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sobre Peal de Becerro
Importante localidad con restos íberos de gran valor como la Cámara Sepulcral de Toya
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El olor a aceite recién prensado te alcanza antes de ver el pueblo. Estás en la campiña del Alto Guadalquivir, donde los olivos se ordenan en filas interminables y, al fondo, la sierra de Cazorla dibuja una línea áspera contra el cielo. Peal de Becerro aparece entonces: casas encaladas, tejados de teja rojiza y ese silencio de los pueblos agrícolas a media mañana, cuando casi todo el mundo está fuera, entre los campos o en la cooperativa.
Aquí los ibéricos ya andaban hace más de dos mil años, y el paisaje —olivo, río, sierras cercanas— sigue siendo en esencia el mismo.
Cuando las piedras hablan ibérico
A unos ocho kilómetros del casco urbano, en la pedanía de Toya, la tierra se abre en un corte limpio de roca arenisca. Allí está la Cámara Sepulcral: un túnel excavado a pico, de algo más de dos metros de alto y unos diez de largo, que termina en una tumba colectiva.
Para entrar hay que agacharse un poco. Los ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a la penumbra, y entonces se distinguen los bancos de piedra donde depositaron a sus muertos entre los siglos V y IV a.C.
No es un lugar monumental. No hay columnas ni decoraciones. Lo que pesa aquí es el silencio: el zumbido de los insectos fuera, algún pájaro que se cuela en las grietas de la roca, el eco leve de tus propios pasos. Desde este punto se domina el valle del Guadalquivir y se entiende por qué eligieron este sitio.
Se llega por la carretera que conecta Peal con Toya, entre olivares. El último tramo es un desvío corto donde suele poderse dejar el coche. En verano conviene llevar agua y gorra: la roca acumula calor y apenas hay sombra alrededor.
La torre y las calles que suben y bajan
De vuelta en el pueblo, la vida pasa alrededor de la plaza de la Constitución. Allí se levanta la Torre del Reloj, lo que queda de la antigua muralla levantada en época medieval. La puerta suele estar cerrada, así que se observa desde abajo: sillares gastados, palomas entrando y saliendo por los huecos, el reloj marcando una hora que aquí parece ir siempre un poco más despacio.
Desde la plaza salen calles que suben y bajan con pendientes cortas pero constantes. A ratos huele a pan; a ratos, a carne curándose en bodegas frescas. Durante siglos hubo trabajo ligado al cuero de becerro —de ahí, según la tradición local, el nombre del pueblo— y más tarde a la elaboración de embutidos que todavía forman parte de la economía familiar.
Y luego está el aceite. En temporada de recolección, entre finales de otoño y el invierno, el olor a aceituna molida se nota incluso al pasear por algunas calles cercanas a las almazaras. Si pasas por el pueblo en esos meses, pregunta si alguna permite ver el proceso; a veces dejan asomarse un momento para ver cómo sale el aceite recién hecho, espeso y verde.
Fuego y reses cuando llegan las fiestas
A comienzos de febrero se celebra la Candelaria. La mañana suele amanecer fría y con humo en la plaza: hogueras pequeñas, mesas de madera y los roscos que los vecinos preparan con aceite y palomitas bendecidas. Es una celebración muy de aquí, más pensada para el propio pueblo que para quien llega de fuera.
En verano, alrededor de la fiesta de la Virgen de la Encarnación —a mediados de agosto— el ambiente cambia. Hay encierros con reses por algunas calles del centro. Los balcones se cubren con telas, la gente se apoya en las esquinas mirando la cuesta por donde suben los animales, y el pueblo se llena de familiares que vuelven esos días.
Si quieres verlo con algo de perspectiva, busca algún punto alto cerca del antiguo castillo: desde allí el casco urbano se ve compacto, blanco, rodeado de olivares.
El sendero que muchos pasan por alto
Cerca de Toya arranca un camino poco mencionado fuera de la zona: el sendero que sube hacia el Cerro de la Horca. Empieza junto a la Cámara Sepulcral y asciende algo más de un kilómetro por un carril pedregoso entre pinos carrascos, lentiscos y algún madroño.
La subida es corta pero sin apenas sombra en algunos tramos. Arriba se abre una especie de balcón natural: el valle del Guadalquivir extendiéndose en olivos y, detrás, las sierras de Cazorla recortadas contra el cielo.
El cerro está ligado a episodios de la rebelión morisca del siglo XVI. No hay señalización llamativa ni monumentos, solo un montículo y el viento moviendo la hierba baja. Es uno de esos lugares donde el paisaje pesa más que cualquier panel informativo.
La bajada por la pista forestal devuelve a Toya en unos veinte minutos.
Cómo llegar y cuándo venir
Peal de Becerro queda a algo menos de cuarenta kilómetros de la ciudad de Jaén. El acceso más habitual es por carretera entre olivares que se extienden durante kilómetros, con la sierra cada vez más cerca.
Aparcar en el centro suele ser sencillo fuera de los días de fiesta. Las calles del casco antiguo son estrechas y con bastante pendiente, así que conviene llevar calzado cómodo.
En pleno agosto el pueblo se llena bastante, sobre todo durante las fiestas. Si prefieres caminar con calma por las calles y acercarte a Toya sin cruzarte con demasiada gente, la primavera funciona mejor. A principios de mayo los olivos empiezan a florecer y el aire trae olor a romero de los cerros cercanos.
En invierno, en torno a San Antón, es habitual ver hogueras en distintos puntos del pueblo. El humo forma parte del ambiente esos días.
Cuando te marches y vuelvas a la carretera, el paisaje vuelve a lo mismo: hileras de olivos, tierra rojiza, la sierra al fondo. Y, si has pasado cerca de las almazaras en temporada, ese olor denso a aceite que se queda pegado un rato más de lo esperado.