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sobre Santa Olalla del Cala
Paso obligado en la Ruta de la Plata con un imponente castillo visible desde la autovía; puerta de Andalucía desde Extremadura con rica historia
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Las nueve de la mañana en la plaza de abastos huele a pan recién hecho y a jabón de la lavandería. Un hombre saca un jamón del maletero de un Seat Panda blanco, lo envuelve en un trapo de lino y entra en una carnicería cercana. En Santa Olalla del Cala no hace falta que nadie te explique que estás en tierra de cerdo ibérico: se huele, se adivina en los carteles de “se compran bellotas” que a veces cuelgan de las farolas, se nota en la pausa que hacen los vecinos cuando pasas con mochila y bastones. Aquí la sierra no es un fondo bonito: es el lugar donde pastan los cerdos entre encinas y donde los setos de espino marcan los linderos entre fincas.
El castillo que fue cementerio
Subir al castillo es un pequeño ejercicio de memoria. La cuesta empedrada empieza detrás de la iglesia y se adivina más que se ve: las piedras están pulidas por las suelas de quienes llevan generaciones subiendo a mirar el pueblo desde arriba. En algunos muros todavía se reconocen los huecos de antiguos nichos; durante una época del siglo XIX y principios del XX el recinto se utilizó como cementerio.
Desde una de las torres —las hay rectangulares y también semicirculares— se ve la carretera de la Plata, la N‑630, que llega como una cinta gris y se pierde entre alcornoques. El aire suele oler a resina cuando aprieta el sol. El castillo ha tenido varias vidas: fortaleza en la frontera con Portugal, acuartelamiento, cantera de piedra para el propio pueblo. Hoy se usa sobre todo como mirador, un lugar al que subir sin más plan que quedarse un rato apoyado en la muralla.
La estación que se convirtió en sendero
A unos dos kilómetros del centro, la antigua estación del tren minero duerme entre hierbas altas. El andén tiene los bordes redondeados, gastados por décadas de uso. Aún queda algún raíl oxidado y entre los durmientes crecen amapolas y tomillo cuando llega la primavera.
El camino que sigue el antiguo trazado avanza tranquilo hacia la zona de las antiguas minas. Es prácticamente llano, así que mucha gente del pueblo lo usa para caminar un rato después de comer o para salir con los niños en bici. En primavera huele a romero y a tierra mojada; en verano la sombra irregular de los chaparros de alcornoque se agradece.
A mitad de recorrido aparece un puente de piedra sobre el arroyo de la Tejera. Si te paras allí, se oye el agua correr entre las piedras y, muy al fondo, el ruido apagado de algún coche en la autovía. El trazado completo es largo, pero con llegar al primer túnel ya se entiende que por aquí pasó durante años el mineral que bajaba desde la cuenca de Riotinto.
Lo que se come cuando llueve
En Santa Olalla la cocina tira de despensa. Lo que hay es lo que se pone en la mesa. Un día de nubes, en el comedor de una casa del pueblo que alquila habitaciones, la dueña sirve sopa de mamones: pan del día anterior, ajo, pimentón dulce y un huevo que se cuaja en el caldo. La textura es espesa, más cerca de un guiso que de una sopa.
Cuando llega la feria dedicada al cerdo ibérico —suele celebrarse en primavera— las planchas echan humo con piezas como presa o secreto, pero también aparece el almorraque, un estofado oscuro que deja los labios manchados de pimentón. Si preguntas por las papas viudas, te contarán que era comida de días flojos de matanza: patata, pimentón y paciencia.
El postre más humilde es la poleá: harina tostada, anís y azúcar moreno. Se come templada, con cuchara, mientras fuera suena la lluvia contra los tejados de pizarra.
Cuándo conviene aparecer
Santa Olalla no es un lugar masificado, pero hay momentos en que el pueblo cambia de ritmo. A finales de agosto llega la feria y las calles se llenan de música y casetas; si prefieres verlo más tranquilo, conviene evitar esos días.
En primavera suele celebrarse la romería de Santa Eulalia, que baja hasta el entorno del castillo entre tambores y dulzaina. La gente viste de verde y acompaña a la patrona sin demasiada prisa. Cuando llega el otoño, algunos años se organizan jornadas dedicadas a la herencia sefardí y la iglesia se llena de música antigua mientras fuera empiezan a asarse las primeras castañas.
Para caminar por la sierra, marzo y abril suelen dar buenos días: senderos verdes, temperaturas suaves y tiempo suficiente para parar a tomar un café antes de salir.
Un detalle práctico: el castillo no tiene horario como tal. Se sube andando y ya está. Si vienes en julio o agosto, lleva agua; la única fuente está en la plaza. Para dejar el coche sin dar muchas vueltas, mucha gente usa el aparcamiento junto a la piscina municipal, a pocos minutos caminando del centro.