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sobre Viator
Municipio ligado a la base militar de la Legión; cercano a la capital y nudo de comunicaciones
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A primera hora de la mañana, cuando todavía queda algo de frescor, Viator huele a tierra húmeda y a tomate verde. En los invernaderos que rodean el pueblo ya hay movimiento desde antes de que salga el sol. Es invierno, pero aquí el invierno tiene otra temperatura: plásticos tensos que crujen con el viento, luz blanca rebotando en todas partes y la vega del Andarax trabajando incluso en enero.
Desde la carretera que baja hacia Almería el pueblo aparece de golpe: casas bajas, blancas, apretadas contra la ladera. Detrás se levanta Sierra Alhamilla, seca y oscura al amanecer. En estas sierras hubo intentos de minería en el siglo XIX; todavía quedan restos dispersos si uno se aleja por los caminos de tierra: bocas cerradas, hierros oxidados medio tapados por la maleza, algún cartel viejo que apenas se lee.
El olor a longaniza que se escapa por las rendijas
Viator no tiene un casco histórico reconocible ni grandes edificios. El centro se organiza alrededor de una plaza pequeña donde suele escucharse conversación a media mañana. La iglesia, del siglo XIX, guarda ese olor persistente a cera y a incienso que se queda en la ropa cuando sales.
A veces, cerca de la plaza, aparece alguien vendiendo embutido de matanza casera. Longaniza, morcón, chorizo curado en casas del propio pueblo o de cortijos cercanos. Lo llevan en bolsas sencillas, lo pesan en básculas domésticas y lo explican con naturalidad: de qué cerdo viene, cuánto tiempo ha pasado colgado en un cuarto fresco donde entra el aire del poniente.
La comida aquí sigue siendo doméstica. Los gurullos con conejo aparecen muchos domingos en las mesas familiares. Las patatas a lo pobre con huevo siguen saliendo de las cocinas cuando sopla viento de la sierra. En Semana Santa es habitual que en algunas casas se frían borrachuelos; el olor a anís y a manteca se cuela por las ventanas abiertas y se queda flotando en la calle.
Cuando el pueblo era otra cosa
El cementerio municipal, de trazado sencillo, guarda varias generaciones del mismo puñado de apellidos. Paseando entre las filas se repiten fechas y familias, señales de los años en que mucha gente se marchó a trabajar fuera: primero a otras ciudades españolas, después a Francia o Alemania. Los que se quedaron siguieron cultivando la vega y, con el tiempo, llegaron los invernaderos que hoy dominan el paisaje.
A las afueras permanece el acuartelamiento militar que durante décadas ha marcado la vida del municipio. Los vecinos mayores todavía recuerdan cuando el paso de soldados era parte del paisaje cotidiano. Hoy la presencia militar sigue ahí, aunque integrada en la rutina del pueblo: uniformes que aparecen a media mañana en la plaza, conversaciones rápidas antes de volver al cuartel.
Caminar hacia Sierra Alhamilla
Una de las caminatas más habituales entre los vecinos sale hacia los caminos que suben en dirección a Sierra Alhamilla. El sendero empieza entre las últimas casas y pronto se mete en terreno abierto. Huele a romero y a tomillo, y el sonido del tráfico desaparece rápido.
A medida que se gana algo de altura aparece la vista del valle del Andarax: una extensión de plásticos blancos que, con el sol alto, refleja la luz como si fuera agua. Viator queda abajo, compacto, con la sierra detrás protegiéndolo del viento de levante.
Conviene llevar agua y evitar las horas centrales del verano. El terreno es seco y la sombra escasea.
Si en lugar de subir se camina hacia el cauce del río, el paisaje cambia. El Andarax suele bajar con muy poca agua y deja al descubierto piedras claras y pozas redondeadas por la erosión. En algunos tramos todavía se adivinan acequias antiguas que siguen alimentando pequeñas huertas.
Cuándo acercarse
El turismo en Viator es discreto. El pueblo vive más de su actividad diaria que de las visitas.
En agosto el calor aprieta desde media mañana y las calles se vacían. Durante los fines de semana se nota más movimiento de gente que llega desde Almería capital, que está a pocos minutos en coche.
Entre semana, en invierno o a comienzos de primavera, el ritmo es otro. Se oye el viento moviendo los plásticos de los invernaderos, algún perro ladrando a lo lejos y el paso tranquilo de los vecinos que salen a comprar el pan.
En verano suele celebrarse la romería de la Virgen del Carmen en un cortijo a las afueras. Familias enteras suben en coche o en furgoneta, pasan el día comiendo al aire libre y regresan al pueblo antes de que anochezca.
Viator no funciona como destino de varios días y la oferta de alojamiento en el propio municipio es limitada. Mucha gente se queda en Almería y se acerca en coche. Aun así, merece la pena madrugar: a esa hora el aire aún es fresco y el olor de los invernaderos —mezcla de tierra, humedad y tomate— define mejor que nada el paisaje que rodea al pueblo.