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sobre Roquetas de Mar
Gran ciudad turística y agrícola; ofrece kilómetros de playas urbanizaciones y parajes naturales
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Las primeras luces del día atraviesan los invernaderos de plástico que rodean Roquetas de Mar como una ciudadela transparente. Desde la autovía parecen lagos quietos; cuando el sol sube un poco más, el plástico empieza a brillar y cuesta mirar de frente. Dentro maduran tomates y pimientos a un ritmo que marca buena parte de la vida del Poniente almeriense. Y de pronto llega el mar. El plástico se corta en seco y aparece una franja abierta de agua y viento. A esa hora temprana, cuando el paseo marítimo todavía está medio vacío, algunas personas caminan descalzas por la orilla y el ruido más constante es el de las gaviotas.
El castillo que no era exactamente un castillo
Lo que hoy se conoce como Castillo de Santa Ana tiene más de torre defensiva que de castillo propiamente dicho. La estructura original se levantó en el siglo XVI para vigilar esta parte de la costa y proteger las salinas cercanas de incursiones por mar. Con el tiempo se amplió y cambió de forma varias veces.
Hoy el edificio funciona como espacio cultural. Dentro suele haber exposiciones temporales y piezas de artesanía local. En ocasiones se ve a algún artesano trabajando allí mismo, con herramientas pequeñas y olor a madera recién cortada mezclándose con el aire salado que entra por las ventanas.
Desde la terraza se entiende bien el lugar: el puerto deportivo a un lado, el paseo marítimo extendiéndose hacia las urbanizaciones y, en días claros, una línea de horizonte limpia donde los barcos parecen quedarse suspendidos unos segundos antes de desaparecer.
Dunas junto al Poniente agrícola
A pocos minutos en coche hacia el sur, cuando terminan los edificios y el asfalto empieza a aflojar, aparece el Parque Natural Punta Entinas‑Sabinar. El contraste con los invernaderos es brusco: arena, matorral bajo y lagunas salobres donde el viento sopla casi sin obstáculos.
Hay varios senderos señalizados que recorren el espacio natural. No son paseos de sombra: el sol cae directo y el terreno refleja la luz. Conviene llevar agua y gorra incluso en invierno, porque aquí el aire engaña y uno no se da cuenta de cuánto está pegando el sol.
En primavera y otoño es fácil ver gente con prismáticos observando aves en silencio. Las lagunas atraen flamencos, avocetas y otras especies que paran aquí durante las migraciones. Algunas playas del parque siguen bastante vacías incluso en pleno verano, algo poco habitual en esta parte del litoral. El agua suele verse clara y el fondo se mueve con restos de algas que la corriente deposita en la orilla.
Cuando el pueblo huele a mar y a pimentón
Los martes por la mañana suele montarse mercado en una de las plazas cercanas al centro. Hay puestos de verdura del campo cercano, pescado que llega del puerto y carros donde se venden especias que perfuman la calle entera con pimentón y comino.
Roquetas mantiene todavía algo de ese cruce entre agricultura y mar. En las pescaderías aparecen gallinetas, jureles o gallo pedro según haya ido la faena. En invierno es común encontrar guisos contundentes en muchas casas, con acelgas o patata, platos pensados para los días en que el viento del oeste enfría la costa.
A mediados de julio el ambiente cambia. Las fiestas de Santa Ana llenan el paseo de música, olor a sardinas asadas y fuegos artificiales que se oyen desde varios barrios a la vez. También es habitual que la imagen de la Virgen del Carmen salga en procesión hacia el puerto, acompañada por marineros y curiosos que siguen el recorrido desde el muelle.
La hora de evitar
Un viernes de agosto, hacia el mediodía, el paseo marítimo puede convertirse en otra cosa. El suelo quema a través de las chanclas, encontrar aparcamiento cerca del agua se vuelve complicado y la playa urbana acaba cubierta de sombrillas y toallas sin apenas huecos entre ellas.
Si te encuentras en ese momento del día, suele compensar alejarse un poco. Conducir hacia el sur, en dirección al parque natural, o moverse a primera hora de la mañana cambia bastante la experiencia. A las ocho o nueve el mar está más tranquilo, el aire todavía fresco y el paseo tiene otro ritmo.
Un faro que ya no alumbra
El Faro de Roquetas empezó a funcionar en el siglo XIX y dejó de operar a mediados del XX, cuando otras señales costeras asumieron su papel. La torre de piedra sigue en pie y hoy se utiliza como sala de exposiciones.
La puerta es baja y obliga a inclinarse un poco al entrar. Dentro suele haber silencio y un olor persistente a humedad y sal que recuerda que el mar está a pocos metros. Desde el exterior se ve la línea de antiguas salinas y las zonas llanas donde la luz del atardecer rebota con fuerza.
Cuesta imaginar el trabajo del farero cuando este tramo de costa era mucho más solitario. Se cuenta que debía desplazarse por caminos de tierra para revisar otras señales cercanas. Hoy el faro queda rodeado por jardines y paseo marítimo, pero cuando cae la tarde y el viento se levanta del oeste todavía se escucha el mismo rumor constante del mar golpeando la orilla.