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sobre Pozo Alcón
Municipio al sur de la sierra con paisajes de agua espectaculares como el embalse de la Bolera
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Te cuento algo que pasa mucho en esta zona. La gente dice que ha hecho turismo en la Sierra de Cazorla, pero en realidad ha estado en Cazorla pueblo y poco más. Foto rápida al castillo, una trucha a la plancha y vuelta al coche. Si sigues la carretera hacia el este, unos cuantos kilómetros más, aparece Pozo Alcón. Y de repente el paisaje cambia y hay menos gente mirando el móvil.
El pueblo que se cayó al agua
Antes de llegar al casco urbano ya aparece el pantano de la Bolera. Grande, silencioso, metido entre montes. Cuando el agua está tranquila parece más un lago del norte que algo que uno espera encontrar en Jaén.
Desde el mirador de la Cruz —que en realidad es un pequeño balcón de piedra— se ve bien la forma del embalse. El agua se abre en una especie de “Y” que aquí llaman El Embudo. No hace falta saber mucho de fotografía para sacar una buena imagen; el sitio ya hace la mitad del trabajo.
El pueblo es lo que uno espera en la sierra jienense: casas blancas, calles que suben y bajan sin mucho orden y varios bares donde la cerveza llega muy fría. Pero tiene algo distinto. Quizá sea la altura, unos 877 metros, que aquí se notan. O quizá que alrededor hay más monte que asfalto.
Cuando tu GPS se rinde y empieza el monte
En Pozo Alcón las rutas todavía tienen ese punto tranquilo de los sitios donde no llega tanta gente. La Ruta del Agua suele ser la más conocida. Son unos 8 kilómetros siguiendo el nacimiento del Guadalentín. Caminas entre pinos, con tramos donde el pantano aparece y desaparece entre los árboles.
La Ruta de los Castellones tira hacia arriba hasta unas antiguas torres de vigilancia medievales. Si alguien espera castillos enteros se va a llevar un pequeño chasco: quedan sobre todo restos de piedra. Aun así, el lugar tiene sentido cuando miras alrededor. Desde ahí el Guadiana Menor se ve como una línea fina entre el pinar.
Luego está la Ruta de los Neveros, más larga. Unos diez kilómetros que suben hacia la Sierra del Pozo, cerca de los 1.650 metros. Allí quedan neveros del siglo XIX donde se almacenaba nieve. Cuesta imaginar el trabajo que había detrás de aquello hasta que llegas arriba y ves la distancia.
La comida que no suele salir en Instagram
Aquí la comida sigue siendo de cuchara y sartén. Las gachas de matanza son espesas, contundentes, de las que te dejan sin prisa por levantarte de la mesa. La olla de tagarninas mezcla verduras silvestres con caldo y carne; sobre el papel suena rara, pero en invierno entra sola.
El choto al ajillo es uno de los platos más repetidos en la zona. Receta sencilla: carne, ajo, aceite y unas patatas al lado. Sin adornos.
Las migas de pastor aparecen muchas veces con uvas, combinación que al principio sorprende y luego tiene sentido. Y los roscos de vino cierran muchas comidas largas, de esas en las que alguien pide café cuando ya nadie mira el reloj.
Mi truco aquí es sencillo: busca el bar con más coches de trabajo o tractores aparcados fuera. Suele ser buena señal.
Las fiestas donde el pueblo cambia de ritmo
La Semana Santa aquí es distinta a la de las capitales andaluzas. Las calles tienen cuestas serias y los pasos suben despacio. La madera cruje, la gente acompaña y al terminar muchos acaban comentando la jugada en el bar más cercano.
En mayo llega la romería de San Isidro. Mucha gente se acerca hacia el entorno del Santuario de la Virgen de Tíscar. Algunos van caminando, otros en tractor o coche hasta donde deja la carretera.
Las fiestas patronales de septiembre transforman bastante el ambiente. Durante unos días el pueblo multiplica su población y las calles se llenan. Los encierros se corren por tramos estrechos y con pendiente, así que quien venga en esas fechas hará bien en dejar el coche a cierta distancia.
Lo que te vas a encontrar de verdad
Pozo Alcón no funciona como un decorado turístico. No hay demasiadas tiendas de recuerdos ni calles pensadas para pasear con helado en la mano.
Lo que sí hay es monte alrededor, rutas bastante agradecidas y bares donde la conversación sale fácil si te sientas un rato. Ese tipo de sitio donde preguntas algo y alguien acaba contándote media historia del pueblo.
Tiene además esa sensación de estar un poco al margen de las rutas más conocidas de Cazorla. Y eso, hoy en día, casi se agradece.
Ah, y hay quien cuenta que la madera de aquí se usó en la Pinta de Colón. No lo he podido confirmar del todo. Pero viendo el tamaño de algunas encinas de la zona, la historia no suena tan descabellada.