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sobre Ogíjares
Conocida como la villa de la música; municipio residencial histórico con tradición flamenca y cercanía a la capital
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Los aspersores empiezan a moverse al amanecer. En invierno, el agua cae pesada sobre los campos de lechugas y las hileras de naranjos que todavía rodean Ogíjares. El aire huele a tierra mojada y a humo de leña de algunas casas dispersas por la vega. Desde el cerro del Calvario, el pueblo parece un puñado de tejados rojizos apoyados contra la llanura fértil de la Vega de Granada, con Sierra Nevada cerrando el horizonte cuando el día está claro.
Quien llega buscando turismo en Ogíjares suele encontrarse primero con eso: campos trabajados, acequias que murmuran junto a los caminos y un pueblo que creció pegado a la capital pero que aún conserva gestos de pueblo de vega.
El tiempo se mide en cosechas
Ogíjares no siempre va al ritmo de la circunvalación cercana. Los mayores todavía cuentan el año por lo que sale de los huertos: cuando las habas están tiernas, cuando maduran los chumbos, cuando las calabazas empiezan a asomar bajo las hojas grandes.
En la plaza de Santa Ana, bajo el alero de la iglesia, es fácil ver por la mañana a varios vecinos jugando a las cartas. La mesa suele ser de formica, de esas que han tenido muchas vidas. Nadie parece mirar el reloj. El sol decide cuándo se alarga la partida y cuándo conviene ir pensando en volver a casa.
La iglesia, levantada sobre una antigua alquería andalusí llamada Uxíjar, se ha ido transformando con los siglos. La portada renacentista da paso a un interior donde el dorado del retablo barroco se enciende cuando entra la luz de media tarde. En los alrededores todavía sobreviven tramos de acequia que riegan los campos como se ha hecho aquí desde hace siglos.
Cuando el pueblo se vacía
En agosto, Ogíjares respira de otra manera. Muchas familias pasan parte del mes en la costa o en pueblos más frescos de la Alpujarra, y el ritmo baja. Las calles quedan más calladas y lo que más se oye por la tarde es el zumbido lejano de algún tractor o una radio abierta en una ventana.
Es buen momento para caminar por los senderos que salen hacia la zona de la Dehesa, detrás del polideportivo. El recorrido ronda los cuatro kilómetros, con subidas suaves entre pinos jóvenes y antiguos olivares que ya no se trabajan tanto. Después de la lluvia, el olor a tierra y resina se queda pegado al aire.
Arriba quedan restos de construcciones antiguas ligadas al campo, entre ellas una vieja nevera de piedra bastante arruinada. Desde ese alto se abre la Vega de Granada entera: parcelas verdes, otras recién labradas y, al fondo, la ciudad. En días muy claros, algunos dicen que se distingue incluso el perfil de la Alhambra entre la bruma.
Si vienes en invierno, conviene traer calzado que no resbale. El barro de la vega se pega a las suelas y convierte la bajada en algo más lento de lo que parece sobre el mapa.
Fuegos y ollas
Cuando se acercan las fiestas de Santa Ana, que suelen celebrarse a finales de julio, el pueblo empieza a oler a pólvora de cohetes y a hierbas frescas. Al caer la noche aparecen sillas en las puertas de las casas y mesas largas donde se juntan varias familias.
En muchos patios se prepara una olla gitana grande. Lleva habas blancas, garbanzos, espinacas y bastante hierbabuena recién cortada. Cada casa tiene su manera de hacerla: alguno añade comino, otro prefiere más ajo, y hay quien echa un trozo de tocino si el día pide algo más contundente.
Por San Marcos, hacia finales de abril, mucha gente baja también a las orillas del arroyo de Ogíjares. Entre chopos y juncos se encienden pequeñas hogueras para asar carne mientras los niños corretean por la ribera. Cuando cae la tarde, casi siempre aparece una guitarra y alguien se arranca por fandangos.
Lo que no suele salir en las guías
Ogíjares no vive de grandes monumentos ni de panorámicas espectaculares. Lo que queda es más cotidiano: el sonido de los pasos en el pavimento antiguo de la calle Real, el mercadillo de los martes por la mañana donde se mezclan calcetines, herramientas y plantones de tomate, o el olor a pan caliente que a veces se escapa por alguna puerta abierta temprano.
Lo más sensato es dejar el coche en alguna de las avenidas de entrada y recorrer el centro andando. A media tarde, cuando la iglesia abre y se encienden las luces, el dorado del retablo cambia de tono con la luz que entra por las ventanas altas.
También merece la pena acercarse hasta el cementerio nuevo, en la parte más alta. Desde allí la vega se extiende como un mosaico de cultivos y plásticos de invernadero que reflejan el sol de la tarde.
Si te sientas a comer en alguno de los bares del centro, lo normal es que aparezca una ensalada con lechuga de la vega, algún plato casero de los de siempre y, si es temporada, un pionono traído de Santa Fe. Aquí las sobremesas suelen alargarse. Nadie parece tener demasiada prisa por levantarse de la mesa.