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sobre Dalías
Pueblo alpujarreño famoso por su Cristo de la Luz; combina agricultura y tradición religiosa
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Te cuento una cosa curiosa del turismo en Dalías: hay un pueblo en Almería donde algunos domingos por la tarde puedes entrar en la casa natal de un cura que acabó siendo santo y que se hizo conocido porque la gente decía que curaba con agua bendita y paciencia infinita. Suena a historia de abuela, pero pasa aquí. Es el Padre Rubio, y su casa funciona como pequeño museo. Cuando está abierto, entras sin más ceremonia que empujar la puerta.
No es el típico plan que te imaginas antes de venir, pero define bastante bien el lugar: Dalías va un poco a su ritmo.
El pueblo que fue mar y ahora es tierra
Dalías está a unos 43 kilómetros de Almería capital, pero la sensación es que está más lejos del ruido de la costa. Y eso que, hasta 1982, su término municipal llegaba al mar. Un día tenías salida al Mediterráneo y al siguiente ya no, tras la separación administrativa que acabó creando El Ejido. Cosas de la historia reciente.
Hoy el pueblo queda a unos 400 metros de altitud, encajado entre la sierra y el Poniente agrícola. Cuando llegas en coche, la carretera empieza a subir y el paisaje cambia: menos plástico de invernadero y más ladera, más barranco, más sensación de interior.
El nombre parece venir del árabe "Dalaya", relacionado con los viñedos. Durante un tiempo la vid fue la tabla de salvación del pueblo. Cuando la minería de la zona empezó a decaer en el siglo XIX, mucha gente se volcó con la uva de Ohanes, que por entonces viajaba media Europa en cajas de madera.
De aquella época queda algún edificio que desentona un poco con el resto, como el Casino de Dalías. Es una casa grande de principios del siglo XX, con patio interior y ese aire de lugar donde se reunía la gente que manejaba dinero en el pueblo. Un edificio que parece decir: aquí hubo una época en la que las cosas iban bien.
Los baños donde no te bañas
Una de las sorpresas de Dalías son los Baños de la Reina. Son unos antiguos baños de origen andalusí —suelen situarlos en torno al siglo XIII— que se conservan bastante bien para lo poco conocidos que son.
Lo curioso es el contexto: no están aislados en mitad de un parque arqueológico ni nada parecido. Están integrados en el propio casco urbano, casi como si formaran parte del vecindario. Vas caminando y de repente te encuentras con una estructura que recuerda que por aquí pasó mucha historia antes de que llegaran los coches y las antenas de televisión.
Algo parecido ocurre con la Torre de Aljízar, una torre defensiva medieval que queda pegada a una ermita. Ese tipo de mezcla que en los pueblos se ve bastante: capas de siglos diferentes conviviendo en pocos metros.
Y luego está el Arroyo de Celín. Si preguntas a alguien del pueblo por un sitio donde pasar la tarde, es fácil que salga en la conversación. Nace de un manantial y ha generado una zona de sombra y agua donde la gente suele ir a comer o a refrescarse cuando aprieta el calor. Nada sofisticado: mesas, árboles y familias que llevan su propia comida. Ese tipo de lugar que funciona porque nadie ha intentado convertirlo en parque temático.
La comida que no está en los carteles
La cocina de Dalías tira mucho de tradición de interior. Choto con ajos, caracoles serranos en salsa o la tortilla de présules —que no es más que guisantes, pero aquí todo el mundo los llama así—.
Son platos de esos que nacieron de lo que había en casa y se quedaron porque funcionan. Contundentes, bastante de cuchara o sartén, y con la lógica de quien tenía que trabajar en el campo después de comer.
El gazpacho local también tiene sus variantes. Si preguntas por cómo se hace exactamente, cada casa te contará algo distinto y probablemente nadie reconozca que lo hace igual que el vecino.
Lo bueno es que no hay demasiada puesta en escena para el visitante. En cualquier bar del pueblo verás a gente comiendo lo de siempre, sin mayor explicación. Tú te sientas, pides y listo.
Las fiestas que siguen siendo del pueblo
El Padre Rubio, el del museo del principio, es el patrón de Dalías. Las celebraciones en su honor suelen ser en mayo y el pueblo se llena bastante, sobre todo de gente que vuelve esos días aunque viva fuera.
Luego está la feria de agosto y la romería de la Virgen de los Dolores en septiembre. Son fiestas muy de aquí: peñas, música, familias enteras en la calle y ese ambiente en el que todo el mundo parece conocer a alguien.
Si vas esperando grandes montajes o espectáculos pensados para redes sociales, probablemente no sea eso. Aquí la gracia está más en mezclarse un rato y ver cómo funciona una fiesta cuando no está diseñada para el turismo.
El sendero que te recuerda que esto es sierra
Si eres de los que necesita moverse después de comer, por la zona hay varias rutas sencillas por la sierra. Una bastante conocida conecta Cortijo Blanco con Castala. Es un recorrido de montaña con desnivel moderado, de esos que empiezan suaves y acaban haciéndote sudar más de lo que pensabas.
Las vistas compensan: barrancos, pinares y todo el Poniente extendiéndose hacia el mar a lo lejos.
Mi consejo personal: ven en primavera. Los almendros en flor cambian bastante el paisaje y la sierra tiene ese verde corto que aquí dura poco. En pleno agosto el calor aprieta y cualquier paseo cuesta el doble.
Dalías no va a competir con los pueblos más fotografiados de Andalucía. No tiene un casco histórico enorme ni un monumento que salga en todos los libros. Pero tiene algo que cada vez se ve menos: vida normal de pueblo.
Y eso, cuando viajas, a veces vale más que cualquier postal.