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sobre Rioja
Localidad cercana a la capital rodeada de cítricos; nombre compartido con la región vinícola pero con identidad propia
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A media tarde, cuando el sol cae hacia la sierra y la luz empieza a rebotar en las fachadas encaladas, Rioja se queda en silencio. Solo se oye algún coche que pasa despacio o el golpe seco de una persiana que se cierra. Rioja, en la comarca metropolitana de Almería y a pocos kilómetros de la capital, es un pueblo pequeño —algo más de mil seiscientos habitantes— que todavía conserva ese ritmo de lugar donde la huerta sigue marcando parte del día.
Situado en el valle del Andarax, entre la ciudad de Almería y los pueblos que suben hacia la Alpujarra, Rioja es sobre todo un lugar de paso tranquilo. Las calles son cortas, con casas blancas pegadas unas a otras, muchas con rejas negras y macetas que asoman sobre la acera. En algunos patios se ven azulejos antiguos o suelos gastados por años de uso. No hace falta buscar demasiado: basta caminar despacio para notar que aquí la vida siempre ha estado ligada a la tierra cercana.
La iglesia y el centro del pueblo
En el centro se levanta la iglesia de Nuestra Señora del Rosario. El campanario, sencillo, sobresale por encima de las casas y sirve de referencia cuando uno se pierde entre calles. A determinadas horas se escuchan las campanas extendiéndose por el valle, sobre todo cuando el aire está quieto.
Alrededor de la iglesia aparecen algunas viviendas más antiguas, con portones grandes y patios interiores. Muchas se levantaron entre los siglos XVIII y XIX, cuando la agricultura del entorno —sobre todo olivo y pequeños cultivos de regadío— sostenía la economía local. Todavía es posible ver aljibes en algunas casas o bodegas excavadas bajo el suelo, recuerdo de cuando la uva tenía más presencia en la zona.
El paisaje del valle del Andarax
En cuanto sales del núcleo urbano el paisaje se abre rápido. El valle del Andarax mezcla parcelas de cultivo con laderas más secas. Los olivares dominan buena parte del terreno y, según la época, el color cambia bastante: verde apagado en invierno, plateado brillante cuando el sol de verano golpea fuerte las hojas.
Las ramblas cortan el terreno en líneas anchas de tierra clara. Durante buena parte del año están secas, pero marcan bien la forma del paisaje. Entre las piedras aparecen palmitos, adelfas y matas de tomillo que, si aprieta el calor, dejan ese olor áspero que se queda en el aire.
Los días despejados la luz es muy dura, muy blanca. Conviene llevar gorra o sombrero incluso en primavera. Aquí las sombras son escasas.
Caminos entre huertas y olivos
Desde el pueblo salen varios caminos rurales que conectan con otras localidades del valle o con antiguas zonas de cultivo. No son rutas de montaña propiamente dichas, sino pistas y senderos sencillos entre bancales.
En un par de horas se puede caminar sin dificultad entre olivos, almendros y pequeñas huertas que aprovechan el agua del valle. A ratos aparece la silueta de la sierra al fondo; hacia el otro lado, cuando el día está claro, se intuye la llanura que baja hacia Almería.
Si vas a salir a andar, lo más sensato es hacerlo temprano. En verano el calor aprieta mucho a partir del mediodía y apenas hay sombra fuera del pueblo.
Lo que se come por aquí
La cocina de la zona sigue siendo directa, de las que llenan la mesa sin demasiada ceremonia. En los bares del pueblo suelen aparecer platos como migas, gachas o el gazpacho almeriense, más espeso de lo que muchos esperan. El aceite de oliva de la zona está muy presente en casi todo.
Son recetas que nacieron de la vida agrícola: ingredientes sencillos, platos pensados para aguantar jornadas largas en el campo.
Cuándo acercarse
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para pasear por Rioja. En esas semanas el valle tiene algo más de color y las temperaturas permiten caminar sin ir buscando sombra a cada rato.
En verano el calor es seco y fuerte, así que lo mejor es moverse temprano o al caer la tarde, cuando la luz empieza a suavizarse y las paredes blancas del pueblo devuelven un brillo más cálido.
Un pueblo pequeño que se recorre despacio
Rioja no necesita mucho tiempo para recorrerse. En una hora larga se puede caminar por casi todas sus calles. Lo interesante está en los detalles: una buganvilla que cae por encima de un muro, una puerta de madera oscurecida por el sol, el murmullo del viento pasando entre los olivos del valle.
Son cosas pequeñas, pero cuando el pueblo se queda tranquilo al final de la tarde, todo eso se nota más. Y entonces Rioja se entiende mejor.