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sobre Huesa
Pueblo de contrastes paisajísticos entre la vega y la montaña; conocido por sus restos arqueológicos
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Huesa es de esos pueblos que te reciben con un "¿qué haces aquí?" escrito en la cara del primer vecino que te cruzas. Y no es mala leche, es pura lógica: apenas supera los dos mil vecinos y queda a bastante rato de Jaén capital. No está en la ruta típica. Y quizá por eso sigue siendo lo que es.
El pueblo que se hizo mayor con olivo
Llegas después de atravesar un mar de olivos. Kilómetros y kilómetros. Si has conducido alguna vez por la provincia de Jaén ya sabes de qué hablo: curvas suaves, colinas redondas y ese verde grisáceo que parece no acabarse nunca.
Y de pronto aparece Huesa. Casas claras, calles que suben sin pedir permiso y el campo pegado al pueblo.
La primera vez que vine fue por culpa de un amigo que juraba que aquí hacían “el mejor arroz con liebre del mundo”. No era verdad. Pero sí probé unos talarines con liebre bastante serios. De esos platos contundentes que te dejan con la sensación de que lo siguiente en el programa del día debería ser una siesta larga.
Huesa tiene esa relación tan directa con el campo que muchas conversaciones acaban girando alrededor del olivo. Cosechas, años buenos, años flojos. Aunque vengas solo a pasear un rato, ese tema aparece tarde o temprano.
La iglesia que se hizo la sueca
La Iglesia de Nuestra Señora de la Cabeza manda bastante en el perfil del pueblo. Parte del edificio se levanta sobre una antigua capilla gótica y luego se fue ampliando con el tiempo. Se nota en la mezcla. Cada época dejó su capa, como cuando una casa vieja se reforma muchas veces.
La torre lleva ahí siglos y se ve desde varios puntos del pueblo. Dentro hay ese silencio típico de las iglesias de pueblo, donde cualquier paso suena el doble.
Del castillo de Peñaflor quedan restos. No es una fortaleza de las que impresionan a primera vista. Más bien fragmentos que obligan a imaginar cómo sería aquello cuando tenía murallas completas. Aun así, los vecinos lo mencionan con orgullo. Forma parte del relato del lugar, aunque hoy quede poco en pie.
Fiestas que se viven en la calle
San Antón, en enero, suele llenar las calles de hogueras. Grupos de vecinos alrededor del fuego, algo de comida, algo de bebida y muchas conversaciones que se alargan.
En verano llega la romería vinculada a la Virgen de Tíscar. Durante ese día el movimiento es constante: gente que sube, familias reunidas, mesas improvisadas. No hace falta que nadie te explique qué pasa; basta con seguir a la gente.
Las fiestas de septiembre tienen otro ambiente. Regresa mucha gente que vive fuera y el pueblo cambia durante unos días. Se nota en las calles, en las terrazas y en esos encuentros de “¿pero cuánto tiempo llevabas sin venir?”.
El pasado que asoma por debajo
Aunque hoy parezca un pueblo tranquilo, la historia aquí es larga. Durante la Edad Media hubo presencia judía y más tarde también comunidad morisca, algo que aparece en documentos antiguos de la zona.
En los alrededores se han encontrado restos aún más antiguos, como en el área de Cerro Negro, vinculados a poblaciones prehistóricas. No es un sitio preparado como un gran parque arqueológico, pero sirve para recordar que estas sierras llevan habitadas muchísimo tiempo.
También nació aquí el médico Antonio Chamorro, conocido en su época por su trabajo en obstetricia. En el pueblo todavía se menciona su nombre cuando se habla de gente que salió de Huesa y dejó huella fuera.
Un consejo de amigo
Huesa no es un destino de escaparate. Si vienes buscando calles llenas de tiendas de recuerdos o visitas organizadas cada hora, te vas a quedar raro.
Ahora bien, si te pica la curiosidad por ver cómo funciona un pueblo de esta parte de Jaén, aquí tienes un buen ejemplo. Calles empinadas, vecinos que se paran a charlar en la puerta y bares donde casi todo el mundo se conoce.
Mi forma de visitarlo sería sencilla. Llegar por la mañana, dar una vuelta sin prisa por el centro, subir alguna de las cuestas que salen hacia arriba y mirar el paisaje de olivos desde cualquier esquina alta. Luego comer algo con calma y quedarse un rato observando la vida del pueblo.
No es un sitio de grandes monumentos. Lo interesante está en lo cotidiano. Y cuando te vas, te queda la sensación de haber visto una parte bastante auténtica de la Sierra de Cazorla. Algo sencillo, pero muy real.