay un túnel pensado para uno de los momentos más duros del siglo XX.
Fiesta y dulces jarotes
El día grande del pueblo es San Miguel, el 29 de septiembre. También tiene mucho peso la romería de la Virgen de Luna, muy ligada a toda la comarca de Los Pedroches. Cuando la imagen se traslada hasta el pueblo, el ambiente cambia por completo: caminos llenos de gente, caballos, familias enteras siguiendo la comitiva.
En la parte dulce aparece una curiosidad local: las navajas jarotas. No tienen nada que ver con cuchillas; son un dulce de hojaldre y azúcar, crujiente y pequeño. El nombre parece venir de antiguos vendedores ambulantes que ofrecían tanto navajas como dulces en ferias y mercados. Con el tiempo lo que ha sobrevivido es la parte más golosa de la historia.
Consejo de amigo
Villanueva de Córdoba no juega en la liga de los pueblos que salen en todos los carteles turísticos. Y casi mejor así. Es más bien ese sitio donde lo importante no está en un monumento concreto, sino en el conjunto: la dehesa alrededor, el ritmo tranquilo y la conversación fácil con la gente.
Mi consejo es sencillo: ven sin prisas. Da una vuelta por el centro, entra en la iglesia para escuchar cómo cruje el suelo de madera, y luego sal a los caminos que rodean el pueblo. Si te sientas a comer algo de ibérico en la plaza y después te acercas a ver el refugio si está abierto, en unas horas habrás entendido bastante bien de qué va este sitio.
Y lo más probable es que te vayas con la misma idea que tuve yo al principio: aquí el protagonista no es el pueblo, es todo lo que crece alrededor de él. Y, sobre todo, todo lo que cae de las encinas. Porque de esas bellotas sale medio carácter de Los Pedroches.