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sobre Mijas
Extenso municipio que ofrece un pueblo blanco típico en la sierra burro-taxis y una amplia zona costera con calas
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Mijas es como ese compañero de piso que tiene tres personalidades distintas: por la mañana va de playa en La Cala, al mediodía se pone el pantalón pitillo para pasear por el pueblo blanco, y por la noche se convierte en el típico que se cree local porque lleva unos años viviendo allí. Lo curioso es que esas tres versiones conviven sin demasiado problema.
El pueblo que no sabe si es pueblo
Subir a Mijas Pueblo desde la costa es como cambiar de canal. Dejas atrás el hervidero de la A-7 y en pocos minutos estás en un parking lleno de coches de alquiler buscando hueco entre calles que parecen hechas para burros. Porque eso es lo que había antes: burros.
Los burros‑taxi siguen ahí, con sus pompones y sus sombreros cordobeses, mirando con paciencia al turista que se sube para la foto. Es difícil no sentirse un poco raro viéndolo, pero también es verdad que forman parte del paisaje desde hace décadas. Sabes cuando un sitio vive del turismo; aquí lo tienes servido.
El truco está en alejarte cien metros del centro. Da igual la dirección: en cuanto dejas atrás la plaza principal, el ruido baja mucho. De repente estás solo con las paredes blancas, los geranios colgando y ese silencio que solo se rompe cuando alguien abre una persiana o pasa un coche despacio porque la calle apenas da para girar.
Ahí es cuando entiendes por qué tanta gente extranjera empezó a venir a vivir aquí hace ya medio siglo. Y también por qué todavía ves tantos carteles de “se vende” escritos en inglés.
La virgen que se escondió en una roca
La Ermita de la Virgen de la Peña es uno de esos lugares que, aunque hayas visto fotos, sorprende cuando llegas. No tanto por la imagen, sino por cómo está metida dentro de la montaña, como si alguien hubiera abierto un hueco en la piedra para guardarla.
La historia dice que unos pastores encontraron a la virgen guiados por una paloma blanca hace siglos. Es de esas leyendas andaluzas que todo el mundo conoce pero nadie te puede confirmar del todo; simplemente forma parte del sitio.
Desde allí arriba se ve toda la costa: urbanizaciones pegadas unas a otras, campos de golf verdes y el mar al fondo. Hay días muy claros en los que algunos dicen distinguir África. Yo solo he conseguido intuir una sombra lejana un par de veces. El mar, eso sí, siempre está ahí.
Comida entre turistas y vecinos
En Mijas pasa algo curioso con los bares: en las calles más céntricas abundan los sitios con cartas traducidas a varios idiomas, y a pocos metros aparecen locales que parecen cerrados… hasta que te asomas y ves a media docena de vecinos dentro.
El gazpacho mijeño no se parece mucho al clásico. Es más espeso, casi para comer con cuchara, y suele llevar tropezones dentro. No esperes algo ligero para refrescarte; esto te llena hasta las cejas.
El ajoblanco con uvas divide a la gente. El primer bocado siempre desconcierta: ajo frío, almendra… y luego explota esa uva dulce. Pero cuando le pillas el punto, entiendes por qué sigue en las cartas desde hace tanto tiempo.
Y luego están las rosquillas de vino, ese tipo de dulce sencillo que parece hecho para mojar en el café o acompañar una sobremesa larga. No son nada del otro mundo visualmente, pero desaparecen del plato sin darte cuenta.
Cuando todo se llena de música (y gente)
La feria suele caer en septiembre y durante esos días el pueblo cambia bastante. Más música callejera, más gente dando vueltas y ese ambiente donde terminas hablando con cualquiera sin saber muy bien cómo empezasteis.
También por esas fechas suele salir la romería hacia la ermita. Mucha gente baja andando desde el pueblo vestidos como manda la tradición: traje corto para ellos y faralaes para ellas. La bajada va cargada de buen rollo; lo complicado es subir después si has picado demasiado durante el camino.
Lo bueno esos días es lo fácil que resulta meterte en cualquier grupo aunque seas nuevo por allí. Alguien te ofrece algo de comer o beber y ya estás dentro.
Cómo no salir corriendo
El error más común es intentar verlo todo entre las doce del mediodía y las cinco de la tarde un sábado cualquiera. Ahí coinciden los autobuses turísticos desembarcando grupos enteros bajo un sol bastante serio.
Mijas funciona mejor temprano o ya al atardecer. Cuando los únicos ruidos son persianas subiendo o algún vecino arrastrando su carrito de la compra cuesta arriba por esas calles empinadas. En ese momento sí merece caminar sin rumbo o asomarse a algún mirador sin tener que hacer cola para sacar una foto decente.
Y luego está La Cala. Porque Mijas sin mar sería otra cosa completamente distinta. Tiene varios kilómetros donde puedes elegir entre zonas más movidas con chiringuitos o paseos más tranquilos si te alejas un poco hacia cualquier extremo. En julio y agosto todo está hasta arriba –eso no hay quien lo cambie– pero fuera del verano aún quedan mañanas donde puedes plantar tu toalla sin tener vecinos pegados a ti.
¿Vale realmente?
Depende totalmente. Si buscas descubrir un rincón secreto donde no haya pisado otro viajero antes… olvídalo. Mijas lleva décadas siendo uno de los destinos estrella junto al Mediterráneo. Pero si vienes sabiendo eso –y evitando las horas punta– puede funcionarte perfectamente. Pasear un rato entre casas blancas, mirar esa costa interminable desde arriba, y terminar bajando hacia alguna playa… Es un sitio donde conviven turistas, extranjeros jubilados y gente nacida aquí, todos compartiendo espacio bajo el mismo sol andaluz. Mi consejo: ven fuera del verano si puedes elegir, camina siempre cuesta arriba (las mejores vistas están ahí), y tómatelo como quien pasa una tarde tranquila, sin prisa ni lista interminable de cosas obligatorias para tachar