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sobre Adra
Antigua ciudad fenicia y puerto pesquero importante; combina historia milenaria con playas y agricultura intensiva
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Hay un momento en el que Adra deja de ser ese pueblo que pisas de paso camino de la playa y se convierte en otra cosa. Suele ocurrir cuando te paras un poco más de la cuenta. A mí me pasó mirando el mar con los invernaderos a la espalda, pensando que este rincón del Poniente almeriense tiene más capas de las que parece desde la carretera.
El pueblo que fue casi capital
Adra es como ese amigo del grupo que nunca presume de nada, pero cuando se pone a contar historias te deja callado. Mientras Almería capital acapara focos, aquí la cosa viene de muy atrás.
Los fenicios se asentaron por esta zona hace casi tres mil años. Navegaban medio Mediterráneo y eligieron este punto para comerciar. Luego llegaron los romanos y montaron una industria de salazones bastante potente. No cuesta imaginar el olor que debía haber por aquí cuando aquello funcionaba a pleno rendimiento.
Parte de esa historia sigue asomando. En el Cerro de Montecristo hay restos arqueológicos que recuerdan que el lugar lleva habitado muchísimo tiempo. Y también quedan tramos de muralla que se levantaron a comienzos de la Edad Moderna para proteger la ciudad de ataques por mar. Hoy las miras con calma y cuesta pensar que aquello fue una frontera vigilada.
Cuando el mar se come la carretera
La costa de Adra tiene algo muy terrenal. No viene envuelta en postal. Y eso, curiosamente, le sienta bien.
La playa es amplia y abierta. La arena es oscura y el agua a veces tira a verde profundo, dependiendo del día y de cómo venga el viento. No es la típica playa de catálogo, pero funciona. La gente viene con la sombrilla, aparca cerca y pasa la mañana sin demasiadas ceremonias.
Lo que sí marca la diferencia es el puerto. Aquí la pesca sigue siendo trabajo diario, no decoración para fotos. Si te acercas por la mañana puedes ver el trajín de barcos entrando y saliendo, redes, cajas de pescado y gente que se conoce de toda la vida. Ese movimiento le da sentido a todo el frente marítimo.
Las albuferas detrás de los invernaderos
Si miras un mapa rápido, pensarías que alrededor de Adra solo hay invernaderos. Y sí, hay muchos. Pero detrás aparece algo que no te esperas.
Las Albuferas de Adra son dos lagunas costeras que rompen completamente el paisaje del Poniente. Agua tranquila, carrizos, aves cruzando de un lado a otro. Flamencos a veces, garzas casi siempre.
Hay un recorrido sencillo alrededor. No es una excursión de montaña ni nada parecido. Más bien un paseo largo. Cuando cae la tarde el sitio cambia bastante: la luz baja, el agua se queda quieta y todo parece ir más despacio. Después de ver tanto plástico en los alrededores, ese contraste sorprende.
El trovo y el barrio del Barranco
Dentro del propio municipio hay barrios con mucha personalidad. Barranco Almerín es uno de ellos.
Aquí sigue muy presente el trovo, una tradición de improvisar versos que funciona un poco como una batalla de rimas, pero con guitarra y mucho ingenio. Dos troveros se retan y van lanzando estrofas según lo que ocurra alrededor. A veces hablan del público, otras de política local o de cualquier anécdota del momento.
Cuando llegan las celebraciones ligadas a San Isidro, normalmente en primavera, este barrio se llena de gente y el trovo aparece en reuniones y encuentros. No hace falta entender todas las referencias para disfrutarlo. La gracia está en ver la rapidez mental que tienen quienes lo practican.
La Torre de los Perdigones
Hay un edificio en Adra que siempre llama la atención. La Torre de los Perdigones.
El nombre suena raro si no sabes de qué va. Aquí se fabricaban perdigones de plomo: se dejaba caer el metal fundido desde lo alto y al caer se redondeaba antes de enfriarse en agua. Era un sistema industrial bastante ingenioso para la época.
Subir arriba requiere ganas, porque hay unos cuantos escalones. Pero cuando llegas se entiende bien cómo está colocado el pueblo. El mar delante, la Sierra de Gádor cerrando el fondo y ese mar de invernaderos ocupando todo lo que queda entre medias.
Comer y cogerle el ritmo a Adra
En Adra se come como en muchos pueblos costeros andaluces: producto sencillo y platos de toda la vida. Gurullos con conejo, pescado frito, sardinas en escabeche… cocina de cuchara y de sartén.
No hace falta buscar demasiado. Mi truco suele ser el mismo de siempre: mirar dónde se sientan los vecinos del pueblo. Cuando ves mesas llenas de gente hablando alto y platos que salen sin parar de la cocina, normalmente vas bien encaminado.
También conviene adaptarse al horario local. Aquí se cena antes de lo que esperan muchos visitantes. Si llegas muy tarde, es fácil encontrarte la cocina cerrada y a los camareros recogiendo.
Al final, el turismo en Adra funciona mejor cuando bajas el ritmo. Un paseo por el puerto por la mañana, playa sin prisa, las albuferas al caer la tarde y algo caliente en la mesa cuando anochece. Es ese tipo de sitio que no intenta impresionar a nadie. Y quizá por eso, cuando te vas, te das cuenta de que has estado bastante a gusto.