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sobre Monda
Situado a los pies de su imponente castillo convertido en hotel y famoso por su sopa mondeña
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Las campanas de la iglesia de Santiago repiquetean a las ocho de la mañana y el eco se pierde entre las laderas que rodean Monda. A esa hora el pueblo aún está medio en silencio: alguna persiana sube despacio, pasa un coche hacia la carretera de Coín y en una mesa de la plaza alguien termina el primer café del día. El sol empieza a tocar los tejados de teja árabe y la luz baja por las calles blancas con calma, como si el día no tuviera prisa.
Monda, en la Sierra de las Nieves, vive entre monte bajo, huertas y caminos que salen del pueblo casi sin anunciarse. Es uno de esos lugares donde basta caminar unos minutos para que el ruido desaparezca.
El valle que guarda capas de historia
Caminar por Monda es pisar historia casi sin darte cuenta. En la calle Ancha, donde algunas casas casi se tocan por arriba, el olor a pan recién hecho suele mezclarse con el de la tierra húmeda cuando ha llovido durante la noche. Bajando hacia el arroyo del Casarín aparece un tramo de calzada antigua que muchos vecinos identifican como romana. No hay grandes paneles explicativos: son simplemente piedras viejas integradas en un sendero que conecta con los caminos hacia Coín.
Arriba del todo está el castillo de Al‑Mundat, visible desde casi cualquier punto del pueblo. El edificio actual se levanta sobre restos mucho más antiguos y hoy funciona como alojamiento. La subida se hace en unos veinte minutos por un camino de tierra rojiza que, después de la lluvia, conviene tomarse con calma porque resbala. Desde arriba se abre el valle del Guadalhorce: campos de olivos, almendros dispersos y, más lejos, las sierras que cierran el horizonte.
Lo que todavía se cocina en casa
A media tarde, sobre todo en los meses suaves, en algunas calles aún se ven sillas sacadas a la puerta. En la zona de la ermita hay un pequeño monumento dedicado a los antiguos carboneros de la sierra, un oficio que durante generaciones formó parte de la economía local.
En muchas casas se sigue preparando sopa mondeña cuando refresca. Es una receta humilde: pan asentado, huevo, ajo, aceite y pimentón. Cada familia la hace a su manera. Tradicionalmente el pueblo celebra una jornada alrededor de este plato a finales del invierno o principios de primavera, cuando varias ollas grandes aparecen en la calle y la gente se reúne alrededor.
Otro plato que suele aparecer en mesas familiares es el salmorejo de bacalao. Aquí no tiene mucho que ver con el cordobés: lleva naranja, bacalao desmigado y patata cocida. Es una mezcla que viene de los tiempos en que la vigilia obligaba a prescindir de la carne y había que arreglarse con lo que había en casa.
Noches de verano en la plaza
Cuando llega julio y el calor se queda pegado a las paredes hasta bien entrada la noche, la plaza principal suele llenarse de sillas para escuchar cante. El festival flamenco del pueblo lleva años celebrándose y atrae a gente de otros municipios de la zona. Los mayores ocupan las primeras filas, abanico en mano, y entre canción y canción se escuchan comentarios en voz baja, como en las reuniones de siempre.
En agosto llega la feria dedicada a San Roque. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: más gente en la calle, música hasta tarde y coches intentando encontrar sitio en calles que fueron pensadas mucho antes de que existiera el tráfico actual.
Cuándo venir con más calma
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores de Monda. Entre marzo y mayo el monte se llena de flores pequeñas y el aire huele a tomillo y a tierra húmeda. Desde el pueblo salen varios senderos que suben hacia la sierra; algunos alcanzan cerros desde los que, en días despejados, se intuye el mar hacia el sur.
En verano conviene madrugar si se quiere andar. A partir del mediodía el calor aprieta y las calles blancas reflejan la luz con fuerza.
Octubre es otro buen momento. Las noches empiezan a refrescar y el pueblo recupera un ritmo más tranquilo después del verano. En muchas casas aparecen los roscos de vino, con ese olor a anís y canela que se queda en la cocina durante horas. A media mañana, cuando el sol ya ha calentado un poco las paredes, es fácil entender por qué muchos vecinos dicen que el mejor Monda es el de otoño.