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sobre Cuevas de San Marcos
Pueblo fronterizo con Córdoba dominado por la Falla del Camorro y cercano al pantano de Iznájar
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Llegué a Cuevas de San Marcos con el estómago gruñendo y la culpa de haber ignorado tres veces el desvío. Es ese tipo de pueblo que ves en el mapa, piensas «quedará para otra vez» y acabas entrando porque el GPS se cabrea y te mete por una carretera local. El caso es que aparqué cerca del puente metálico verde que cruza el Genil y me encontré a un señor descargando un cordero de una furgoneta.
«¿Hay algo abierto para comer?», pregunté.
Me miró, sonrió y dijo: «Depende de lo que entiendas por abierto».
Bienvenido al campo.
Un pueblo donde la vida va por delante del turismo
Cuevas de San Marcos no es bonito en el sentido instagramable de la palabra. No hay calles empedradas ni balcones llenos de geranios perfectamente colocados. Es más bien un cruce de carreteras con casas bajas, fachadas de ladrillo visto y olivo hasta donde alcanza la vista.
Pero tiene algo que muchos pueblos más fotogénicos han perdido: aquí se vive de verdad. En la plaza hay más conversación que cámaras. En los bares la gente entra sin mirar la carta porque ya sabe lo que hay ese día. Y si pides vino, lo normal es que te pregunten «¿dulce o seco?» como si no hubiera mucho más que discutir.
La primera sorpresa fue descubrir que lo de «cuevas» no es solo el nombre. A la entrada del pueblo está la Cueva de Belda. Te la encuentras casi antes que la iglesia. Dentro suelen enseñar un pequeño espacio con objetos del campo: herramientas, prensas antiguas, cosas que recuerdan cómo se trabajaba el olivar aquí hace décadas. Si avanzas un poco más hacia la boca de la cavidad, el olor y el ruido de los murciélagos te recuerdan rápido que aquello sigue siendo, ante todo, una cueva.
Subir al Camorro sin tenerlo muy claro
La tarde anterior había visto en Wikiloc una ruta llamada “Ruta de los Milenios”. Sonaba a documental de La 2. Unos seis kilómetros, circular, aparentemente sencilla.
Llegué al inicio con una botella de agua medio caliente y unas zapatillas que ya habían vivido mejores épocas. El cartel marcaba la subida hacia Medina de Belda, en la sierra del Camorro. Pensé: subo un rato, veo las ruinas y bajo a comer.
Lo que no te cuentan es que el Camorro es de esos montes que empiezan tranquilos y de repente se empinan como si alguien hubiera girado la montaña. En la primera rampa ya iba sudando como en una cuesta de agosto.
La recompensa llega rápido. Cuando la sierra se abre, el valle del Genil aparece abajo convertido en una alfombra interminable de olivos, con el pueblo encajado entre carreteras. Arriba quedan restos de la antigua Medina de Belda, un asentamiento que ya estaba ocupado en época andalusí. No esperes grandes murallas: son muros bajos, trazas de construcciones y una explanada desde la que se entiende por qué eligieron ese sitio. Desde ahí se controla medio valle.
Me quedé un rato apoyado en una piedra pensando algo muy simple: este sitio lleva aquí siglos y, probablemente, ha cambiado mucho menos que nosotros.
Comer lo que haya ese día
En Cuevas de San Marcos la comida no sigue el guion de las guías. Es más bien lo que esté en la cocina ese día.
Entré en una venta de las de carretera comarcal: terraza pequeña, tres mesas, un perro dormido debajo de una silla. Pedí “lo que esté hecho”. La cocinera —con ese aire de haber dado de comer a medio pueblo— me dijo:
«Hay choto… pero si quieres algo rápido te hago una porra».
Acepté ambas propuestas sin pensar demasiado.
La porra llegó primero, espesa de verdad, de esas en las que la cuchara casi se queda de pie. Luego aparecieron unas migas con tropezones de chorizo que olían a pimentón desde la puerta de la cocina. De esas comidas que no salen muy bien en las fotos pero que te arreglan el día.
Mientras comía, me contaron que la romería de San Marcos suele juntar a mucha gente del pueblo en el campo. Mesas plegables, sartenes grandes, familias enteras pasando el día fuera. Algo bastante más cercano a una comida colectiva que a una fiesta pensada para turistas.
El puente verde sobre el Genil
Antes de irme di un pequeño rodeo para ver con calma el puente metálico que cruza el río. Es un arco de hierro pintado de verde que parece sacado de una caja de piezas de Meccano gigante.
Tiene ese aire de infraestructura antigua que sigue funcionando sin hacer mucho ruido. Cuando pasa un coche se oye vibrar ligeramente la estructura y uno se queda mirando los remaches, imaginando cuántos inviernos y crecidas del Genil habrá visto ya.
Me quedé un rato apoyado en la barandilla viendo correr el agua. No es un monumento espectacular ni nada por el estilo, pero encaja con el carácter del pueblo: útil, discreto y todavía en pie.
¿Merece la pena parar en Cuevas de San Marcos?
Cuevas de San Marcos no te va a dejar boquiabierto. No hay tiendas de recuerdos ni rutas tematizadas cada veinte metros. Pero tiene ese punto de lugar vivido que a veces cuesta encontrar.
Vienes, das una vuelta por el pueblo, te asomas a la cueva, subes un rato al Camorro si te apetece estirar las piernas y luego te sientas a comer algo contundente antes de seguir camino.
Mi consejo: ven con hambre y con agua si piensas subir a la sierra. Y no tengas prisa. Aquí las cosas suelen ir a su ritmo, que para un día de carretera tampoco es mala idea.