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sobre Berja
Ciudad histórica a los pies de la Sierra de Gádor; famosa por sus fuentes y casas palaciegas
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no cae de lleno sobre las fachadas, las hojas de los nísperos en la calle Doctor Castilla aún guardan algo de rocío. Lo primero que llama la atención en Berja es el sonido del agua. Corre bajo algunas aceras, cae en pilones de piedra, se cuela por acequias que bajan hacia la vega. El olor mezcla tierra húmeda, piel de naranja recién pelada y ese frescor que dejan las fuentes. Cuesta creer que esto esté en la provincia más seca de la península.
El agua que escribe la historia
A Berja se la conoce desde hace tiempo como la «ciudad de las mil fuentes». No es una cifra que nadie se ponga a comprobar una por una, pero basta caminar un rato para entender de dónde viene el nombre. Hay pilones antiguos repartidos por todo el casco urbano y por los barrios que suben hacia la sierra.
La del Pilar tiene un pilón de piedra grande y gastado por décadas de uso. Durante mucho tiempo fue lavadero y punto de encuentro del barrio. A ciertas horas todavía se ve a vecinos llenando garrafas porque el agua sale fría incluso en verano.
Otras fuentes son más decorativas, como la de la Glorieta, con azulejos y bancos alrededor. A media tarde suele haber gente mayor sentada a la sombra mientras el agua cae con ese ruido constante que acaba formando parte del paisaje sonoro.
Recorrer varias de estas fuentes es una buena forma de entender el pueblo. Calles como la Real o las que bajan hacia la Plaza Vieja van enlazando pilones, acequias y pequeños nacimientos de agua. En algunos tramos todavía se intuye el sistema de riego antiguo que llevaba el agua hacia huertas y molinos.
La Alpujarra que mira al Mediterráneo
Berja está pegada a la ladera sur de la Sierra de Gádor. Por encima del pueblo el terreno se empina rápido, con pinares y caminos que suben hacia cortijos y antiguas zonas mineras. Hacia abajo, el paisaje cambia de golpe.
En pocos kilómetros aparecen los invernaderos del Poniente almeriense, ese mar blanco que refleja la luz con fuerza cuando no hay nubes. Y un poco más allá está la costa. Balanegra queda muy cerca en coche, lo suficiente como para que muchos vecinos bajen a la playa cualquier tarde de verano.
Desde algunos puntos altos de la sierra se alcanza a ver el Mediterráneo como una franja azul pálido al fondo. El contraste es fuerte: arriba, monte seco y caminos pedregosos; abajo, el brillo de los plásticos y el mar.
Si vas a subir hacia la sierra, conviene evitar las horas centrales del día en verano. El sol pega con fuerza y hay tramos con poca sombra.
Sabores que vienen de lejos
En Berja siguen apareciendo platos que recuerdan la cocina de interior de Almería. Las migas con uvas o con trozos de pescado seco se repiten mucho cuando aprieta el frío o cuando sopla el levante. Se hacen con pan asentado, ajo, pimentón y grasa, removiendo despacio hasta que el pan se suelta en granos pequeños.
También es habitual encontrar vino de la zona de la Sierra de Gádor o de pequeñas viñas cercanas. Son vinos sencillos, a veces con un punto salino que muchos vecinos atribuyen al aire del mar que llega con el viento.
Los días de mercado el ambiente cambia bastante. Las calles cercanas se llenan de puestos y el olor a fruta madura, especias y frituras se mezcla con el murmullo constante de la gente que viene de los cortijos y de otros pueblos cercanos.
Cuándo ir y qué evitar
Septiembre suele ser un buen momento para ver Berja con más movimiento local. Son días de fiestas ligadas a la Virgen de Gádor, muy arraigadas en el pueblo. Hay traslados, reuniones familiares y calles llenas hasta tarde. El ambiente es intenso y local, aunque también hay más gente.
Agosto puede resultar duro si no estás acostumbrado al calor del Poniente almeriense. A media tarde el asfalto y las fachadas devuelven todo el sol del día y el aire apenas se mueve.
En cambio, en invierno el pueblo cambia mucho. Algunas mañanas la sierra baja fría y el olor a leña aparece en muchas calles. Los naranjos cargados de fruta ponen manchas de color entre las casas blancas, y el agua de las fuentes sale todavía más fría que de costumbre.
Al caer la noche, cuando las luces de los invernaderos se encienden en la llanura como un resplandor difuso, el agua sigue corriendo por los mismos pilones de siempre. Conviene sentarse un rato cerca de una fuente, escuchar ese murmullo constante y mirar cómo el pueblo sigue su ritmo.