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sobre Carboneros
Población de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena fundada por Carlos III; entorno de dehesa
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Las campanas de la iglesia repican a primera hora, cuando el sol todavía no ha asomado del todo por detrás de Sierra Morena. Desde el coche aparcado en la plaza veo cómo la luz anaranjada empieza a descubrir las tejas color óxido y los muros encalados de la calle Real. En Carboneros, en el norte de Jaén, las casas siguen un orden poco habitual en los pueblos de la sierra: líneas rectas, esquinas limpias, manzanas casi idénticas. Ese trazado viene de las Nuevas Poblaciones impulsadas por Pablo de Olavide en el siglo XVIII. A esa hora no hay nadie en la calle. Solo un gato atigrado se estira junto a la puerta del antiguo pósito, hoy usado como espacio cultural.
El olor a pan y las calles trazadas con regla
El pueblo huele a levadura y a leña húmeda. En una panadería del centro ya hay movimiento: harina en el delantal, bandejas que entran y salen del horno, la puerta que se abre con un golpe seco cada vez que alguien entra a por el pan del desayuno.
Mientras espero, una vecina cuenta que en su familia siempre se habló de antepasados llegados de Centroeuropa cuando se fundó el pueblo. No es raro oír historias así aquí. Carboneros forma parte de aquella colonización ilustrada que trajo familias de fuera para poblar estas tierras de Sierra Morena. Aún hoy hay apellidos y rasgos que recuerdan ese origen.
Caminar por el casco urbano ayuda a entenderlo mejor. Las calles paralelas se cruzan en ángulo recto, algo poco frecuente en los pueblos de la zona, más dados a crecer sin plano previo. En el centro se levanta la iglesia de la Inmaculada Concepción, sobria, de piedra clara. Dentro huele a cera reciente y a madera vieja. Las bóvedas devuelven el eco de cada paso. Una mujer entra despacio, enciende una vela y vuelve a salir sin decir nada.
Camino del embalse entre olivos y tierra roja
A las afueras, un sendero que utilizan vecinos y agricultores baja hacia el embalse de la Fernandina. El camino serpentea entre olivos que parecen anteriores al propio pueblo: troncos retorcidos, corteza agrietada, ramas que se abren como si buscaran más luz.
En otoño la fruta todavía está verde y brilla con ese tono oscuro que toma cuando la luz cae baja. La tierra es roja y seca; al pisarla suena como cerámica rota. Un agricultor poda sin prisa mientras silba algo que no termino de reconocer. Dice que el picual de esta zona sale fuerte, con carácter, y que cada año depende mucho del agua que haya caído en invierno.
Cerca del agua el ambiente cambia. Aparecen juncos, olor a humedad y el sonido de las aves que se mueven entre la orilla y los olivares. A veces se ven ánades o garzas quietas, esperando. El embalse suele atraer aves migratorias en ciertas épocas, aunque no siempre hay suerte el día que uno pasa por allí.
Conviene venir temprano o al final de la tarde. A mediodía el sol cae de lleno y el camino tiene poca sombra.
Migas al mediodía y memoria de la sierra
En el bar del pueblo, a la hora de comer, alguien prepara migas en una sartén grande. El pan se desmenuza con las manos, se humedece un poco y empieza a chisporrotear con el aceite, el ajo y el chorizo. El sonido recuerda a hojas secas cuando las pisas en otoño.
Mientras remueve la sartén, el dueño señala una foto antigua colgada en la pared. En ella aparecen varios hombres con ropa clara y sacos al hombro. Cuenta que en esta zona mucha gente vivió del carbón vegetal que se hacía en hornos de la sierra. De ahí viene también el nombre del pueblo.
Las migas salen sueltas, con trozos tostados. Se comen despacio, casi siempre compartidas, y acompañadas de lo que haya en la mesa ese día.
Un pueblo que cambia con la estación
A mediados de mayo suele celebrarse la romería de San Isidro. El santo sale del pueblo y se dirige hacia una ermita en las afueras, entre encinas y caminos de tierra. Ese día hay más gente en la calle de lo habitual: trajes cortos, mantillas, carros adornados con ramas de romero.
Pero Carboneros se deja ver bien también en otoño. La luz entra más baja entre los olivos y las dehesas toman un tono ocre que dura semanas. Por la noche el pueblo queda casi en silencio, con el sonido constante de los grillos y algún coche que pasa por la carretera cercana.
Si vienes en verano, mejor moverse temprano o esperar a la tarde. El calor aquí cae seco y pesado, y las calles rectas apenas guardan sombra. En cambio, cuando el sol baja, el aire corre entre las casas y el pueblo vuelve a llenarse de voces tranquilas en la plaza.