Artículo completo
sobre Jimera de Líbar
Dividido en dos núcleos (pueblo y estación) es un destino ideal para el turismo activo junto al río Guadiaro
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora, cuando todavía no aprieta el calor, el murmullo del río Guadiaro llega hasta las calles de Jimera de Líbar. No se ve desde todas partes, pero se oye. La luz entra rasante entre las casas blancas y tarda un rato en tocar el suelo de algunas callejas estrechas. A esa hora el pueblo se mueve despacio: una persiana que se abre, una puerta de madera que cruje, algún coche que arranca camino de la carretera.
Jimera está en la Serranía de Ronda, a media ladera sobre el valle del Guadiaro. Las casas se apoyan unas en otras siguiendo la pendiente, con muros encalados, rejas oscuras y macetas donde el geranio aguanta bien el sol de la sierra. A unos metros del casco urbano pasa la línea de tren que une Ronda con Algeciras; cuando el convoy atraviesa el valle, el sonido metálico llega amortiguado entre los cerros.
La vida del pueblo ha estado ligada durante generaciones al campo. Todavía se ven huertos cerca del río, pequeños olivares y parcelas donde la tierra roja asoma entre la hierba seca del verano.
Espacios que cuentan su historia
La Iglesia de la Encarnación ocupa uno de los puntos más visibles del núcleo urbano. Su origen suele situarse en el siglo XVI, aunque el edificio ha tenido arreglos y añadidos con el paso del tiempo. Desde algunas calles cercanas la torre aparece de golpe entre tejados bajos y cables de luz, marcando el centro del pueblo.
Caminar por Jimera no tiene mucha complicación: las calles suben y bajan con curvas cortas, siempre entre fachadas blancas que reflejan la luz con fuerza al mediodía. En varias casas se conservan puertas de madera gruesa y rejas antiguas, algunas con pintura ya desgastada por el sol.
Si sigues hacia el borde del pueblo, entre callejas que se van abriendo, aparece el valle del Guadiaro. No hay un mirador formal como tal, más bien claros entre casas o pequeños ensanches desde donde se ve el mosaico de huertos, cañaverales y laderas cubiertas de encinas y alcornoques.
Caminos y sonidos del entorno
Uno de los paseos más habituales es el que sigue el valle del Guadiaro hacia Benaoján. El camino discurre cerca del río en varios tramos y pasa junto a antiguas infraestructuras del ferrocarril, con puentes y túneles excavados en la roca. El agua corre con fuerza después de las lluvias y en verano baja más tranquila, dejando orillas donde crecen adelfas y juncos.
No es una ruta complicada, pero conviene salir temprano en los meses de calor: el valle concentra bastante temperatura al mediodía y hay tramos con poca sombra.
En los cerros que rodean el pueblo es fácil ver rapaces planeando cuando el aire empieza a calentarse. Los buitres suelen aprovechar las corrientes térmicas y giran muy despacio sobre el valle, casi sin mover las alas.
Sabores de la sierra
En las casas y cocinas del entorno siguen circulando recetas muy pegadas a lo que da el campo. Las migas aparecen cuando refresca, a menudo acompañadas de embutidos o pimientos fritos. El cabrito o el chivo son habituales en celebraciones familiares, preparados con horno o guisos largos.
También se usan mucho los productos sencillos de temporada: tomate bien maduro, pan asentado, aceite de oliva de la zona y algo de sal gruesa. Con poco más se montan platos que aquí se repiten desde hace años sin demasiadas variaciones.
En algunas épocas del año es normal ver almendras secándose al sol en patios o terrazas. Con ellas se preparan dulces caseros que suelen aparecer en fiestas o reuniones familiares.
Fiestas que mantienen vivas las raíces
A finales de verano el pueblo celebra sus fiestas patronales, cuando muchos vecinos que viven fuera vuelven durante unos días. Las calles se llenan más de lo habitual y por la noche se oye música en la plaza hasta tarde.
Durante la Semana Santa también hay procesiones que recorren las calles empinadas del casco urbano. Los pasos avanzan despacio entre fachadas blancas y balcones con colgaduras; el sonido de los tambores rebota bastante entre las paredes estrechas.
En primavera suele verse alguna Cruz de Mayo adornada con flores y telas en rincones del pueblo, una costumbre que todavía mantienen algunos vecinos.
Cuándo merece más la pena acercarse
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores de Jimera de Líbar. El valle del Guadiaro se llena de verde y el agua del río baja con más fuerza.
El verano, en cambio, puede ser muy caluroso a partir del mediodía. Si vienes en esa época, lo mejor es moverse temprano por la mañana o al final de la tarde, cuando la luz cae sobre las laderas y el valle empieza a enfriarse poco a poco. El silencio vuelve entonces a las calles, y vuelve también el sonido del río.