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sobre Benarrabá
Pueblo colgado en la ladera del valle del Genal con fachadas encaladas y una fuerte tradición en la artesanía y gastronomía
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A primera hora, cuando el sol todavía tarda en asomar por las lomas del Valle del Genal, Benarrabá está casi en silencio. Alguna puerta que se abre, el golpe seco de una persiana, un coche que arranca cuesta abajo. El turismo en Benarrabá empieza así, despacio, con la luz rozando las paredes encaladas y el aire fresco que baja desde la sierra.
El pueblo se asienta a media altura sobre el valle, en la Serranía de Ronda. Aquí viven algo menos de quinientas personas. No parece un lugar pensado para llegar con prisa. Las calles se retuercen, suben y bajan, y a menudo obligan a parar un momento para orientarse o simplemente para mirar el paisaje que se abre entre dos casas.
Caminar por el casco antiguo
El centro se recorre sin mapa. Basta seguir las calles empedradas que serpentean entre casas de una o dos plantas. Las fachadas blancas reflejan la luz con fuerza al mediodía. Por la tarde, en cambio, el pueblo se llena de sombras alargadas y el color de las tejas se vuelve más oscuro.
Muchas puertas son de madera vieja. Las rejas de las ventanas tienen ese hierro trabajado que se repite por toda la Serranía. A ratos se oye una televisión dentro de alguna casa o el ruido de platos en una cocina.
La Plaza de la Constitución funciona como punto de encuentro. A media mañana suele haber vecinos charlando en los bancos, niños que cruzan la plaza corriendo y alguien que pasa con bolsas de la compra. No es una plaza monumental. Es, más bien, el lugar donde el pueblo se detiene un rato.
La iglesia y las huellas del pasado
En una de las calles principales aparece la iglesia de San Sebastián. El edificio actual se levantó tras varias reformas a lo largo de los siglos, sobre una base mudéjar. Desde fuera es sobria, casi austera.
Dentro domina la madera oscura y la luz suave que entra por las ventanas. A ciertas horas de la mañana el interior queda iluminado de lado, y se aprecian mejor los relieves y los detalles del retablo. Conviene pasar temprano; por la tarde no siempre está abierta.
Mirar el Valle del Genal desde arriba
Algunas calles terminan en pequeños miradores naturales. No siempre están señalizados. Basta con seguir una cuesta que parece acabar en nada y de pronto aparece el valle entero.
Desde allí se distinguen las terrazas agrícolas, los caminos estrechos y las manchas densas de castaños. En otoño esos árboles cambian el color del valle. Los tonos pasan del verde oscuro a los ocres y amarillos en pocas semanas.
Los días claros permiten ver cómo las sierras cierran el horizonte por todos lados. Es un paisaje trabajado durante generaciones. Bancales, senderos y pequeños cortijos aparecen dispersos entre el monte.
Senderos hacia los pueblos vecinos
Desde Benarrabá salen varios caminos tradicionales que conectan con otras localidades del Genal. Algunos descienden hacia zonas más húmedas del valle. Otros suben por laderas cubiertas de encinas y alcornoques.
Caminar por aquí tiene algo irregular. Hay tramos de sombra cerrada y otros completamente expuestos al sol. Las pendientes engañan. Lo que parece una bajada suave desde el pueblo luego exige subir con calma.
Si se viene a andar, conviene salir temprano en los meses calurosos. En verano el sol aprieta a partir del mediodía, aunque al caer la tarde el aire vuelve a refrescar.
Comida y vida cotidiana
La cocina local sigue girando alrededor de lo que se produce cerca. Aceite de oliva de la zona, quesos de cabra y platos de cuchara que aparecen sobre todo cuando el tiempo se enfría.
En muchas casas todavía se preparan migas o guisos sencillos ligados a la tradición serrana. No es raro que la conversación acabe hablando de la cosecha de castañas o del estado del campo ese año.
Cuándo venir y cómo llegar
El acceso más habitual desde la costa se hace por carreteras que se van estrechando a medida que uno entra en la Serranía de Ronda. Los últimos kilómetros son de curvas tranquilas entre monte bajo y castaños. Conviene conducir sin prisa.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para recorrer el valle. En otoño el paisaje cambia cada semana. En verano el calor aprieta durante el día, aunque las noches suelen refrescar. El invierno trae días fríos y muy claros, con el pueblo bastante más silencioso.