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sobre Puerto Serrano
Punto de inicio de la Vía Verde de la Sierra a orillas del río Guadalete; pueblo agrícola tranquilo rodeado de huertas
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El primer día que llegué a Puerto Serrano pensé que el GPS se había vuelto loco. Allí estaba yo, buscando un pueblo blanco de esos que salen en las postales, y el navegador me decía que había llegado… pero no veía más que un cruce de carreteras y una antigua estación de tren. Me bajé del coche, me giré, y ahí estaba: el pueblo pegado a la ladera, como si alguien hubiera dejado caer las casas cuesta abajo y se hubieran quedado donde cayeron.
Donde el tren dejó de pasar y empezó la vía verde
Puerto Serrano es ese tipo de sitio que existe, en gran parte, porque el ferrocarril pasó por aquí. Cuando la línea entre Jerez y Almargen dejó de funcionar a finales del siglo XX, el pueblo hizo algo bastante sensato: en lugar de dejar que todo se viniera abajo, conservaron la estación, el antiguo depósito de locomotoras de los años 20 y buena parte del trazado.
De ahí sale hoy la Vía Verde de la Sierra, una ruta que sigue la vieja línea ferroviaria hasta Olvera y que suma unos treinta y tantos kilómetros.
Te lo digo yo, que he hecho algunos tramos: no es cuestión de hacerse el héroe. Son varias horas pedaleando, muchas veces con el sol de Cádiz cayendo a plomo y las sierras alrededor como si fueran murallas. Pero hay un momento que compensa el esfuerzo: cuando miras hacia el Peñón de Zaframagón y empiezas a ver buitres leonados planeando. Decenas. A esa distancia parecen casi planeadores, dando vueltas sin mover apenas las alas.
El gazpacho que no es el que estás imaginando
Aquí pasa algo curioso: pides gazpacho y no llega la sopa fría de tomate.
Llega un plato caliente y contundente, con pan, jamón, huevo y un caldo espeso que tiene más de cocina de sierra que de verano andaluz. La primera vez me quedé esperando que hubiera un error en la comanda, pero no: el gazpacho serrano es así.
Y encaja bastante con el entorno. Esto no es la costa ni un chiringuito de playa; aquí la comida suele ser de cuchara o de sartén.
En primavera aparecen además los espárragos trigueros por los alrededores. Hay gente que sale a buscarlos por la sierra como quien va a por setas, con su cesta y su navaja. Luego acaban muchas veces en la plancha, con aceite y sal. Dicho así parece poca cosa, pero cuando están recién cogidos tienen ese sabor fuerte de campo que no suele aparecer en los del supermercado.
La historia del Tempranillo por estas sierras
En la calle Real hay una casa con una placa que recuerda el nacimiento de José María “El Tempranillo”, uno de los bandoleros más conocidos de Andalucía.
No es una historia inventada para atraer gente: el personaje existió y estas sierras formaban parte de su territorio. Entre caminos, cortijos aislados y monte cerrado, esconderse aquí era bastante más fácil que en la campiña abierta.
La casa suele tener una pequeña exposición dedicada a su figura. Nada espectacular, más bien algo sencillo que sirve para poner contexto a esa época de bandolerismo que tantas veces aparece en los libros de historia andaluza.
Y lo curioso es que el pueblo no vive obsesionado con el tema. Está ahí, se cuenta, y ya.
La romería que mueve medio pueblo
A mediados de mayo, con San Isidro Labrador, Puerto Serrano cambia de ritmo. Es la romería local y durante ese fin de semana parece que medio pueblo se echa al campo.
Hay carretas, caballos, gente vestida de corto, familias enteras cargadas de comida y bebida. Primero suele haber actos religiosos y luego la comitiva se mueve hacia la zona de la sierra donde se pasa el día.
Si te acercas en esas fechas, verás muchas ollas al fuego. Uno de los platos que más se repite es el guiso de tagarninas, un cardo silvestre bastante común por aquí. Según la receta de cada casa puede llevar jamón, algún embutido o incluso algún toque dulce con algarroba. Suena raro, pero funciona.
Mi consejo de amigo
Puerto Serrano no es un pueblo para hacer turismo de checklist. No tiene una plaza monumental como otros pueblos de la Sierra de Cádiz ni un casco histórico que te tenga horas mirando fachadas.
Lo que tiene es otra cosa: ritmo tranquilo y bastante vida local.
Mi consejo es sencillo. Ven un día de primavera. Alquila una bici o trae la tuya y haz unos kilómetros de la vía verde, aunque sea hasta el primer túnel y vuelta. Luego vuelve al pueblo, da una vuelta por las calles que suben hacia la ladera y cruza el viejo puente de hierro, de esos que parecen vibrar un poco cuando pasa un coche pero siguen firmes después de décadas.
En un par de horas habrás visto lo principal. Y seguramente te quedes con la sensación de haber pasado por un sitio normal, de los que siguen funcionando más allá del turismo. A veces eso es justo lo que apetece cuando uno viaja por la sierra.