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sobre Setenil de las Bodegas
Pueblo único por sus casas construidas bajo el tajo de las rocas; uno de los destinos más fotografiados y singulares de Andalucía
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La primera imagen que tienes al llegar a Setenil de las Bodegas es rara. Vas por la carretera, aparcas, entras andando… y de pronto ves mesas, balcones y farolas metidos debajo de una roca enorme. No al lado. Debajo. Como si alguien hubiera decidido que el mejor tejado posible es una montaña entera.
Ese es el truco de Setenil. Mientras otros pueblos peleaban contra el terreno, aquí aprendieron a vivir con lo que había.
Cuando la montaña es tu tejado
La primera vez que caminé por la calle Cuevas del Sol tuve que parar un momento solo para mirar hacia arriba. No por las casas, sino por la roca. Está tan encima que instintivamente piensas que en algún momento se va a mover.
No lo hace.
La mayoría de viviendas no están excavadas en la piedra. Lo que hicieron fue cerrar con muros los huecos naturales que dejaba la pared del cañón del río. Algo bastante simple y, a la vez, muy ingenioso. La roca funciona como aislamiento natural: dentro se nota fresco cuando aprieta el verano y mantiene el calor cuando llega el invierno.
Es una solución muy de campo. Como cuando alguien aprovecha un cobertizo viejo y lo convierte en garaje. Aquí el cobertizo era una montaña.
El pueblo que tardó décadas en caer
Durante la frontera entre el reino nazarí y Castilla, Setenil fue un hueso duro. El pueblo resistió varios intentos de conquista a lo largo del siglo XV. Los asedios se repetían porque la posición era complicada: el núcleo estaba protegido por el relieve y por un sistema defensivo que aprovechaba las paredes del cañón.
De ahí suele venir la explicación más repetida sobre el nombre del pueblo, relacionada con siete intentos fallidos. Hay debate entre historiadores, pero la historia sigue circulando por aquí.
Cuando finalmente cayó en manos castellanas en 1484, el castillo pasó a formar parte del nuevo sistema defensivo de la zona. Todavía quedan restos y la torre principal sigue asomándose al valle del Trejo. Desde arriba se entiende mejor por qué costaba tanto entrar.
Qué se come por aquí
La cocina de la Sierra de Cádiz es directa. Platos de cuchara, pan, embutidos y recetas pensadas para gente que ha trabajado todo el día en el campo.
Las sopas cortijeras aparecen mucho en las cartas de la zona. También las migas, que aquí no se complican demasiado: pan, grasa, algo de carne y a la sartén. En algunos sitios preparan la llamada masita, una fritura muy típica del pueblo que llega a la mesa recién hecha y desaparece rápido.
Conviene adaptarse un poco a los horarios locales. En muchos sitios la cocina arranca más tarde de lo que esperan algunos visitantes. Si llegas demasiado pronto, lo más probable es que te toque esperar un rato mientras el pueblo sigue a su ritmo.
El paseo que va más allá de las calles famosas
La mayoría de la gente se mueve entre Cuevas del Sol y Cuevas de la Sombra. Son las calles más fotografiadas y también las más concurridas.
Si te apetece estirar un poco las piernas, hay senderos que salen desde el entorno del río Trejo y suben hacia la parte alta del pueblo. En pocos minutos cambian las vistas: aparecen huertas, antiguas construcciones ligadas al agua y algunas casas cueva más apartadas.
También se conservan restos de molinos harineros que funcionaban con la fuerza del río. Cuando los ves entiendes mejor cómo se organizaba la vida aquí antes del turismo: agua, grano y un terreno que obligaba a aprovechar cada rincón.
Mi impresión después de recorrerlo
Setenil de las Bodegas tiene algo que no se repite mucho. No es solo la foto de las casas bajo la roca, que es lo que circula por redes. Es la sensación de que el pueblo se ha adaptado al terreno durante siglos sin intentar domesticarlo del todo.
Eso sí, conviene asumir que en ciertos momentos del año las calles centrales se llenan bastante. El espacio es el que es y todo ocurre en un puñado de calles.
Aun así, basta con subir un poco, alejarse del ruido del río y mirar el valle desde arriba. Entonces Setenil vuelve a parecer lo que ha sido casi siempre: un pueblo agrícola pegado a la piedra, rodeado de olivares y construido con bastante ingenio. Esa parte sigue ahí, aunque mucha gente pase por delante sin verla.