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sobre Punta Umbría
Destino turístico de primer orden en una península de arena y pinos; playas kilométricas y tradición marinera junto a la ría de Huelva
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Llegas a Punta Umbría tras cruzar el puente y pasa algo curioso: durante unos minutos solo ves marisma a los lados, agua quieta y aves que parecen puntos blancos a lo lejos. Y de repente aparece el pueblo. Casas bajas, coches buscando aparcamiento, olor a frito mezclado con salitre.
El turismo en Punta Umbría gira alrededor de lo mismo desde hace más de cien años: la playa. A principios del siglo XX ya venían aquí los trabajadores británicos de las minas de Riotinto a pasar el verano. Si paseas con calma todavía quedan pistas de aquella época, aunque hoy lo que mueve al personal es otra cosa: marisco, arena larga y días de sol que parecen no acabarse.
La playa que se come el pueblo (y el pueblo que se come lo que pesca)
Desde Huelva capital tardas unos veinte minutos en coche y cambias de ambiente por completo. Punta Umbría tiene una franja de arena larguísima —más de diez kilómetros— que se estira hacia el oeste sin demasiadas interrupciones. Hay urbanización, claro, pero también bastante espacio abierto porque buena parte del término municipal está protegido.
La playa es amplia, de arena fina, y con esa marea atlántica que a veces te obliga a caminar un buen rato hasta el agua. En verano se llena, pero como todo está tan alargado siempre terminas encontrando un hueco.
Luego está lo que sale del mar. El puerto pesquero y la lonja siguen teniendo bastante actividad y buena parte de lo que se come en el pueblo viene de ahí mismo: gamba blanca, coquina, choco… y las famosas chirlas.
La primera vez que probé una chirla de aquí pensé algo parecido a cuando pruebas un café caro: “vale, está bueno, pero ¿de verdad hay tanta diferencia?”. Luego repites otro día, y otro, y acabas entendiéndolo. Son más pequeñas que una almeja y con un sabor bastante intenso.
A lo largo del año suelen organizar ferias o muestras gastronómicas alrededor del marisco y del pescado de la zona. No tienen mucho misterio: mesas largas, planchas trabajando sin parar y el pueblo entero comiendo de pie.
Entre pinos y flamencos: el otro Punta Umbría
Cuando llevas varios días de playa empieza a apetecer sombra. Ahí es donde entra el Paraje Natural de Los Enebrales.
Es una franja de pinar pegada a la costa con senderos de arena y enebros retorcidos por el viento. Caminar por allí tiene ese punto de excursión sencilla: no es montaña ni falta que hace. Vas andando entre pinos, escuchando el mar al fondo, hasta que aparece una playa mucho más tranquila que las del núcleo urbano.
Dicen que hay varios kilómetros seguidos sin edificios. No lo medí, pero sí recuerdo la sensación de tener bastante espacio alrededor incluso en pleno verano.
El otro paisaje fuerte está al otro lado del pueblo: las Marismas del Odiel. Es uno de los humedales importantes de la península y basta acercarse a cualquier mirador para entender por qué. Agua por todas partes, canales que cambian con la marea y flamencos moviéndose en grupo como si alguien los hubiera colocado ahí a propósito.
En la zona de las antiguas salinas hay observatorios de aves y paneles explicativos. Si llevas prismáticos, mejor todavía.
Cuando el pueblo se vuelve más ruidoso (y también tiene su gracia)
Punta Umbría tiene más de pueblo de veraneo que de ciudad turística. Eso significa que en invierno está tranquila y en julio y agosto cambia completamente.
La procesión marinera de la Virgen del Carmen suele ser uno de los momentos más llamativos del verano. La imagen sale en barco y alrededor se juntan decenas de embarcaciones acompañándola por la ría. Desde tierra también se llena de gente mirando.
En agosto llega la feria, montada cerca de la ría. Atracciones, casetas, música… lo típico de las ferias andaluzas, con ese punto un poco caótico que al final es parte del ambiente.
Y en carnaval el pueblo se anima bastante. No tiene la dimensión de Cádiz, pero precisamente por eso se vive de otra manera: más cercano, menos escenario.
También está la romería de la Cruz, que tradicionalmente se celebra en primavera en un pinar cercano. Carromatos, sevillanas, comida al aire libre y bastante polvo en el camino si el tiempo está seco.
El truco para no irte con la sensación de haber visto solo arena
Aquí va la parte honesta: Punta Umbría no es un sitio al que vengas por monumentos. El centro se recorre rápido y la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes —levantada en tiempos de la compañía minera británica— llama la atención porque parece casi una casa inglesa con campanario.
Pero tampoco pasa nada. Este lugar funciona más como casa de verano que como ciudad histórica.
Mi plan suele ser sencillo: madrugar un poco, acercarme a la zona de La Bota si quiero más espacio de playa, volver al pueblo a comer algo que venga de la lonja y luego dar una vuelta por el muelle al atardecer, cuando regresan algunos barcos.
Y si te gusta la historia curiosa, en la costa de Punta Umbría está vinculada una operación de espionaje de la Segunda Guerra Mundial conocida como Operación Mincemeat. Hay paneles que explican el asunto: un cadáver con documentos falsos que acabó formando parte de un engaño militar bastante famoso.
Parece argumento de novela, pero ocurrió por aquí cerca.
Punta Umbría, al final, funciona como esos planes sencillos que siempre salen bien: playa larga, marisco recién cogido y atardeceres sobre la ría. A veces no hace falta mucho más.