Artículo completo
sobre Paterna del Río
Pueblo de alta montaña famoso por sus castaños y agua; origen de la rebelión morisca
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay pueblos a los que llegas casi por accidente. Vas subiendo por una carretera de curvas, miras el mapa dos veces para asegurarte de que no te has pasado, y de pronto aparece un puñado de casas blancas agarradas a la ladera. El turismo en Paterna del Río empieza un poco así, con esa sensación de haberte metido en un sitio donde la prisa no pinta mucho.
Está en la Alpujarra almeriense y ronda los cuatrocientos vecinos. No es un pueblo que viva de atraer gente a toda costa. Más bien sigue con su ritmo, y si llegas, bien; y si no, tampoco pasa nada. A mí ese tipo de sitio siempre me resulta más interesante que los lugares donde todo parece pensado para la foto.
Cómo es el pueblo por dentro
Paterna del Río se descuelga por la ladera en terrazas. Calles cortas, cuestas que suben sin avisar y casas encaladas con tejados planos de launa. Las chimeneas cónicas asoman por encima de los tejados como pequeñas torres.
Mientras caminas vas escuchando agua. No es una metáfora. Hay acequias que cruzan el casco urbano y en algunos tramos el agua corre pegada a la calle. Ese sonido acaba formando parte del paseo.
En medio del pueblo aparece la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios. Es del siglo XVI, aunque lo que ves hoy es bastante sobrio. Nada monumental. El campanario sirve más como referencia para orientarte que como reclamo artístico. Cuando estás abajo en alguna calle estrecha y levantas la vista, ahí lo tienes.
Acequias y bancales: la lógica del agua
Si sales un poco del caserío empiezas a entender cómo se ha vivido aquí durante siglos. La red de acequias sigue funcionando y reparte el agua hacia los bancales que rodean el pueblo.
Son terrazas de cultivo sujetas con piedra. Algunas parecen pequeñas, pero cuando te acercas ves el trabajo acumulado durante generaciones. En un territorio seco, cada metro de tierra cuenta.
Caminar junto a las acequias tiene algo hipnótico. El agua va despacio, casi sin ruido, y el sendero suele ir pegado al borde de los cultivos. No es una ruta de grandes hitos; más bien un paseo que te enseña cómo se organiza el paisaje.
Pasear por los alrededores
Los alrededores tienen varios caminos agrícolas que salen del pueblo sin demasiado misterio. Nada de infraestructuras grandes ni miradores espectaculares con barandilla. Aquí el mirador suele ser simplemente un ensanchamiento del camino.
Desde algunos puntos se abre el valle del río Andarax y, si el día está claro, se intuyen las cumbres de Sierra Nevada al fondo. El contraste entre los barrancos secos y los cultivos verdes es bastante llamativo.
Y luego está la noche. En cuanto te alejas un poco de las luces del centro, el cielo aparece con una claridad que en la costa cuesta encontrar. No hace falta saber de astronomía. Basta con levantar la cabeza un rato.
Fiestas y comida de aquí
Las celebraciones siguen teniendo un aire muy de pueblo. En verano suele celebrarse la festividad dedicada a la Virgen de los Remedios con procesiones cortas por las calles principales. En mayo aparecen cruces adornadas con flores en algunas plazas.
En invierno todavía se mantienen matanzas tradicionales en las que participa bastante gente del pueblo. Es de esas cosas que, si no has visto nunca, te recuerdan cómo se organizaba antes la vida rural.
En la mesa no hay demasiados rodeos. Platos contundentes, productos de temporada y recetas que aquí se conocen de memoria. Migas cuando aprieta el frío, almendras, miel de la zona, embutidos caseros que suelen prepararse en las propias casas.
Paterna del Río no intenta impresionar. Y quizá ahí esté la gracia. Vas, das una vuelta tranquila, escuchas el agua correr por las acequias y te haces una idea bastante clara de cómo funciona un pueblo pequeño de la Alpujarra cuando no está pendiente del escaparate. Es sencillo, pero precisamente por eso se queda en la cabeza.