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sobre Prado del Rey
Municipio serrano famoso por su producción de miel y marroquinería; fundado por Carlos III con trazado urbanístico moderno y cuadriculado
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Las abejas despiertan antes que nadie. A las seis de la mañana, cuando la bruma todavía se agarra a los pinares de Grazalema, el zumbido de las colmenas que rodean Prado del Rey suena como un motor lejano. Prado del Rey vive de la miel desde hace generaciones. El pueblo nació en el siglo XVIII, cuando la Corona impulsó nuevas poblaciones en esta parte de la sierra y llegaron varias familias colonas a instalarse en estas lomas suaves entre alcornocales.
El olor de la sierra al despertar
Sube por la calle Nueva —la principal— y notarás cómo el aire cambia. Por la mañana huele a pan recién hecho y a resina de pino. Más tarde, cuando el sol calienta las piedras, el aroma se vuelve más seco, casi medicinal, de romero y tomillo aplastados bajo las suelas. Las casas blancas, trazadas en cuadrícula según las ideas urbanísticas de la época, reflejan la luz con una claridad que obliga a entrecerrar los ojos a mediodía.
En muchas esquinas hay naranjos. Cuando florecen, el azahar se queda suspendido en el aire de tal manera que al rato casi marea. Es una buena época para caminar sin prisa por el centro: se oye a la gente hablando desde los patios interiores, alguien sacude una alfombra por el balcón, los niños cruzan la plaza corriendo detrás de una pelota mientras los mayores se quedan apoyados en la pared al sol.
Cuando las calles hablan de oficios
Hay una pequeña ruta señalizada con azulejos que recuerda el pasado marroquinero del pueblo. En algunos muros aparecen escenas de curtido y costura, una pista de que durante décadas la piel fue uno de los oficios más extendidos por aquí. A partir de la segunda mitad del siglo XX hubo bastantes talleres; hoy quedan menos, pero la tradición sigue presente y todavía se percibe, a ratos, ese olor dulzón del cuero mezclado con jabón.
Baja por la calle de la Amargura —el nombre es real— y acabarás delante de la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes. No es un edificio monumental, pero el atrio suele tener vida. Por la tarde la luz entra muy baja por la puerta principal y atraviesa el interior hasta el fondo, mientras las campanas marcan la hora. A esa hora siempre hay alguien sentado en los bancos de piedra mirando hacia el horizonte de la sierra.
El sabor de lo que la tierra da
Cuando llega el otoño, el pueblo suele dedicar varios días a la miel. Aparecen puestos con tarros de distintos colores: ámbar claro, dorado, otros casi rojizos, dependiendo de las flores de la sierra. La miel de esta zona suele tener un punto más oscuro y un sabor que recuerda al monte bajo.
En las cocinas del pueblo aparecen platos muy de temporada. Las habas con carne se ven más cuando el frío aprieta. Las tagarninas —un cardo silvestre que brota después de las primeras lluvias— entran en potajes a finales de invierno. Y en muchos sitios el guiso de patatas llega a la mesa con ese olor a pimentón y comino que llena el comedor antes incluso de probarlo.
Caminar entre lo que fue y lo que es
A unos tres kilómetros del casco urbano, por un camino de tierra que serpentea entre campos, están los restos de Iptuci, un asentamiento antiguo que tuvo presencia romana. No es un yacimiento monumental ni muy intervenido: muros bajos, piedra suelta y silencio. Cerca se conservan estructuras relacionadas con antiguas salinas, que durante mucho tiempo aprovecharon el mismo sistema sencillo de canalizar agua y dejar que el sol hiciera el resto.
Si sigues subiendo por la loma —mejor temprano, antes de que el calor apriete— se llega al castillo de Matrera. Lo que queda hoy es poco: parte de la torre y algunos muros. Pero desde arriba se entiende bien la posición. El valle se abre hacia el oeste y, cuando el aire está limpio, la vista alcanza bastante lejos hacia la campiña. Durante siglos fue un punto estratégico en esta frontera cambiante entre reinos.
Cuándo ir y qué no hacer
Marzo suele ser un buen momento para conocer Prado del Rey. La sierra se llena de flores silvestres y los días son largos sin el calor fuerte del verano. También es cuando los senderos de alrededor están más agradecidos para caminar.
En agosto el sol cae con fuerza desde media mañana. Si vienes entonces, conviene madrugar y dejar los paseos largos para la tarde. Y si coincides con alguna feria o fin de semana muy concurrido, basta con alejarse un par de calles del centro para volver a encontrar el ritmo normal del pueblo: conversaciones en voz baja, persianas medio bajadas y ese zumbido constante de las abejas que sigue ahí incluso cuando ya casi nadie se fija.