Artículo completo
sobre Montejaque
Pueblo serrano en el Parque Natural Sierra de Grazalema con un entorno kárstico impresionante y la presa de los Caballeros
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay pueblos que parecen pegados a la pared con silicona. Montejaque es uno de esos: un manojo de casas blancas agarradas a la ladera como si alguien las hubiera ido colocando con cuidado para que no se caigan. Llegas por la carretera de Ronda, das un par de curvas y ahí aparece. De golpe. Casas escalando la roca y calles con una pendiente que te recuerdan rápido que aquí caminar tiene premio… pero también cuesta.
El pueblo que se perdió
Dicen que el nombre viene del árabe, algo así como “monte perdido”. Y cuando llegas lo entiendes. Montejaque está metido de lleno en la Serranía de Ronda, rodeado de monte y piedra, en el borde mismo del parque natural de la Sierra de Grazalema.
El pueblo es pequeño. De esos donde en un rato ya te suenan las caras. Y también de esos donde las direcciones funcionan a la manera antigua: referencias y memoria. Preguntas por una calle y alguien te responde algo tipo: “sube hasta donde estaba la tienda vieja y gira a la izquierda”. Lo curioso es que suele funcionar.
Lo primero al llegar suele ser buscar aparcamiento. Y ahí viene el pequeño ritual del visitante: dar una vuelta, subir un poco más de lo que pensabas subir, y dejar el coche donde buenamente se pueda. Luego bajas andando y descubres la lógica del pueblo: aquí todo es cuesta. Al tercer día entiendes por qué muchos vecinos tienen piernas de senderista.
La iglesia y una historia que conecta con Sevilla
En la Plaza de la Constitución está la iglesia de Santiago el Mayor, el edificio más reconocible del casco urbano. La fachada es bastante sobria y el interior guarda alguna historia curiosa.
Una de las más comentadas tiene que ver con doña Jerónima Carrillo, esposa de Miguel Mañara. A él se le recuerda en Sevilla por la Hermandad de la Santa Caridad y por esa mezcla de personaje histórico y figura casi legendaria que algunos relacionan con el mito de Don Juan. Según la tradición local, su mujer murió aquí mientras viajaba hacia Sevilla y fue enterrada en la iglesia.
La lápida sigue allí, y siempre hay alguien del pueblo dispuesto a contarte la historia si preguntas.
En la misma plaza también hay un pequeño espacio dedicado a la espeleología. No es casualidad: Montejaque y las cuevas van bastante de la mano.
El embalse que no pudo con la montaña
A unos kilómetros del pueblo está el embalse de Montejaque, una obra que suele salir en cualquier conversación local. Se empezó a construir a comienzos del siglo XX y tardó muchos años en terminarse. El problema fue el terreno kárstico de la zona.
Dicho de forma sencilla: el agua encontraba camino por debajo.
Así que aquella presa enorme acabó convertida en un embalse que rara vez se comporta como tal. Muchas temporadas está seco o con muy poca agua. Cuando llegan lluvias fuertes sí puede llenarse temporalmente y el paisaje cambia bastante.
Hoy el lugar se ha quedado como un escenario curioso en mitad del monte: el muro de la presa, el vaso del embalse y las montañas alrededor. Hay gente que llega caminando desde el pueblo o desde pistas cercanas. No es raro ver escaladores por la zona o senderistas haciendo fotos.
Es de esas historias que los vecinos cuentan con una mezcla de resignación y humor. Como diciendo: la sierra siempre acaba teniendo la última palabra.
La Cueva del Hundidero
Si hay algo que coloca a Montejaque en el mapa de los aficionados a la naturaleza es la Cueva del Hundidero.
La boca de entrada es enorme, más parecida a una grieta gigante en la montaña que a la típica cueva de postal. Por ahí se mete el río Gaduares, que desaparece bajo tierra y reaparece kilómetros después en la Cueva del Gato, ya cerca de Benaoján.
La travesía subterránea entre ambas es conocida entre espeleólogos. No es una excursión sencilla: requiere equipo, experiencia y guía. Hay pasos con agua, trepas y zonas donde la oscuridad es total. No es el tipo de sitio para entrar con el móvil a modo de linterna.
Aun así, acercarse a la entrada ya merece la caminata. Estás frente a una boca de roca gigantesca y entiendes rápido que la sierra aquí funciona por dentro y por fuera.
Fiestas que siguen siendo de pueblo
Montejaque mantiene varias celebraciones a lo largo del año y muchas siguen teniendo ese aire de fiesta local donde se mezcla todo el mundo: vecinos, familiares que vuelven esos días y algún curioso que pasaba por allí.
En Carnaval suelen organizar los llamados Juegos del Cántaro. La idea es sencilla y bastante divertida de ver: lanzar cántaros de barro cuesta abajo e intentar que lleguen lo más lejos posible sin romperse. Cuando lo ves en directo entiendes que no es tan fácil como parece.
También hay fiestas patronales dedicadas a Santiago y una feria de verano que recuerda el pasado ganadero de la zona. Durante esos días el pueblo cambia el ritmo: más gente en la calle, música por la noche y mesas improvisadas donde aparecen platos muy de la sierra, desde guisos de carne hasta recetas de caza o gazpacho serrano.
Mi veredicto
Montejaque no es un sitio de grandes monumentos ni de pasar dos días saltando de visita en visita. Es más bien de otro tipo: caminar por el pueblo, asomarte a las montañas, hablar con alguien en la plaza y terminar en una ruta que ni sabías que existía.
Si te soy sincero, en unas horas puedes recorrer el casco urbano sin problema. Pero la gracia está alrededor: senderos, cuevas, carreteras pequeñas y ese paisaje de la Serranía de Ronda que cambia mucho según la época del año.
Mi consejo: ven con tiempo y con ganas de andar. Aparca donde puedas, baja al centro sin prisa y luego sal del pueblo por cualquiera de los caminos que se meten en la sierra. Muchas veces lo mejor de Montejaque aparece cuando ya pensabas que habías terminado de verlo.