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sobre Pechina
Antigua Bayyana y capital histórica; puerta de entrada a Sierra Alhamilla y escenario de cine
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A las ocho de la mañana, el sol ya cae con fuerza sobre los invernaderos de la vega. Desde la carretera que viene de Almería, lo primero que se ve es ese mar de plásticos blancos que, cuando la luz rebota, parece casi agua. Pero basta desviarse hacia el núcleo del pueblo para que el paisaje cambie: calles tranquilas, casas bajas con rejas pintadas de verde o azul, y ese olor a pan que se escapa de algún obrador cerca de la plaza cuando todavía no hay casi nadie por la calle.
Pechina está a pocos kilómetros de la capital, en el valle del Andarax, y esa cercanía se nota. Mucha gente trabaja en Almería o en los invernaderos de alrededor, pero el ritmo del pueblo sigue siendo otro: más pausado por la mañana, más vivo a la hora del café.
Huellas de Bayyana
En las calles del entorno de San Nicolás el trazado se vuelve irregular, como si el pueblo hubiera ido creciendo a base de giros y pequeñas cuestas. En algunos muros se ven ladrillos antiguos mezclados con reformas más recientes, y de vez en cuando aparece un arco o un tramo de pared que recuerda que aquí hubo algo más que un pueblo agrícola.
Pechina está vinculada históricamente con Bayyana, una ciudad andalusí importante en los primeros siglos de Al‑Ándalus. Hoy quedan restos arqueológicos en las afueras del casco urbano. No es un lugar monumental en el sentido clásico: lo que se ve son trazas de calles, muros bajos y estructuras que ayudan a imaginar cómo fue aquel asentamiento ligado al comercio y al puerto de la cercana Almería.
El acceso suele ser sencillo, aunque no siempre hay personal o señalización muy visible. Conviene acercarse con paciencia y sin esperar un recinto musealizado. A cambio, el lugar tiene algo raro: silencio, viento entre los espartos y ese color rojizo de la tierra del Bajo Andarax.
El camino del agua
Desde el pueblo salen varios caminos de tierra que bajan hacia el valle del río. Uno de ellos atraviesa huertas, chumberas y parcelas pequeñas donde todavía quedan naranjos y limoneros. A media mañana el aire se llena de olor a azahar en temporada.
Por esta zona hubo antiguamente aguas termales y pequeños baños, conocidos en la comarca por su olor a azufre. Parte de esas instalaciones llevan tiempo cerradas, pero todavía es posible encontrar puntos donde el agua brota templada y deja un rastro mineral en las piedras.
Si te acercas, lleva calzado con suela firme. El terreno cerca del agua suele estar húmedo y resbaladizo, y no siempre hay caminos claros. No es un sitio preparado como balneario moderno: es más bien un rincón del valle donde la gente de aquí ha ido durante décadas.
Cocina de cuchara
En Pechina la cocina sigue muy ligada al campo. A mediodía, sobre todo en días frescos, en muchas casas aparece un plato muy repetido en esta parte de Almería: gurullos. Son pequeñas piezas de masa de trigo, irregulares, hechas tradicionalmente a mano, que se cuecen con caldo, tomate y carne de caza o de corral según la temporada.
El olor a pimentón y ajo frito empieza a notarse a eso de la una, cuando las ventanas de las cocinas están abiertas y el pueblo se mueve entre la compra rápida y la vuelta del trabajo en el campo.
También es fácil encontrar dulces caseros en algunas épocas del año: pestiños, roscos o bollería que muchas familias siguen preparando en casa, sobre todo cuando se acercan fiestas o reuniones familiares.
Fiestas que miran al campo
El calendario festivo del pueblo mantiene celebraciones ligadas al entorno agrícola y religioso. Una de las más conocidas en la zona es San Marcos, a finales de abril, cuando grupos de vecinos salen hacia el campo o hacia ermitas cercanas para pasar el día.
No siempre se trata de una romería organizada al estilo de otros lugares. Muchas veces son reuniones familiares con comida, música improvisada y largas sobremesas al aire libre. Abril suele ser un buen momento para ver la vega con más verde del habitual y temperaturas todavía llevaderas.
Cuándo acercarse
Pechina está muy cerca de Almería capital y se llega en pocos minutos por carretera siguiendo el valle del Andarax. Esa proximidad hace que mucha gente entre y salga a diario.
La primavera suele ser el momento más agradable. En marzo y abril los naranjos florecen y el aire huele dulce incluso en las calles del centro. El calor fuerte todavía no ha llegado.
En verano la situación cambia bastante. El termómetro puede subir con facilidad por encima de los 40 grados y a ciertas horas del día el pueblo se queda casi vacío, con las persianas bajadas y las calles en silencio.
Si vienes a pasear por el yacimiento o por los caminos del valle, intenta hacerlo temprano o al final de la tarde. La luz baja sobre la vega, los plásticos de los invernaderos se vuelven dorados y el viento que sube desde el mar refresca un poco el aire.
A esa hora, sentado en un banco de la plaza, se escuchan sobre todo grillos y alguna conversación que llega desde las terrazas cercanas. El día se apaga despacio, con ese olor mezcla de tierra caliente, azahar y polvo del campo que es muy propio de esta parte del Andarax.