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sobre Grazalema
Pueblo emblemático de la sierra con el índice de lluvia más alto de España; arquitectura popular impecable y entorno de pinsapos único
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A las siete de la mañana, en la calle principal de Grazalema, la luz entra en ángulo y resalta las paredes encaladas, con pequeñas manchas de humedad que el sol tarda en secar. A esa hora apenas se oye nada: alguna persiana que sube, el golpeteo de unos pasos sobre el empedrado y el agua corriendo en una fuente cercana. Más tarde llegan los coches, los excursionistas, el murmullo de la plaza. Pero al amanecer el pueblo todavía va despacio.
Grazalema está a unos 800 metros de altitud, en plena Sierra de Cádiz, rodeado por las montañas del parque natural que lleva su nombre. Desde lejos se ve como una mancha blanca en mitad de un relieve muy verde, algo que sorprende en Andalucía occidental. Aquí llueve más de lo que muchos imaginan, y esa humedad se nota en las laderas cubiertas de pinos y en los bosques de pinsapo que sobreviven en las zonas altas.
Calles blancas y dos iglesias
El centro se recorre sin prisa en poco tiempo. Las calles son estrechas, con casas bajas encaladas, balcones pequeños y macetas apoyadas en los alféizares. A media mañana el sol rebota en las fachadas y obliga a entrecerrar los ojos.
La iglesia de San José ocupa la plaza principal. Es un edificio sobrio de piedra clara; en el interior suele haber retablos y elementos que se sitúan alrededor del siglo XVIII. No siempre está abierta, pero si coincide el momento, dentro se percibe ese olor mezclado de cera, madera y humedad que tienen muchas iglesias serranas.
Un poco más arriba aparece la iglesia de la Aurora, más sencilla. Desde esa parte del pueblo el terreno empieza a caer hacia el valle y se abre una vista amplia de laderas verdes, sobre todo después de varios días de lluvia.
Miradores naturales y el Puerto del Boyar
Al salir del casco urbano empiezan los miradores naturales. No siempre están señalizados como tal; a veces basta con seguir una curva de la carretera o apartarse unos metros del asfalto.
Uno de los puntos más conocidos es el Puerto del Boyar, a pocos kilómetros. Desde allí el paisaje se abre en capas de montañas que se van apagando hacia el horizonte. En días claros se distinguen bien las crestas calizas; cuando hay nubes bajas, las cumbres aparecen y desaparecen entre la niebla.
Si vienes en coche conviene ir con calma en esa carretera: es estrecha y tiene curvas cerradas, sobre todo cuando hay movimiento de senderistas o ciclistas.
El pinsapar y los senderos de la sierra
El pinsapo marca buena parte de la identidad natural de la zona. Es un abeto relicto, con un verde oscuro y denso que cambia mucho el aspecto del monte. En algunas umbrías el bosque se vuelve casi silencioso, con el suelo cubierto de agujas y una luz más fría.
La ruta del Pinsapar atraviesa una de estas zonas y suele requerir autorización previa del parque natural. Tiene desnivel y conviene llevar agua y calzado con buen agarre.
Quien prefiera algo más corto encuentra senderos alrededor del pueblo que bajan hacia el valle o rodean las primeras laderas. Desde ellos se ven huertos, muros de piedra y algún rebaño moviéndose despacio por la pendiente.
Quesos, guisos y cocina de sierra
La cocina local es la de un lugar donde los inviernos pueden ser fríos y húmedos. En muchas casas y bares de la zona siguen apareciendo guisos espesos, carnes al horno y platos de cuchara.
Los quesos elaborados con leche de cabra payoya y, a veces, mezclados con oveja, forman parte de la identidad gastronómica de la sierra. En el pueblo y en los alrededores es habitual encontrar pequeñas producciones que venden piezas curadas o semicuradas.
Cuevas y simas en la sierra
Bajo estas montañas calizas hay un mundo subterráneo bastante activo. La zona es conocida entre aficionados a la espeleología por sus cuevas y simas, algunas muy profundas.
Para quien no tenga experiencia, lo más prudente es informarse antes en los puntos de información del parque natural. Allí suelen orientar sobre accesos permitidos, guías o zonas donde caminar sin riesgos.
Cuándo se llena el pueblo
Grazalema cambia mucho según el momento del año. Los fines de semana de otoño y primavera atraen a bastante gente que viene a caminar por la sierra, y las calles se llenan rápido.
Si prefieres verlo con más calma, lo mejor es llegar temprano o venir entre semana. A primera hora de la mañana el pueblo todavía conserva ese ritmo lento de lugar pequeño: vecinos que se saludan desde la puerta, olor a pan recién hecho y las montañas aún medio cubiertas de sombra.