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sobre Linares
Ciudad minera e industrial con rico patrimonio arqueológico y cuna de artistas como Raphael
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A las cinco de la tarde, cuando el sol baja y las tejas de ladrillo cobrizo empiezan a soltar calor, el aire de Linares huele a aceituna y a polvo de mina. Es una buena hora para entender el turismo en Linares: las persianas empiezan a levantarse después de la siesta y las aceras del paseo de Linarejos se llenan de conversaciones lentas, de gente que se saluda por su nombre. Nadie diría que esta ciudad descansa sobre un subsuelo horadado por galerías que durante décadas marcaron el ritmo de todo.
El subsuelo que lo cambió todo
Basta alejarse unos minutos del centro para tropezarse con una cabria oxidada, una chimenea de ladrillo rojo o un muro de mampostería donde todavía quedan letras inglesas medio borradas. El distrito minero de Linares y La Carolina llegó a ser, a mediados del siglo XIX, uno de los mayores productores de plomo del mundo. Con las minas llegaron técnicos y empresarios extranjeros, y con ellos costumbres nuevas: el fútbol, ciertas formas de construir en ladrillo visto, farolas de hierro fundido.
También queda un pequeño cementerio protestante donde las lápidas hablan de derrumbes, fiebres y vidas cortas. El paisaje alrededor es áspero: escombreras, pozos cegados, restos de maquinaria. Cuando llueve, el agua baja por la tierra oscura y el olor metálico se nota en el aire. Conviene caminar con cuidado y con calzado cerrado; el terreno sigue teniendo piedras sueltas y agujeros mal señalizados.
Cástulo, la ciudad antes que Linares
Desde el cerro de la Muela se ve el Guadalimar dibujar un meandro ancho entre los campos. Allí estuvo Cástulo, mucho antes de que Linares existiera. Quedan tramos de muralla, calles empedradas y mosaicos que aparecieron bajo capas de tierra después de siglos de abandono.
Fue ciudad ibérica y más tarde romana, un lugar importante en las rutas del alto Guadalquivir. Parte de lo que hoy vemos salió a la luz hace relativamente poco y todavía se sigue excavando en algunas zonas. El museo dedicado al yacimiento ocupa un edificio histórico en el centro; suele estar tranquilo a primera hora de la mañana, mientras que a media mañana empiezan a llegar autobuses escolares y el ambiente cambia bastante.
La plaza donde murió Manolete
La plaza de toros de Santa Margarita forma parte de la memoria colectiva de la ciudad. Aquí tuvo lugar la cogida mortal de Manolete, un episodio que aún se recuerda cuando se habla de Linares.
Cuando no hay festejos, el recinto queda casi vacío. En los tendidos se oye el aleteo de las palomas y poco más. La madera vieja de algunas zonas y el olor a cal húmeda dan la sensación de que el tiempo pasa más despacio dentro que fuera. Durante la feria de finales de verano el ambiente cambia por completo: tráfico, música, gente que llega de otros puntos de la provincia. Si buscas silencio, mejor evitar esos días.
Mesa de minero, platos que siguen vivos
La cocina local tiene algo contundente, de comida pensada para jornadas largas. El pisto suele llevar huevo y, cuando es temporada, alguna pieza de caza menor. Los talarines —una especie de fideo grueso— aparecen en guisos con legumbres y carne, platos que llegan a la mesa humeando.
En muchas panaderías siguen preparando ochíos, esos bollos con pimentón y grasa que tiñen los dedos de rojo. Y está la ajoharina, una sopa espesa de ajo, pan y pimentón que calienta rápido el cuerpo en invierno. Conviene ir a comer pronto, porque en muchas cocinas de aquí el servicio fuerte termina antes de lo que espera quien viene de una ciudad grande.
Cuándo ir y qué evitar
La primavera cambia bastante el aspecto de los alrededores. El olivar que rodea Linares se vuelve más claro y el aire corre con menos polvo que en verano. Por esas fechas también suele celebrarse la romería de la Virgen de Linarejos, cuando la carretera hacia la sierra se llena de coches, música y familias que pasan el día bajo las encinas.
El verano puede ser duro. El calor aprieta y las calles quedan casi vacías en las horas centrales del día. Si vienes en esa época, merece la pena madrugar y dejar los paseos largos para última hora de la tarde.
Antes de marcharte, acércate al Hospital de los Marqueses. El edificio modernista lleva tiempo con trabajos de rehabilitación, pero el entorno permite asomarse a una vista amplia de la ciudad. Desde allí se distingue la mancha blanca de los barrios, el humo tenue de la biomasa del olivar en invierno y, al fondo, la línea oscura de Sierra Morena cortando el horizonte. En ese momento se entiende algo que aquí repiten mucho: las minas se apagaron, pero la ciudad siguió respirando. Y todavía lo hace.