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sobre Benaocaz
Pueblo de origen bereber con un barrio nazarí abandonado muy pintoresco; situado en el corazón de la sierra con vistas espectaculares
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A primera hora de la mañana, cuando la luz todavía no ha llegado a las calles empedradas del barrio Nazarí, el aire en Benaocaz tiene un peso particular. Huele a piedra húmeda y a leña de la noche anterior. La silueta de las casas encaladas, con sus paredes algo ásperas y ventanas pequeñas, se recorta contra los cortados de la sierra y las manchas oscuras de alcornoques. A unos 800 metros de altura, este pueblo de algo más de setecientos habitantes vive pegado al relieve del Parque Natural de la Sierra de Grazalema.
El trazado del casco urbano conserva la lógica de los antiguos asentamientos andalusíes, aunque no todo es homogéneo. Calles estrechas y cuestas pronunciadas llevan hasta la iglesia de San Pedro, levantada a finales de la Edad Media y transformada varias veces con el paso de los siglos. Dentro, los retablos barrocos y la madera oscurecida por el tiempo cuentan bastante más que cualquier cartel explicativo. Conviene entrar sin prisa; a ciertas horas la iglesia está cerrada y en pueblos pequeños no siempre hay horarios fijos.
El Barrio Nazarí, en la parte alta, guarda restos de muros y estructuras que todavía dejan leer el pasado del lugar. El empedrado irregular obliga a caminar despacio. Algunas casas muestran reparaciones recientes, otras conservan fachadas con grietas finas y portones de madera gastada. Al subir, el pueblo se va quedando abajo y el silencio se abre hacia la sierra.
Desde los bordes del casco urbano se asoman varios puntos desde donde el terreno cae con brusquedad hacia el valle del río Tavizna. Al fondo aparecen las moles de roca caliza de Grazalema, cambiando de color según avanza la tarde: gris claro al mediodía, casi rosadas cuando el sol baja. La grieta del Salto del Cabrero, visible desde varios puntos del entorno, corta la montaña como si alguien hubiera abierto la piedra con un cuchillo.
En los alrededores hay restos arqueológicos dispersos que indican que esta zona fue paso y asentamiento desde tiempos antiguos. Se mencionan restos íberos y romanos en distintos puntos de la sierra, aunque muchos están poco señalizados y no siempre es fácil localizarlos. Lo que sí se percibe con claridad es el paisaje: encinas, matorral mediterráneo y senderos que atraviesan fincas y laderas.
Caminar desde el propio pueblo
Buena parte de quienes llegan hasta aquí lo hacen para andar. Desde las calles de Benaocaz salen varios caminos que conectan con rutas más largas dentro del parque natural. Algunos discurren entre alcornoques y zonas de pasto donde no es raro ver cabras o ganado suelto.
Antes de salir conviene revisar la información del Parque Natural de la Sierra de Grazalema, porque ciertos senderos tienen control de acceso o pasan por áreas ganaderas. En verano, además, el calor aprieta incluso a esta altura: lo más sensato es empezar temprano y llevar agua suficiente.
El entorno del Salto del Cabrero es uno de los paisajes más reconocibles de la sierra. Las paredes de roca atraen a escaladores y, sobre todo, a aves. Los buitres leonados suelen aprovechar las corrientes térmicas y pasan muy cerca de las crestas. Si el día está en calma se oye incluso el batir de las alas cuando giran sobre los cortados.
La observación de aves es frecuente en toda la zona. Con algo de paciencia también se pueden ver chovas piquigualdas o rapaces más grandes planeando sobre las laderas.
Comida serrana y productos del entorno
Después de caminar, la cocina local tira de lo que da la sierra. Son habituales los embutidos elaborados tras la matanza y los quesos de cabra payoya, con textura densa y sabor bastante marcado. También aparece miel de la zona y guisos de cuchara que se agradecen cuando baja la temperatura.
En otoño muchos vecinos salen al monte a buscar setas. No es raro ver coches aparcados al borde de los caminos forestales durante esas semanas. Aun así, en el parque natural existen normas sobre recolección que conviene respetar para no deteriorar el terreno.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
El calendario festivo mantiene celebraciones muy ligadas a la vida local. En enero se celebra San Antón con la tradicional bendición de animales. Las calles huelen a dulces caseros y a leña quemándose en pequeñas hogueras.
Durante la Semana Santa las procesiones avanzan despacio por calles estrechas donde el sonido de los pasos se mezcla con el eco de las paredes encaladas.
A finales de junio se celebra la festividad de San Pedro, patrón del pueblo. Son días en los que regresan muchos vecinos que viven fuera y las plazas se llenan de mesas largas y conversaciones que duran hasta tarde. En agosto llega la feria de verano, coincidiendo con el momento en que más gente hay en la sierra.
La matanza doméstica todavía se mantiene en invierno en algunas casas, más como tradición familiar que como actividad pública.
Llegar y moverse por Benaocaz
El acceso habitual es por carretera desde otros pueblos de la Sierra de Cádiz, enlazando con vías comarcales que serpentean entre montes. El coche es casi imprescindible para moverse por la zona.
Dentro del casco urbano conviene dejar el vehículo en las zonas habilitadas en la parte baja y seguir andando. Las calles del barrio alto son estrechas, con cuestas fuertes y poco espacio para maniobrar.
Benaocaz se recorre despacio. Por la mañana se oye el viento bajando de la sierra y, a ciertas horas, las campanas de la iglesia rompen el silencio. El resto del tiempo lo ocupan cosas pequeñas: el sonido de las pisadas sobre el empedrado, el olor de los alcornoques cuando sube la humedad y la sensación constante de estar en medio de la sierra.