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sobre Cuevas Bajas
Situado junto al río Genil es conocido por su zanahoria morá y su entorno de ribera ideal para el turismo fluvial
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Las migas de zanahoria morá humean en la sartén a media mañana y el pueblo huele a comino y a tierra mojada. Es domingo, las persianas suben despacio, y desde algunas casas llega el olor del pan recién hecho que todavía se cuece en hornos del barrio de El Cedrón. Cuevas Bajas no despierta de golpe: lo hace con calma, como quien sabe que el día va a ser largo y el campo espera.
El color de la tierra
Desde el puente sobre el Genil, la vega se abre en rectángulos verdes y ocres que cambian según la luz. En invierno, la tierra aparece casi negra, recién removida; en mayo los olivos platean el fondo y las hortalizas dibujan líneas muy ordenadas. Aquí la zanahoria no es anaranjada: es morada, casi negra por dentro, y tiene un punto más dulce y terroso.
A principios de diciembre suele celebrarse una fiesta dedicada a esta zanahoria. La plaza se llena de puestos improvisados y el aire acaba oliendo a brasas. No hay grandes escenarios ni altavoces atronando; más bien corrillos, gente que se saluda por el nombre y conversaciones sobre cómo ha salido la cosecha ese año.
La iglesia de San Juan Bautista queda en la parte alta, blanca, con dos torres que sirven de referencia cuando te mueves por el pueblo o por la vega. No es un edificio enorme, pero basta con subir los escalones para tener el valle delante: el Genil serpenteando, caminos de tierra que se pierden hacia los cortijos y las primeras casas agrupadas en la ladera. A mediodía, cuando suenan las campanas, el eco rebota en las colinas y durante un momento parece que el pueblo es más grande de lo que indican los números.
El sabor lento
En una de las cafeterías del centro, la porra fría llega en un cuenco hondo, espesa, con pimiento y huevo duro por encima. No es la salmoreja cordobesa: aquí suele quedar algo más ligera, más de huerta, y se acompaña con pan del día que todavía guarda algo de calor. Si preguntas por la receta, casi siempre aparece una abuela en la historia. Luego descubres que cada casa la hace distinta y que la discusión sobre si lleva vinagre o no sigue abierta.
El Resol, un anisado muy ligado al pueblo, se sirve en copas pequeñas con hielo. No es tanto bebida de fiesta como de sobremesa. Se toma despacio, apoyado en una mesa de la plaza o en una silla sacada a la puerta. En la feria de agosto —heredera de una antigua feria de ganado— se bebe algo más, claro. Aun así, el ambiente suele quedarse en las calles, sobre todo en la calle Real, donde las puertas abiertas dejan escapar olor a puchero de trigo.
El río y la noria
La ruta hacia la Noria de la Agusadera arranca al final del paseo de las Huertas. Allí los naranjos dan sombra a las acequias que reparten el agua hacia las parcelas de cultivo, un sistema de riego que en esta vega tiene siglos de historia.
La noria mezcla madera y hierro. Cuando el Genil baja con agua suficiente todavía se la oye girar despacio, con un chirrido que recuerda a una maquinaria antigua. No impresiona por tamaño; lo interesante es entender para qué servía: subir el agua hasta las huertas que quedan unos metros por encima del río.
El paseo junto al Genil ronda los dos kilómetros. El camino es llano y suele oler a menta silvestre cuando aprieta el calor. En verano, en algunos remansos que se forman tras pequeños azudes, la gente del pueblo se acerca a refrescarse. Los niños saltan desde pasarelas de madera y las abuelas vigilan desde la orilla con sillas plegables. El agua está fría incluso en julio y el fondo deja ver los guijarros redondeados.
Cuándo ir y qué evitar
Entre octubre y abril el campo cambia mucho de color y el aire suele estar limpio después de las lluvias. En diciembre, cuando llega la fiesta de la zanahoria morá, el pueblo se anima más de lo habitual pero todavía se puede caminar con calma por la plaza.
Agosto es otra historia. Coinciden las vacaciones, regresan muchos vecinos que viven fuera y las calles se llenan de coches aparcados donde se puede. Si buscas tranquilidad, mejor evitar esos días.
A principios de verano suele celebrarse la romería de San Juan cerca del río. Conviene ir con agua y sombrero: parte del camino se hace andando y el sol cae de lleno sobre los senderos de la vega.
Cuevas Bajas no vive de grandes monumentos ni de miradores espectaculares. Lo que tiene está más cerca del suelo: la tierra oscura después de la lluvia, el murmullo del agua en las acequias y el sabor dulzón de una zanahoria que, fuera de aquí, casi no se ve. Aquí todavía forma parte del paisaje cotidiano.