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sobre Almería
Capital de la provincia dominada por su Alcazaba; ciudad luminosa con puerto y playas urbanas
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La Alcazaba domina Almería desde una colina áspera que cae hacia el puerto. Desde arriba se entiende bien la ciudad. El casco antiguo se agrupa en torno al mar. Más allá aparecen barrios más recientes y, al fondo, la llanura cubierta de invernaderos. Bajo el sol fuerte del sureste, el paisaje adquiere tonos muy claros.
La fortaleza se levantó en el siglo X, durante el gobierno de Abderramán III. Desde aquí se vigilaba la costa y el puerto, que ya tenía actividad comercial. La ciudad creció alrededor de ese punto defensivo. El paisaje actual es distinto, pero la posición estratégica sigue siendo evidente.
El muro y la medina
La Alcazaba de Almería no se parece mucho a otros conjuntos andalusíes conocidos. Su perímetro amurallado supera el kilómetro. Aun así, el interior resulta sobrio. Fue una fortaleza pensada para la defensa y el control del puerto.
Durante el siglo X y comienzos del XI, Almería se convirtió en un centro importante de producción textil. Esa riqueza explica la escala del recinto. Tras la conquista cristiana a finales del siglo XV, el conjunto cambió varias veces. Hubo daños por terremotos y ataques desde el mar. Gran parte de lo que hoy se ve procede de restauraciones posteriores, realizadas con bastante cuidado.
Al recorrer el recinto se distinguen bien las distintas etapas. Las murallas se suceden en tres líneas. Los aljibes conservan marcas antiguas del nivel del agua. También queda un pequeño oratorio que utilizaba la guarnición.
El Mirador de la Odalisca está ligado a una historia muy repetida en la ciudad. Habla de un prisionero cristiano y una esclava del rey Almotacín. La narración parece una invención romántica del siglo XIX. El lugar, sin embargo, existe. Desde ese punto se abre todo el golfo. En días claros se distingue la línea de Cabo de Gata y, hacia el oeste, la sierra de Gádor.
Bajo tierra
Bajo las calles del centro hay otro espacio menos visible. Son los refugios antiaéreos de la Guerra Civil. Se excavaron durante los bombardeos de 1937 y 1938. Almería era entonces un puerto importante para la flota republicana.
La red llegó a tener varios kilómetros de túneles. Hoy solo se visita una parte. Los pasillos tienen altura suficiente para caminar erguido. Hay salas que funcionaron como enfermería y otras destinadas a comunicaciones. También se conserva una pequeña capilla.
En algunas paredes aún se leen mensajes escritos durante la guerra. Son frases breves, hechas con prisa. Ese rastro humano cambia la visita. Más que un museo, parece un espacio detenido en el tiempo.
El mar y la industria
Durante mucho tiempo el puerto fue la base económica de la ciudad. Uno de los restos más claros de esa etapa es el llamado Cable Inglés. Se trata de un cargadero mineral de hierro construido a comienzos del siglo XX por una empresa británica.
La estructura avanza sobre el agua mediante pilares metálicos. Servía para cargar mineral que llegaba en tren desde las sierras cercanas. Hoy se utiliza como paseo y mirador. Desde allí se aprecia bien la relación entre la ciudad y el puerto.
En la costa próxima quedan huellas de otras actividades. Las salinas de San Fernando siguen produciendo sal. En el entorno portuario todavía se reconocen antiguos almacenes y naves industriales. Recuerdan una etapa en la que el comercio marítimo marcaba el ritmo de la ciudad.
Lo que se come aquí
La cocina almeriense nace de un territorio seco y de un mar cercano. Los platos suelen ser directos y con pocos ingredientes.
Los gurullos, una pasta pequeña hecha a mano, se preparan con carne de caza o con caracoles según la época. Las migas aparecen con frecuencia en días de lluvia. Suelen llevar uvas pasas, algo común en una provincia que tuvo muchos viñedos.
El pescado a la sal es habitual en la costa. Tiene lógica en un lugar donde la sal se produce desde hace siglos. En invierno también aparece el caldo de pimentón. Es una receta sencilla, muy presente en las casas.
Cuándo ir y cómo moverse
El clima de Almería es estable durante buena parte del año. En verano el calor aprieta en el interior, pero junto al mar resulta más llevadero. El invierno suele traer mañanas despejadas.
Las fiestas principales se concentran en agosto. Durante esos días el centro cambia bastante. También hay procesiones de Semana Santa con un tono sobrio, más silencioso que en otras ciudades andaluzas.
El centro histórico se recorre caminando sin dificultad. La subida a la Alcazaba conviene hacerla temprano. El sol cae fuerte sobre la piedra a partir del mediodía. Los refugios se visitan con acceso limitado, por lo que suele ser necesario reservar.
Desde el centro se llega al Cable Inglés en unos veinte minutos a pie. El paseo discurre entre el puerto y la ciudad. Es un buen lugar para entender cómo Almería ha vivido siempre mirando al mar.