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sobre Níjar
Municipio extenso que abarca el Parque Natural Cabo de Gata; famoso por su cerámica y jarapas
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El GPS se vuelve un poco loco. Llevas un buen rato conduciendo por una carretera que parece no llevar a ninguna parte, rodeado de invernaderos que brillan como espejos bajo el sol de Almería, cuando de repente aparece. Níjar. No es un pueblo compacto; es más bien como si alguien hubiera ido dejando casas blancas por la ladera y con el tiempo hubiera acabado formándose un casco urbano.
Y la hay, vida. Bastante más de la que parece cuando aparcas el coche por primera vez.
El pueblo que se come el mapa
Níjar es enorme. El municipio ronda los 600 kilómetros cuadrados y está entre los más grandes de España. Para que te hagas una idea rápida: es más grande que algunas islas pequeñas del Mediterráneo. Pero aquí viven algo más de 30.000 personas repartidas en muchas pedanías. La gente no vive “en Níjar”, vive en San Isidro, en Campohermoso, en Huebro, en Rodalquilar… Cada núcleo funciona casi como su propio pueblo.
El casco histórico de Níjar es pequeño, de los que se recorren sin darte cuenta. Un puñado de calles en cuesta, un par de plazas y varios talleres de cerámica donde todavía se trabaja el barro. No tantos como antes, eso sí. Aun así, cuando pasas por la puerta suele salir ese olor a horno y arcilla húmeda que te recuerda que aquí el oficio sigue vivo.
Si entras, lo normal es encontrar a alguien trabajando mientras suena la radio de fondo. No hay demostraciones preparadas ni discursos para turistas. Están a lo suyo, como en cualquier taller de verdad.
Donde el volcán se encontró con el mar
Lo curioso del turismo en Níjar es que el pueblo es casi el aperitivo. Lo fuerte está alrededor.
Gran parte del municipio cae dentro del Parque Natural de Cabo de Gata‑Níjar, un paisaje bastante raro para lo que solemos imaginar cuando pensamos en Andalucía. Montañas oscuras, calas abiertas al Mediterráneo y un terreno volcánico que viene de millones de años atrás. No es que vayas a ver volcanes humeando, claro, pero el origen geológico del paisaje se nota en las formas de las sierras y en los colores de la roca.
Una caminata muy conocida por la zona es la de los molinos del barranco del Huebro. El sendero sigue el curso del agua entre antiguos molinos hidráulicos que en su día aprovecharon cada gota para moler grano. Hoy muchos están en ruinas, otros apenas se adivinan entre la vegetación, pero caminar por allí ayuda a entender cómo se las apañaba la gente en un territorio donde el agua siempre fue un asunto serio.
Y luego está la noria de Pozo de los Frailes, que suele llamar la atención porque todavía se conserva el sistema tradicional: una noria movida por un animal que extraía agua del subsuelo. Cuando la ves girar, con ese traqueteo lento de madera y hierro, te haces una idea bastante clara de cómo funcionaban los campos antes de que llegaran los motores.
La comida que no te esperas
La cocina de Níjar es bastante directa. Sin adornos, pero con fundamento.
Los gurullos con caldo colorao son probablemente el plato más repetido en la zona: una pasta corta hecha a mano que se cuece en un guiso potente, normalmente con carne y pimiento seco. También aparece mucho la llamada sopa de Almería, que mezcla caldo de pescado, pan y huevo de una forma que parece sencilla hasta que la pruebas y te das cuenta de que tiene más carácter del que esperabas.
Y luego están las migas. Aquí se hacen como se han hecho siempre en el sureste: con pan o sémola, aceite de oliva, ajo y paciencia removiendo la sartén. Suelen aparecer cuando llueve, algo que por esta tierra no pasa todos los días.
Un detalle curioso es la rosca de pan de aceite, que a medio camino entre pan y dulce casero. Tradicionalmente se hacía en muchas casas los fines de semana o en días señalados.
El arte de perderse
Níjar es de esos sitios donde desviarte de la carretera principal suele mejorar el plan.
Vas hacia San José, por ejemplo, y de repente sale un camino secundario. Lo tomas y acabas en un valle lleno de invernaderos donde apenas pasan coches. A veces ves a trabajadores moviéndose en bicicleta entre caminos de tierra y la sensación es rara: estás en uno de los motores agrícolas de Europa, pero todo ocurre en silencio.
Otras veces llegas a una pedanía diminuta donde el bar del pueblo abre solo por la mañana y el café se sirve con una naturalidad que parece de otra época. Y si tiras hacia la costa, no es difícil acabar en alguna cala donde solo hay un par de coches aparcados y alguien pescando desde las rocas.
El truco de Níjar
Hay un momento del año que explica bastante bien cómo funciona este municipio: la romería del Huebro, que suele celebrarse a comienzos de octubre.
La gente sube hasta el santuario caminando desde el pueblo o desde los alrededores. Son varios kilómetros, pero el ambiente se parece más a una excursión colectiva que a un acto solemne. Familias con mochilas, gente mayor que se acerca en coche, grupos de amigos que paran a mitad de camino para comer algo.
Al final todos se juntan arriba.
Y creo que ahí está la clave de Níjar. No es el lugar más espectacular de Andalucía ni el más famoso de la costa. Pero mantiene algo que en otros destinos se ha ido diluyendo: la sensación de que el sitio sigue funcionando para la gente que vive allí, no solo para quien viene de paso.
Mi consejo: ven entre semana y sin demasiada prisa. Pasea por el casco antiguo, entra en algún taller de cerámica si la puerta está abierta y luego sal a carretera. Cuando el GPS empiece a dudar, muchas veces significa que vas por el camino interesante.