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sobre Cortegana
Importante núcleo serrano dominado por un imponente castillo medieval; sede de unas famosas jornadas medievales y rodeado de naturaleza exuberante
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Las campanas de la Iglesia del Divino Salvador suelen marcar las ocho cuando el sol todavía no ha terminado de salir sobre la Sierra de Aracena. Desde el castillo, con el aire frío de la mañana mezclado con olor a romero y tierra húmeda, se ve cómo Cortegana se despereza poco a poco: alguna ventana se ilumina, un coche cruza despacio la plaza, y el humo fino de las primeras chimeneas se queda un momento flotando sobre los tejados.
El castillo en lo alto del cerro
Subir al Castillo de Cortegana se hace por un camino de piedra que atraviesa pinares y manchas de encinas y chaparros. En algunos tramos la roca está marcada por rodadas antiguas; no es raro encontrarlas en caminos que llevan siglos subiendo al mismo sitio.
La fortaleza se levantó en la Baja Edad Media, cuando esta parte de la sierra estaba cerca de la frontera con Portugal. No es un castillo enorme, pero la posición lo explica todo: desde arriba se dominan los valles que rodean el pueblo y las lomas cubiertas de dehesa que se extienden hacia el oeste.
La torre principal, más alta que el resto del recinto, conserva muros muy gruesos. Desde arriba la vista se abre en todas direcciones: Cortegana queda abajo con sus tejados rojizos y, alrededor, una sucesión de colinas suaves donde el verde cambia según la estación. En días claros la sierra parece desvanecerse en capas azuladas hacia el horizonte.
Conviene subir temprano o al final de la tarde. A mediodía el cerro queda muy expuesto y el calor se nota.
Calles donde todavía huele a cocina
En invierno, cuando el frío entra por las calles estrechas del centro, es habitual que el pueblo huela a guisos hechos con calma. En muchas casas todavía se preparan versiones locales de gazpacho caliente, más cercano a un plato de cuchara que al gazpacho frío del verano. Pan asentado, ajo, tomate y pimentón, todo espesado a fuego lento. El aroma se escapa por las puertas entreabiertas y acompaña mientras se baja por la Calle Real.
Cerca del nacimiento del río Chanza hay una casa conocida como Casa Mudéjar. El edificio conserva arcos de ladrillo y algunos detalles decorativos que recuerdan a la arquitectura mudéjar de finales de la Edad Media. El agua corre cerca, más discreta que en otros tiempos, cuando los arroyos de la zona movían pequeños molinos repartidos por el valle.
Cuando el castillo vuelve a llenarse de gente
Cada verano Cortegana organiza unas jornadas medievales que giran alrededor del castillo. Suelen celebrarse en agosto y durante unos días el recinto y las calles cercanas se llenan de puestos, música y vecinos vestidos con telas de lino o cuero. Por la noche el sonido de los tambores sube por la ladera y rebota contra los muros de la fortaleza.
Aun así, el ambiente del pueblo cambia mucho fuera de esas fechas. En septiembre, durante las fiestas de la Virgen de la Piedad, el ritmo es distinto y más local. En las casas se fríen dulces tradicionales y no es raro que alguien te ofrezca un plato si pasas en el momento justo. La plaza se llena al caer la noche y el olor a miel, aceite caliente y romero queda suspendido en el aire.
El silencio de los antiguos molinos
A las afueras parte una ruta que sigue el curso del arroyo de la Mina. Son varios kilómetros de sendero que discurren entre vegetación espesa: helechos en las zonas más húmedas, adelfas junto al agua y castaños en las laderas. A lo largo del camino aparecen restos de antiguos molinos hidráulicos. Algunos mantienen parte de la estructura; otros son apenas muros cubiertos de musgo.
En otoño el suelo se llena de castañas caídas y el sendero cruje al andar. En primavera el arroyo suele llevar más agua y hay tramos donde el camino se encharca, así que conviene llevar calzado que se pueda mojar. En verano, en cambio, el paisaje se vuelve más seco y la sombra se agradece.
Al anochecer, si el cielo está despejado, desde las zonas altas alrededor del castillo se ven bastantes estrellas. La sierra tiene poca contaminación lumínica y, en noches sin luna, la Vía Láctea aparece con bastante claridad, extendida sobre el cerro como una franja blanquecina.
En el barrio de San Sebastián aún quedan pequeños talleres donde se siguen haciendo piezas de cerámica y utensilios tradicionales. No suelen tener horarios visibles ni escaparates pensados para turistas. Si la puerta está abierta, pasa; si está cerrada, quizá vuelvan a abrir más tarde. En Cortegana muchas cosas siguen funcionando así, con el ritmo tranquilo de un pueblo de sierra.